lunes, 8 de mayo de 2017

III. Cerdito - Relato de terror (Serie HH)




Relato en vídeo (narrado)





Por las calles tal vez se escuchen cien variantes de lo que sucedió en esta granja, y ninguna dirá toda la verdad. Muchos especulan sobre nosotros, sobre si tuvimos hijos y esas cosas que no deberían interesarle a nadie. La verdad es que sí, a mi pequeño, un niño hermoso como un sol; pero los dioses rara vez son de verdad bondadosos. Mi bebé era frágil desde su nacimiento y al poco una extraña enfermedad lo atrapó por completo. Ésta atacaba sin mediarse la mente de mi niño, regalándole paranoias y alucinaciones, por eso le obligábamos a estar encerrado en la granja, sin posibilidad de que viera el pueblo o lo que hay más allá. 
Tanto la enfermedad como nosotros le arrancamos su vida de las manos. Mi esposo jamás hizo algo para sacarlo adelante; al contrario, no soportaba la idea de tener a un hijo mentalmente incompetente. Le llegó, incluso, a golpear y jamás le demostró alguna prueba de cariño. Lo miraba como algo mal hecho, una imperfección en su vida tal como lo fui yo: un estorbo y un adorno bonito en esta granja. 
Mi valía era incluso menor que la de una sirvienta. Hacía de todo, desde limpiar hasta ser un objeto sexual, y solo se me recompensaba con comida y, cuando él estaba de buenas, con ropa nueva o algún jabón. No tenía permitido salir al igual que mi niño, éramos esclavos de esta granja. El pequeño, a pesar de sus dificultades, era el encargado de cuidar los cerdos y las ovejas de sol a sol, además de que limpiaba la mayor parte de la granja. Aunque ningún alma, por más confundida que esté, soporta llevar una vida de maltratos y sufrimientos.
Un día, a la hora del crepúsculo,  mi esposo llegó de vender un par de porcinos en el pueblo y, como muchas veces antes, lo hizo tan ebrio que apenas si podía mantenerse de píe sin caer. Se fue directamente a los corrales a revisar el trabajo de nuestro hijo e, inconforme, le metió una tunda como pocas. Su ebriedad evitaba que su limitada racionalidad fluyera de manera normal. No notó cuando nuestro pequeño, de doce años en aquel entonces, sufrió un ataque de ira. Con su fuerza obtenida de años de trabajo burdo, tumbó a su padre. Corrió fuera de la granja por la entrada principal. Traté de ir tras él al instante, pero no podía dejar a mi esposo aturdido y dolorido en el suelo, de lo contrario la sanción para ambos sería peor. En realidad lo que me hiciera a mí carecía de importancia, pero mi pequeño ya estaba al borde de no aguantar más aquella vida y su locura podía hacerse incontrolable, tenía miedo que se volviera en un peligro para ambos.
Cuando dejé en la cama a mi marido, salí en su búsqueda. Creí que sería cuestión de máximo una hora hasta dar con él, pero el bosque tras la colina es inmenso y, además, pudo haber tomado la ruta que lleva al pueblo, donde estaría desencadenado y furioso. Cuando no encontré pista, me interné en la espesura ya entrada la noche, utilizando una lámpara de aceite. No pensaba en más, ni en las macabras historias imbuidas en la inmensidad del bosque, ni en la oscuridad hiriente, solo en mi niño. 
Las inclementes horas se me escapaban de las manos y su rastro era nulo. Comenzaba a temer, no por la oscuridad y por caer en la cuenta que mi orientación estaba jugándome una mala pasada, sino por él. Recuerdo haberme tumbado de rodillas y haberle rogado a Dios por un milagro, que lo protegiera y lo mantuviera sano y salvo. Le imploré a una deidad que, si bien nos otorgó la miseria, tal vez estaría dispuesto a enmendar sus castigos al verme implorarle con ahínco y lágrimas de dolor en los ojos. 
Estaba desconsolada, en medio del bosque antes del alba. En un momento de insana tranquilidad sentí un frío terrible envolverme. Temí ahora sí por mi propia vida. Eso me dio fuerza para levantarme de mi miseria y continuar mi búsqueda. Mi ánimo, en lugar de menguar, se alzó y, con un terrible dolor en el cuerpo, anduve un tiempo más hasta encontrar, como una extraña señal, a un cerdito. Si bien nuestra granja era la más próxima, no era nuestro, pero sí era un lechón de granja como cualquier otro. Caminaba sin temor ni pena en mi dirección. Me detuve para contemplarlo un momento, él hizo lo mismo conmigo. Cuando me dispuse a dejarlo en paz, gruñó, me tomó las faldas de mi vestido con su hociquito y me jaloneó un poco. Fui tentada a dale una patada, temía que me mordiera y causara una infección. Logró huir pero, en vez de seguir mi propio camino, lo seguí a él. La intuición de madre me decía algo. 
El cochinito no fue lejos, me internó en un dosel rico que cubría a un niño tembloroso, asustado y enfermo. Con la fuerza que me quedaba, lo ayudé a ponerse en píe y, dejando que me utilizara como soporte, lo llevé a la graja. Casi de forma inconsciente seguí al lechón hasta el lugar. Yo estaba asustada y feliz en las mismas proporciones que seguir un cerdo tenía todo el sentido del mundo.
La granja fue una bendición momentánea, mi marido me esperaba furibundo. Nos castigó a ambos, encerró a mi muchacho sin la posibilidad de salir y a mí me golpeó. Lo importante era que el pequeño estaba vivo y sano. Al cochinito mi marido lo encerró en los corrales, un trato injusto a nuestro salvador. Cuando el enojo se le pasó, le imploramos que dejara libre al lechón, mi hijo lo quería como mascota. No le agradó para nada la idea, pero lo cedió como regalo de cumpleaños. 
Fue más que su mascota; era un compañero y amigo. Nunca tendría uno humano, así que el cerdo le venía más que bien. Yo los quería a los dos, el animal era muy juguetón y estaba muy agradecida por su ayuda.
Pero nunca faltaron las desgracias en mi familia. Un día mi niño enfermó gravemente, y sus pobres defensas impidieron que luchara. Mi atención estuvo centrada en él por dos largos meses, tiempo en el que olvidamos al puerquito, aunque mi marido, al ver cómo creció y engordó, tenía sus ojos puestos sobre él. Cuando mi pequeño al fin pereció yo me encontraba en el peor de los estados, muerta en vida; mi felicidad se había marchado. No me quedaba razón para vivir. Mientras tanto el ya gran cerdo deseaba darme ánimos y, en cierto modo, buscaba advertirme sobre mi marido.
A esas alturas no me interesaba quedarme en la pocilga. Así que hui una noche, dejando al cerdo desprotegido, apartándome de todas las memorias dolorosas pero dejando en mi corazón a mi hijo. Estuve en el pueblo un tiempo, escondida. Fue lapso suficiente para conocer un amor pasajero, yo aún era joven y atraía a los varones del lugar. Pasé una noche con él pero el maldito me abandonó sin más, dejándome con una cuota en la posada. Eso no fue todo, alguien advirtió a mi marido dónde me encontraba. Antes de poder escapar nuevamente, él ya tenía sus garras sobre mí.
Me golpeó casi al borde de la muerte y me encerró sin darme comida por mucho tiempo. Cuando al fin me dejó libre para trabajar en su granja, limpiando mierda, me encontré con el puerco de mi niño, estaba muy grande y me daba miedo, parecía enojado, así como lo oye, el torpe animal, al parecer, sentía. Le pregunté a mi esposo porque no lo había matado, pero se negó a responderme. Supuse que se había encariñado con el animal, incluso lo encerraba en un corral especial, el más limpio, lejos de los otros puercos.
Así pasó el tiempo y las cosas siguieron igual, yo trabajaba de sol a sol y él me vigilaba, temía que escapara de nuevo. Hacerlo ya no era una opción; tendría lo mismo fuera que dentro de la granja. Mi vida había perdido todo el sentido. 
Al salir de una catástrofe, entraba a otra antes de suspirar con alivio. La noche que pasé con mi amor pasajero fue suficiente como para dejarme embazada. Y por supuesto él no se debía entrar. E hice lo posible para ello, lo disimulé bastante bien. 
Un día dormitaba en mi habitación, el sueño no me atrapaba del todo. De reojo vi un bulto entrar a la habitación. Temiendo que fuera mi marido, me apresuré para ocultar mi barriga de nueve meses. Para mi momentáneo alivio descubrí que había sido el gran cerdo de mi hijo. Me observó dudoso con sus pequeños ojos lechosos  y salió chillando como si le hubiera dado de patadas. No sé qué le pasó al maldito pero en ese momento en lo único en que pensaba era que me iba a delatar. Me apresuré a ocultar mi barriga, la ropa holgada de granjera lo hacía bien.
Fue tarde, él entró como un espectro a la habitación cuando yo aún tenía mi barriga expuesta. Lo siguiente que sucedió fue una pesadilla en todo el significado de la palabra. Encabriado como nunca, sin tentarse el corazón y con la mente nublada por el alcohol, me golpeó el vientre, buscando que mi hijo y yo muriéramos. Esa vez fue distinto, me protegí como pude. Conseguí arrojarlo al suelo donde se golpeó duro en la cabeza. Esto me dio unos segundos para escapar, y no los desaproveché.
Con tropiezos y de la forma más denigrante, seguí hasta estar frente de los corrales. Entonces lo oí, a él, a mi otro niño, mi primer niño.
—Mamá, corre, escóndete aquí. Ven mamá —me dijo, reconocí su voz y la seguí, con varias emociones encontradas.
Al inicio no creí lo que escuchaba. Luego vi su sombra que corría a un recoveco entre los corrales, un tanto inaccesible pero sí mi única opción. Mi bebé comenzó a tratar de salir, las contracciones eran irregulares, dolorosas, como cuchillos dentro de mi vientre. A trompicones seguí la voz de mi hijo. 
No era mi hijo quien me esperaba. Era él. El cerdo. 
Debatir sobre mi locura en ese momento no era mi prioridad, lo era mi pequeño bebé. Confié en el cerdo y parí sobre un montón de paja, cuidando mucho de no lastimar a mi pequeño. Pero, cuando di a luz el animal se acercó como si fuera a ayudarme. El bebé, chillando, yacía en la incómoda paja y, antes de que yo pudiera reaccionar, el animal se abalanzó con el hocico abierto y se lo devoró. Contra él no pude hacer mucho, me limité a ver cómo, con sus dientes, destrozaba el pequeño cuerpo y la sangre bañando la paja conuna gran mancha oscura. 
Antes de caer inconsciente, vi algo mucho más curioso y terrorífico. En el rostro del cerdo se reflejaron las facciones de mi primer hijo. De ahí no supe mucho más. 

1 comentario:

  1. Interesante historia, pero antes de publicarlo debe depurar coherencias gramaticales. Suerte para la próxima historia.

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