martes, 20 de junio de 2017

VI. El columpio - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado):






Siempre creí que las pesadillas nacían luego de cerrar los ojos. Así está bien, uno despierta asustado pero vuelve a dormir; o si es muy niño sólo se dirige a sus padres por un pronto consuelo. El problema es cuando las pesadillas se instalan con comodidad en nuestra realidad. El miedo que arrastran consigo nos ata de manos y pies, alterándonos. Viví, efectivamente, una pesadilla que, a pesar de ser terrible, no me sucedió a mí. Yo fui, en todo momento, una mera espectadora de un espectáculo que me costaba comprender.

Me contrataron como niñera una bella mañana de primavera. Estaba buscando trabajo desde hacía tiempo para ayudar a mis padres. Tenía diecisiete, aún aprendía de la vida y hasta ese punto desconocía que existieran monstruosidades ocultas en algo tan verosímil, cotidiano, como lo es la naturaleza que nos rodea.

El caso es que debía cuidar a una pequeña de tan sólo cinco años menos que yo. Me preocupaba que fuera tan viva para su tierna edad; preguntaba mucho y siempre tenía los ojos abiertos a lo que la rodeaba. Le gustaba jugar fuera de la casa, en el jardín que formaba parte de un trecho del bosque. Era un lugar ideal para que ella y su perro vagaran, patalearan y brincaran si problema alguno. Sus padres eran personas de trabajo y en las mañanas se apartaban de la niña, incluso los fines de semana, días que me tocaba cuidar de ella.

Luego de algunos meses en el trabajo, se convirtió en una hermana para mí. No era como yo, más reservada, tímida y, aunque me gustaba aprender, mi amor no era tanto como el de la niña que preguntaba cualquier cosa que desconociera. Para mi desgracia, pocas veces tenía las respuestas que la complacían. Se podría decir que me regaló, mientras estuve con ella, algo de su espíritu aventurero y sus ganas de jugar y conocer.

Un fin de semana ella me recibió, expectante. Su padre le había hecho un pequeño regalo. En el jardín le colocó un columpio. Había dos enormes y gruesos árboles muy juntos que tenían ramas cortas pero tan firmes que de cada una amarró la cuerda del columpio. La base era una tabla de madera.

La pequeña me esperó para estrenarlo juntas. Yo dejé mis cosas en su casa con premura y me dirigí al jardín con ella y su perro. La pequeña destilaba una felicidad acaramelada, inocente, que me contagiaba. No me di cuenta de que poco a poco amaba estar con ella, mi pequeña hermana, mi amiga.

Era tan sencilla que un simple columpio provocaba sensaciones en ella que, en la actualidad, los adultos buscamos en cosas tan trilladas a las que les damos suma importancia, como un férreo amor, objetos de valor o cosas que no podemos conseguir.
—Ven. Ven. El columpio nos espera. Columpi-pilo, colupi-o —canturreaba con alegría, y su perro, a su lado, parecía bailar las sonatas que componía su ama.

Le seguí la tonada, silbando, ella a coro. El cielo, como dentro de todos esos días, estuvo claro, con un despampanante sol.

La niña se montó en el columpio y yo me limité a empujarla con cuidado. Así duramos un buen rato, y cuando bajó me miró a los ojos. Noté en su rostro algo extraño, estaba como pensativa.

—¿Es bello el amor? —me preguntó mientras se giraba para examinar los árboles que sostenían su columpio.
—Depende —le dije con curiosidad, no estaba segura a qué se debía tan extraña pregunta para una niña.
—¿De qué?
—Pues de qué tipo de amor. A veces no es bonito por muchas razones.
—Me gustaría saber si es bueno o malo el que ellos tuvieron.
—¿Quiénes?
—Los árboles. Estaban enamorados.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, curiosa, mirando sin darme cuenta el par de árboles.
—Me lo mostraron —dijo con simpleza y dejó de observarlos para dedicarme una sonrisa despampanante y llena de inocencia.

Ese día no tocó más el tema. Jugamos con el perro en el lindero del bosque, fuimos por algunas compras y la dejé por la tarde.

Al día siguiente la volví a ver.

La noté más taciturna, encerrada en sus pensamientos. Me daba miedo que estuviera enferma, pero no presentaba algún síntoma de tal cosa. Al terminar de comer, me pidió que fuéramos al columpio. Escuchar su melodioso canto me alivió un poco de mi preocupación y, contenta, la acompañé al enorme jardín donde su perro nos aguardaba.

Subió y, tal como sucedió el día anterior, al bajar estaba seria como pocas veces la había visto. Esperé y su extraño comentario no se hizo esperar.

—El amor es raro —me dijo—. Se amaban, pero no se pertenecían. Odiaban a todo mundo por ello. Siento su dolor y su frustración.
—¿Qué cosas dices? —le pregunté, colocando instintivamente mi mano en su frente pero no encontré lo que buscaba: muestras de calentura.
—Me refiero a los árboles, aunque creo que antes fueron personas. Hombre y mujer. Se amaban, pero no se podían tener. Eso los llenó de amargura, enojo. Lo sentí, lo vi.
—Cariño, no sé a qué te puedas referir, son sólo árboles, te lo aseguro.
—Árboles. Sí, eso creo —dijo por responder algo, sin embargo siguió reflexiva.

Murmurando para sí, se dirigió a la casa sin invitarme a seguirla. Yo me limité a apreciar su andar, parecía una marioneta caminando en línea recta movida por una especie de pesimismo que yo no comprendía.

Miré los árboles, como cuestionándoles. Me sentí algo tonta; claramente un par de árboles no eran culpables de causar en la niña esos sentimientos encontrados. Me dirigí a la casa y la hallé sentada, leyendo una novela infantil inofensiva. Yo limpié algunas cosas antes de marcharme.

Esa fue la primera vez que, al irme, no se despidió.

Cada uno de los días de la semana siguiente me pregunté si estaba bien. Algo la había cambiado de un rato para otro, cualquiera que la conociese se hubiera dado cuenta, incluso sus padres. Yo no era más que la niñera, no debía interferir en su familia más que para trabajar. Como fuere, quería a la chiquilla y estaba preocupada por ella. La semana transcurrió lenta, entre mis estudios en la escuela del pueblo, ayudar a mis padres, y la fastidiosa angustia.

El sábado que regresé, su padre me interceptó antes de que pudiera siquiera entrar a la casa. Estaba alterado, y al ver su rostro supe varias cosas; una era que la pequeña había empeorado, la segunda era que yo era una sospechosa de ese cambio. El hombre no estaba para nada contento.

—¿Qué le ha pasado? —quiso saber—. Mi niña no es así, desde el pasado fin de semana ella es más… reservada. Es como si su fuego interno se hubiera apagado, ¿me entiendes lo que digo?

Yo, espantada, le traté de explicar todo lo que había sucedido. Todo lo que comprendía.

—Mira, en la semana que viene, si no mejora, llamaremos al doctor. Se me hace tarde para ir al trabajo. Mi mujer ya tiene rato que salió. Lo único que te pido es que no alteres su ya frágil estado. No sé qué cosas le cuentes o digas, pero ha creado de la nada una historia absurda sobre los árboles del jardín, por ello le impedí salir. Así que quédense en la casa o vayan a algún otro lado. El jardín está prohibido.

Dijo y se marchó con su maletín de compañero. Yo me quedé de piedra, me sentía algo traicionada por los padres de la niña. Lo único que procuraba en mi estancia en su casa era hacer el mejor papel de niñera que pudiera, y ahora me culpaban por el cambio repentino de la pequeña. Eso me dolía.

Más me dolió verla en ese estado. Estaba pálida, con ojeras pronunciadas bajo sus ojos de miel, clara señal de que no salía al sol ni había podido dormir.

—Hola —le dije, examinándola con una mirada amable, sin decaer y sin alterarme por lo que observaba.
—Ellos… Los amantes. Amantes, ¿sabes lo que eso significa?
—Sí, pero eres muy pequeña para encontrarle sentido a la palabra, yo…
—Eran amantes. No sólo eso. Se escaparon juntos, estaban furiosos con el mundo que los rodeaba. Siento lo que sintieron en el pasado. Sus cuerpos desnudos juntos. Siento lo que hicieron —se tocó su entrepierna—. Y sus besos. —Acarició sus labios de una forma sensual, atrevida, y sonrió—. ¿Sabes que le hicieron a sus respectivas parejas?
—¿De quién me hablas? ¿De los árboles? —No comprendía de dónde había sacado esas historias, pero me estaban poniendo nerviosa.
—No eran árboles antes. Sino amantes. Pues bien. Ella envenenó a su otro esposo y él acuchilló a la que fue su mujer. Sentí su gozo al hacerlo. Se desprendían de algo innecesario para iniciar una nueva vida. Y no tardaron en explorar esta nueva vida llena de excesos, sexo, dinero, drogas, alcohol y sangre. Sentí todo al columpiarme; cada éxtasis, cada alegría, euforia, orgasmo. Sentí lo que llegaron a sentir con su nueva vida. Amaban asesinar a cualquiera que se interpusieran ante ellos. Tenían relaciones donde les caía la noche. Robaban con maestría y se divertían sin parar. Eran la pareja perfecta.

Me miró a los ojos y vi una especie de locura que me atormentó. Sin darme cuenta, había retrocedido algunos pasos de la niña. Ella se alzó y me mostró algo que cargaba en sus pequeña mano derecha, un cuchillo de cocina.

—Papá no me deja columpiarme más; ya no puedo sentir lo que ellos sienten. Me gustaba sentirlo. ¿Amor? No lo sé. Como has dicho, el amor no siempre debe ser bueno.

Yo había quedado paralizada, pero reaccioné cuando a la punta del cuchillo el sol le sacó un fulgor que me advertía lo que podía llegar a suceder si me quedaba como boba, esperando a que nada sucediese.

En ese momento no supe que le sucedía a la pequeña, estaba actuando como una loca. Salí de mi estado anonadado y me hice a un lado justo cuando se me arrojó. Sonreía y cantaba su tonada con profundo cariño. Nunca olvidaré esa melodía:

Vamos al columpi-pilo, vamos al columpi-o, entre dos amantes yo quiero estar, ellos me muestran ya. Columpiándome quiero estar. colu-pilo, vamos al columpi-o. De su gozo me quiero alimentar.

No paraba de cantar mientras buscaba herirme. Por suerte yo le sacaba tamaño y fuerza y pronto me las ingenié para huir de ella. La única dirección a la que pude escapar fue, justamente, el jardín. Ella me siguió con un paso firme, cuchillo en mano. Seguía sin creerme lo que sucedía. No quería defenderme hiriéndola. Se me hacía, en ese momento, algo exagerado llamar a los vecinos por ayuda. Lo único que necesitaba era devolver a la niña a su estado natural, si eso era posible.

La chiquilla era bastante ágil. Me perseguía entre los árboles. Tuve más de una oportunidad de escapar y dejarla allí. No presentaba una verdadera amenaza. Y hubo un momento en el que me cansé de sus oscuros juegos y le planté cara, cuidándome de su arma. La agarré por su delgado brazo, y con fuerza le quité el cuchillo.

—Yo sólo quería sentirlo de nuevo, el gozo de acabar con una vida —me explicó como deseando que yo notara la lógica en sus actos.
—Esto no es un juego. Me puedes herir, o a ti misma.
—Eso deseo. Ver sangre. Quiero sentir lo que ellos llegaron a sentir —miró a los dos árboles.

Se desembarazó de mí y se dirigió con premura hasta el columpio. Se trepó y comenzó a columpiarse y a cantar su melodía a todo pulmón, ahora con locura en lugar de dulzura.

Yo me quedé absorta, viéndola. La niña reía, como al inicio, pero sucedieron otras reacciones que adiviné por los sonidos que emitía y las muecas que dejaba ver. Gozaba, se excitaba, se enojaba, bramaba. Era como si estuviera drogada, o en la peor de las instancias, posesa.

Tuve un grato momento de lucidez. El columpio provocaba esa reacción en ella, no me cabía la menor duda. Me acerqué sin que se diera cuenta. La pequeña estaba dentro de su mundo, sintiendo una vida —o un par de ellas— que no le pertenecían. Con el cuchillo que ella misma había alzado en pos de causarme daño, corté rápidamente una de las cuerdas sin reparar en que podía caer y hacerse daño, y así fue.

La pequeña cayó al suelo, golpeándose la cabeza. Quedó inmóvil y me entró un gran terror, temía haberla lastimado. Estaba inconsciente. Con mis pocas fuerzas la cargué hasta su habitación. Su corazón latía; respiraba pausadamente. No conocía algún médico ni nada por el estilo, así que me limité a buscar algunas medicinas o hiervas que tuviera la familia, sin demasiado éxito. No podía más que lavar sus golpes manchados de sangre y estar al pendiente de su estado hasta el regreso de sus padres.

Más tarde, y para mi gusto, despertó. Estaba desorbitada y dolorida. No recordaba demasiado de sus episodios de locura. Cortar la cuerda, aparentemente, había servido para que ambas almas salieran de la pequeña. Se recuperó poco a poco, y su más grande dolor fue la pérdida de su perro, al cual, supuse, le había deparado un destino nada agradable, el mismo que había querido la niña para mí.

lunes, 12 de junio de 2017

Reseña de "Tres" - Ted Dekker







Hola seres que comparten este multiverso con su servidor. Hoy traigo a ustedes la opinión, lo que me pareció en lo personal, el libro de Tr3s de Ted Dekker.

Antes de comenzar a explayarme sobre lo que sí y no me gustó de este libro, tengo que decirles que no es una reseña propiamente dicha. Es muy difícil hablar de la magnitud de este libro sin soltar SPOILERS, así que lo advierto, los habrá. Si no has leído este libro y te interesa, mejor léelo y vuelve más tarde para que verifiques si coincidimos en algunos puntos sobre la opinión. Esto lo hago porque, como te darás cuenta (o te has dado) no es un libro de suspenso o thriller común, tiene muy claras varias enseñanzas, muchas del ámbito religioso (no se asusten, si son como yo de antirreligiosos, les prometo que estas pinceladas son bastante tolerables y nos pueden servir), y es en sí una metáfora gigante sobre el mal que habita en nosotros, y cómo el bien debe vencerlo.

Haber, si ya leyeron el libro, o si no (si se quedaron para saber más a pesar de mi advertencia de spoilers), recordemos un poco sobre qué va. Kevin es un hombre de 28 años, un sujeto carismático e inocente que no tiene amigos. Ama aprender, y quiere continuar sus estudios en el Seminario, donde tiene especial interés en el tema del bien y el mal. A pesar de que su infancia fue extraña y de cierta manera ardua, dolorosa; perdió a sus padres y vivió con sus tíos y primo retrasado por 22 años hasta que no aguantó ese sitio y decidió conocer el mundo por sí solo, y le iba bastante bien hasta que…

Es aquí donde nuestro antagonista Slater entra en acción. Primero, el ruin sujeto le hace una llamada para decirle que está a punto de explotar su auto, y lo cumple aunque Kevin se salva. Este tipo misterioso lo único que quiere es una confesión de Kevin, que la haga pública y de este modo parará con sus ruines actos. De esta manera trae en vilo al pobre hombre, haciéndole llegar por teléfono varias adivinanzas, todas tienen que ver con opuestos. Kevin no está solo, su amiga de la infancia, Samantha quien ahora es policía le ayuda a recordar su pasado en busca de ese gran pecado que cometió. También una oficial llamada Jeniffer se pone manos a la obra en su caso, teniéndole gran cariño porque le recuerda a su hermano asesinado por el que creen es el mismo asesino, el llamado Asesino de las Adivinanzas.



COMIENZAN LOS SPOILERS:

Bien, al inicio, con la aparición de Slater y las adivinanzas, para mí “Tr3s” no era otra cosa más que una novela más de misterio que busca ser atractiva, recordándonos obras de otros autores de este género. Pero si eres escritor tienes que saber que realizar una novela de este género no es cosa sencilla, tienes que devanarte los sesos para crear una obra que enganche desde el inicio, tenga al lector comiéndose las uñas y quebrándose la cabeza con los misterios que tampoco deben ser exagerados y saturados. Es muy difícil que una novela de este género sea adictiva, emocionante, suculenta en todos los ángulos, y “tr3es” comenzó y siguió como una novela sin más, sin nada nuevo que aportar, aunque no hay bastante lapsos de relleno, parece ser que no iba a ser otra cosa que una novela más de este género y hasta ese punto estaba decepcionado.

No es hasta que Samantha da la idea a Kevin de que tal vez Slater sea una creación de su mente, un alter ego; ahí es cuando lo interesante de verdad comienza. Ted Dakker juega con nosotros como sólo los maestros de este género saben hacer. Nos mete dudas, y, como dije, a su paso nos mete enseñanzas sobre lo que el bien y el mal es. Trabaja bien estos puntos. Aunque al continuar con la lectura puedes creer, de nuevo, que es una simple novela, es hasta el final cuando las dudas pueden comer al lector. ¿Es Slater en realidad Kevin? Esa duda, en lo personal, me mantuvo interesado hasta terminar la novela.

Bueno, sí, todo se resuelve al final. Nos damos cuenta de que la dañada forma de vivir de Kevin, junto con los sucesos de su infancia, le orillaron a crear dos personalidades más, una maligna y otra benigna que le ayudaba y acompañaba de la mano, algo así como un ángel. Aquí es cuando nos damos cuenta de que Ted toma la idea del ángel y el diablo sobre nuestros hombros y les da cuerpo, cambia el concepto y entrega una buena novela de misterio.

Ese es el fin de esta novela, darnos cuenta de que el mal en nosotros siempre ha estado y estará latente, por más inocentes que seamos. Ted ha empleado una enorme y bella metáfora para abrirnos los ojos en este aspecto. No tenemos que dejar que el mal dentro de nosotros fluya y nos destruya, y siempre tenemos que tener una parte consiente de nuestros hechos, nos tenemos que cuestionar sobre si nuestros actos serán buenos o malos. Es una novela que al terminarla te deja pensando y satisfecho, si bien no es la gran novela negra, y puede parecer lente, predecible, con los clásicos clichés de este género (el asesino, el atormentado, la policía que lo quiere) da una vuelta de tuerca en las últimas páginas que hacen que todo haya valido la pena.

Calificación personal:



lunes, 5 de junio de 2017

V. Mi amigo el árbol - Serie HH


Relato en vídeo (narrado):




No puedo mostrar mi rostro a la ligera, porque es de verdad horroroso y está de más en nuestra corta vida obligar a nuestros ojos apreciar un arte del grotesco como ese. Antaño, sin embargo, estaba sustituido por una belleza sin parangón, de rasgos duros, varoniles, perfectos y hermosos. Cuando joven, era de los más atractivos de estos lares, sino es que el más. Por ello mujeres no me faltaban y mujeres era lo que deseaba más que nada, incluso más que aprender o trabajar sobre y para la vida. 

Un día yo y una de mis tantas acompañantes buscábamos algo de entera tranquilidad y privacidad, situación difícil de encontrar en el pueblo, y mucho menos en casa de mis padres. Lo único que se me ocurrió fue buscar un apartado en el inmenso bosque que ofrece rincones perfectos para pasar gratos momentos sin ser irrumpidos más que por el trino de aves y el cuchicheo apacible de otros animales. No sufrí en convencerla, ella lo que deseaba era tenerme a solas; el más grande trofeo para cualquier mujer. 

Tardamos un poco en encontrar un lugar perfecto y agradable, además de suficientemente lindo para la ocasión. Era un claro en mitad del bosque, un espacio amplio recubierto de corto pasto color esmeralda ceñido de achaparrados árboles desnudos que a su vez los rodeaban cientos de flores de distintos colores y variopintos aromas. Sólo había un raro árbol en medio del claro; no muy grande, parecía tener una forma humana, dos raíces la hacían de piernas y dos ramas de brazos, además de una cabeza de mata verde. Era como si estuviera en cuclillas y tratando de apachurrar algo con fuerza, con todo el cuerpo de madera maciza. Era un asiento perfecto. Sobre él nos pusimos cómodos mi compañera y yo. Allí platicamos, nos conocimos y, como era de esperarse, terminamos en un huracán de cariños y besos.

Amigo, el lugar era perfecto para relacionarse con una dama. La belleza del sitio, el cielo azul que se colaba entre las copas de los árboles, el olor fresco, las mariposas… Cualquiera que hubiera encontrado un rincón así quedaría fascinado al instante aunque si hubiera llevado una buena compañía como la mía todo el esplendor se relegaba a segundo plano. 

Me gustó tanto el pequeño y escondido claro que no tardé en llevar a otra acompañante, luego otra. Amaba el lugar. El pequeño árbol era el único que conocía cuánto hacía allí. Mi cómplice. Desde la primera vez que me senté sobre su regazo sentí como si me observara. Comento, parecía una persona y quizá mi imaginación quería jugar sucio. Como sea, era mi amigo; no le contaba mis secretos amorosos, lo incluía en ellos. 

La última vez que me interné en el claro, esperando que fuera otro día igual a los pasados, había citado a mi novia en turno a la hora del crepúsculo. Por problemas con mi antigua relación, llegué un poco tarde, el páramo ya estaba cubierto de total oscuridad la cual solo era atenuada con mi lámpara de aceite; la luna no podía competir contra las densas copas de los árboles. Al llegar, el claro estaba iluminado y me fue fácil ver a dos personas. Mi novia estaba abrazada de un tipo que en un inicio no distinguí. Busqué un ángulo desde donde podía ver la cara del desgraciado mientras me ocultaba con maestría, cuan gato asechando a su presa. 

Hubieras visto mi cara de sorpresa al descubrir quién bañaba de besos y caricias a mi novia. No era otro más que yo mismo. Otra cosa no cuadraba en la escena, justo donde estaba mi otro yo debería de haberse encontrado un árbol achaparrado, mi amigo el árbol. 

Algo fuera de lo común sucedía. Salí de las sombras para averiguarlo, pero me quedé paralizado por completo al ver cómo delgadas ramas color piel se le incrustaban en el cuerpo a la bella mujer. Los gritos que profirió aún se escuchan en lo profundo del bosque. Con seguridad sufrió uno de los más horrendos dolores que alguien pudiera sentir. Mi otro yo comenzaba a recuperar la forma de un árbol, sin embargo el rostro no desapareció en lo alto del tronco.

Traté de reaccionar, mover una pierna y huir del claro. No quería ver cómo el árbol asesinaba a mi novia. Pero vi todo; le clavó varias de sus ramas y luego la elevó hasta su follaje donde ella desapareció entre un montón de hojas que se bañaban paulatinamente con su sangre roja, como si fueran meras navajas rematándola.

Era difícil descongelarme. Su rostro, mi rostro, se volvió a mí cuando terminó de engullir la presa, y habló con una voz rara, propia de un monstruo; fría y no muy clara, como si se ahogara. Me dijo que si no le daba mi escultural rostro, con el cual podría atraer a miles de víctimas más por el resto de la eternidad, me comería en ese instante. El terror me invadió, por ello accedí. Me acerqué a él temblando y sólo recuerdo que sus ramas se acercaron sin perder tiempo, y con algo de clara emoción, a mi rostro. Luego nada, me desmayé y desperté con un nuevo rostro. Lo odio, ¿sabes? Es tan horrible que todos me temían y temen, a ello se debe que lo oculte con este burdo vendaje. Por ello no salgo del bosque, aquí nadie aprecia esta obra creada por un ser que aún no termino de comprender. 




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