lunes, 22 de mayo de 2017

IV. Camino - Relato de terror (Serie HH)


Relato en vídeo (narrado):






La razón de por qué escribo esto es simplemente para darme cuenta, con palabras, de todo lo que ha acontecido en mi vida en estos últimos días. No es una carta de despedida, ni mucho menos. Todo transcurre con una lentitud agónica. Sé que mi fin está cerca pero no llega y es lo que más me entristece. He sentido dolor todos estos días, miedo, terror… lo he sentido a él.
Antes de esta maldición yo era un niño como cualquiera, ahora siento que todas estas penurias me hicieron convertirme en un hombre atormentado, seguido de cerca por un fiel representante del dolor.
La locura que hoy me embiste parece más bien una pesadilla imposible. Nunca fui paranoico y me imaginación tenía las limitantes de cualquier niño. ¿Pero qué pasó? Recuerdo bien el inicio de mi tormento y, por más que lo analizo, me doy cuenta que sí, que fue culpa de ese camino cruzado. Jamás antes lo había visto, no estaba  consiente siquiera que esa parte del pueblo existía, una de verdad oculta, pero entre una y otra cosa terminé ahí.
Jugaba con un amigo a las escondidas; adentrarse al bosque es algo peligroso para niños como nosotros pero en ese momento lo único que yo deseaba era no ser encontrado, o ser el descubridor del mejor sitio para esconderse. Tampoco era que hubiera perdido totalmente la racionalidad, mi idea original era esconderme en el lindero de un brazo del bosque que se metía hasta donde jugábamos. No había demasiado peligro de perderme.
Caminé entre árboles mientras mi amigo contaba con los ojos cerrados. Pero, sin darme cuenta, di con el camino. En realidad eran dos caminos que se cruzaban perfectamente, rectos ambos y en diagonal. Donde se tocaban había una especie de monumento de mármol del que sobresalía un enorme árbol que daba sombra a la mayoría de estos caminos empedrados. Nunca antes había visto ese sitio y a primera vista el árbol se me hizo desconocido: era distinto a cualquiera del bosque, no muy alto pero sus ramas se alargaban y su tronco era tan grueso como el que más.
Suponiendo que en realidad esa parte del pueblo no tenía nada de diferente ni de magnifica, comencé a andar por uno de los caminos, eso sí, despacio; al final de éste se abría una oscuridad casi imposible y me dio miedo, pero tampoco me detuve. Me asusté cuando distinguí que por el camino adyacente, no muy lejos, otra persona se acercaba a mi paso. Era un efecto extraño, casi como el de un espejo. Caminábamos con incertidumbre aunque le dediqué una sonrisa amistosa, parecía como de mi edad y, por más que se acercaba busqué paralizarme: era yo. No me detuve a cerciorarme qué tipo de efecto era aquél, uno fantástico. Era igual a mí, pero estaba casi desnudo, lo tapaba un simple taparrabos, y su piel —mi piel— estaba llena de heridas de donde manaba sangre, tenía partes cercenadas y le faltaba un ojo. Me aterré al descubrir el horrible cuerpo y me dediqué a correr sin voltear atrás, el pánico me inflamaba el racionamiento.
La oscuridad era producto de altos árboles que se encorvaban hasta formal un dosel que impedía la entrada de la luz natural del sol. No miré el camino bajo mis pies pero continuaba, sentía su limpio empedrado. Cuando el miedo pudo más que mis ganas de seguir en esa dirección, no encontré más remedio que virar y andar hasta donde mi amigo, seguro, ya me estaba buscando. Cuando me di vuelta, topé con una barrera de árboles similar a la que iniciaba en el punto donde estábamos jugando. La atravesé, curioso, dejando atrás la lobreguez antinatural. Creí que me había desviado del camino principal mientras andaba a tientas en las tinieblas. Sea como fuere no me topé más con el camino cruzado ni con el niño parecido a mí.
Seguí jugando y olvidé el camino, lo relegué paulatinamente a una especie de sueño, de algo que carecía de la suficiente importancia como para dejarlo instalado en mi pensamiento, dejarlo que me perturbara. Era un niño, no podía meditar o saber que aquello que me ocurrió era extraño hasta cierto punto. Pero fue sólo la mecha que incendió todo lo que me ocurrió más tarde.
Me gustaba jugar libremente fuera de mi hogar. Me desagradaba estar encerrado; amaba el aire que le robaba al bosque con cada respiración, el cielo azul y puro lleno de nubes, los olores de las chimeneas, los lejanos cánticos de las voces de la gente al pasear por ahí, los animales que eran tan libres como yo.
Corría rumbo a mi casa, la hora de comer se había llegado. No me di cuenta de que me adentraba a una oscuridad extraña, que nacía de ningún lado: allí no había árboles y el sol seguía brillando. Me quedé paralizado cuando distinguí a una persona alta ataviada de blanco frente de mí, cargaba con un látigo. Me dedicó una sonrisa llena de dientes amarillentos y fue cuando me di cuenta de que era un hombre feísimo con una mirada llena de locura, cicatrices por la piel que se le alcanzaba a ver. Alzó el látigo y me lo arrojó. Cerré los ojos, espantado, me había quedado paralizado y esperé el golpe sin más.
Al abrir los ojos me percaté de que seguía en el camino a mi casa. Imaginé toda la escena. Nada había sido real. Era como estar inmerso en una pesadilla, despierto. Ante aquello no supe cómo reaccionar. Seguía petrificado, con el corazón trabajando a toda máquina y mi respiración agitada. Miré en todas direcciones esperando encontrarme al tipejo del látigo, lo único que vi fue a un señor mayor paseando a su perro, una lejana carreta jalada por caballos, y una joven que acababa de salir de su casa. Yo seguía parado, congelado, con cara de espanto. Cuando me percaté de que con seguridad esa posición era ridícula incluso para un niño, seguí andando despacio, precavido, observando como maniaco a todas direcciones.
Los dolores que sentí llegaron de repente. El látigo, a fin de cuentas, me había acertado en la barriga y en la espalda. Caí al suelo lleno de dolor, sofocado. Nunca antes había sentido algo tan horrible. Esperé ver, tras de mí, al hombre de blanco y por una fracción de tiempo lo vi, sonriendo, con el látigo bien sujeto. Lo alzó y me cubrí, preparado. Otro latigazo que acertó en mi espalda. Grité de dolor y un vecino me pudo ver. El amable hombre, preocupado, corrió hasta donde yo estaba y me levantó.
—¿Qué te pasa, niño? —me preguntó, asustado.
El dolor gobernaba mi cuerpo. Las palabras no salían, se escondían. Sentía fuego en mi espalda, y temía al hombre del látigo. Deseé advertirle al afable vecino sobre ese personaje, no pude. El tipo me levantó y me llevó cargando hasta mi casa. Mi padre lo recibió y al verme se alteró. Ambos me llevaron a la cama y ahí me dejaron. Debido al dolor y a todas las extrañas escenas que había vivido caí inconsciente.
Al despertar me dolía todo el cuerpo y ninguna extremidad respondía mis órdenes. Estaba amarrado con cadenas a una mesa de madera. El hombre de blanco me miraba y sonreía, extasiado. Giraba una enorme palanca para así estirarme piernas y brazos. Sentía que en cualquier segundo se iban a desencajar del hueso. Grité de dolor mientras el feo tipo se reía y dejaba caer baba asquerosa.
—¿Qué te pasa, hijo? —me dijo mi papá.
De repente estaba de nueva cuenta en mi habitación y mi padre había sustituido al hombre de blanco, lo cual me regaló un instante de relativa paz. Al fin pude liberar brazos y piernas de las cadenas. Me podía mover, pero eso no significaba que el dolor se hubiera marchado.
—Me duele. El hombre de blanco lo hizo.
Me tocó la cabeza y negó. No tenía fiebre ni nada parecido. Me revisó el cuerpo, pero todo estaba en orden, sin embargo el dolor de los latigazos así como el de las cadenas sobre mis extremidades seguía latente, punzando.
—Más tarde llegará el doctor, hijo, quiero que te revise. No parece que tengas algo anormal, ni una enfermedad, pero tu padre sabe muy poco de estas cosas. Por el momento descansa.
Cuando estuve a punto de gritarle que no me abandonara, algo me cerró la boca y volví a estar atado. Mi padre salió de mi habitación al tiempo que regresé a la oscuridad. El hombre horrible me miraba de cerca y me tapaba la boca.
—Los hombres no gritan —me dijo con una voz amarga que, aunque llena de baba, era seca.
No podía moverme, las cadenas me seguían atando a las esquinas de la enorme mesa de tortura. El sujeto cargaba un recipiente, del cual salía humo. Dejaba caer su contenido, gota a gota, sobre mi estómago. Sentía cada perlita de ese líquido como si me pegara un carbón. No podía gritar, su mano me presionaba la boca, sentía su sabor asqueroso, a podredumbre.
De repente, lleno de dolencia y miedo, me di cuenta de que seguía en mi habitación. Sudaba y, ya que me podía mover, presioné mi estómago y busqué las marcas de fuego pero sólo me topé con un dolor invisible. Las visiones eran tan reales como lo que podía sentir. Me estaba desesperando, quería que se detuvieran, no iba a aguantar por mucho tiempo la incesante friega del hombre de blanco, ni verlo en una realidad superpuesta a la mía.
Me quedé atolondrado sobre mi cama, agitado y sudando a chorros. Pensé en la razón de esas raras visiones y sólo acudió a mi mente el camino cruzado. Era un niño pero comprendía que toparme con esa zona que jamás antes había descubierto podía ser algo tan anormal como las visiones en sí. Y me había visto, sí, como en un espejo vi un doble mío lleno de marcas y heridas; tenía sólo un calzón cubriendo mis partes íntimas, pero todo el resto de la piel presentaba heridas de diversas índoles, como si ya hubiera pasado por todo lo que pasaba en el agónico presente.
De rato, entró mi papá acompañado del médico. Me quedé paralizado al ver la figura en blanco de un hombre alto que tenía tapada la boca. Sus ojillos de rata me miraron detenidamente y me corazón se atenazó de cobardía.
—Es mejor que nos deje a solas un momento, lo llamo luego de que haga una revisión completa —le dijo a mi padre.
—Muy bien doctor, ya regreso.
Salió dejándome inmune ante el hombre de blanco el cual cargaba un maletín viejo y desvaído.
—La realidad es complicada —me dijo mientras colocaba el maletín sobre mi estómago y lo abría con sumo cuidado—. No sabes en lo que te metiste, niño. Por desgracia ya no podrás salir a menos que sobrevivas a los dolores por un año.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté, espantado.
—Yo no te hago nada. Lo que sucede es complicado de explicar, no lo entenderías.
Sacó un frasco oscuro, lo destapó y al instante un hedor invadió la habitación. No estoy muy seguro a qué olía aquello pero me fue atontando y me dejé llevar por el sopor.
Cuando desperté el doctor ya no estaba. Por un buen rato creí que todo lo que me había sucedió hasta el momento pertenecía sólo al mundo de los sueños y no a una horripilante realidad llena de dolor. Me quedé cómodo, respirando algo de libertad y estuve a punto de levantarme y salir a jugar cuando volví a ver a ese ser alto, el doctor, riéndose a lo lejos, cargaba con una jaula ocupada por un ave negra similar a un cuervo pero más grande y fea. La liberó y el animal voló en mi dirección con su pico en alto, listo para a tacar, y lo hizo. Su pico era tan afilado como la punta de una flecha, y disfrutaba encajándomelo. Una y otra vez. Por todas partes. En mi carne más sensible, en las partes duras de mi cabeza, en los ojos. La sangre salía a chorros, yo gritaba atiborrado de dolor. Me desesperaba estar consiente, mientras me atacaba, de que iba a morir.
Me dejé caer al suelo, me arrastré tratando de apartar al pajarraco con mis manos, desesperado, sin conseguirlo. Así, sufriendo como estaba, sentí como la realidad volvía a mí. El dolor no se marchaba del todo y el miedo no lo hacía. La habitación estaba sola, y me animé a levantarme y comprender que esas visiones iban a continuar hiriéndome, aunque sólo fueran eso: mentiras que engañaban mi mente para que me causara dolores como jamás había sentido.
Estaba dentro de una prisión mental y no sabía cómo liberarme. De la nada llegó a mis pensamientos la imagen de ese doctor que me atendió el cual, si no era el mismo que me causaba el dolor, algún protagonismo en los hechos tenía. Salí llamando a mis padres, pero no los encontré. Salí a las calles del pueblo y no había una sola alma.
—No hay escapatoria —me dijo el sujeto desde lejos, venía hacia mí con su látigo—. Nadie escapa del dolor. De la tortura. De la miseria. Seas un niño, un viejo o un hombre de gran fortaleza. Llegaste a mi mundo, y mi mundo no es verdad, al igual que el tuyo.
Decía con frialdad. No era un monstruo, de eso yo estaba consiente, pero generaba en mí un pánico superior a cualquier ser sobrenatural que hubiera existido fuera o dentro de mi mente. Alzó el látigo y traté de correr, una barrera de piedras y ramas me lo impidió, estaba atrapado. Sentí sus latigazos lamer mi piel, era un dolor horrible al cual tardé en acostumbrarme. En realidad, ¿quién se acostumbra a aquello? Yo lo hice, al final para mí el dolor era cotidiano como para ti lo es comer.
Estaba atrapado y por más que busqué huir del sitio gobernado por el hombre de blanco, jamás pude. No vale la pena relatar todo el año completo que pasé a la merced de torturas inenarrables. Al tipo se le ocurrían diversas y variadas, a veces bastantes imaginativas, formas de causarme dolor en todas y cada una de las partes de mi tierno cuerpo. Utilizaba fuego, agua, me enterraba vivo; me subía a lo alto, me quitaba mis intestinos con suma delicadeza para ponérmelos posteriormente lo cual era igual de doloroso. Y luego, desaparecía y me dejaba solo completamente, buscaba a mis padres, buscaba comida, una solución a mi desorden mental, porque eso debería de ser ya que, por más heridas, mutilaciones y dolores que el tipo me causaba, no se formaba en mi cuerpo ninguna señal de daño. Los mejores momentos eran cuando me desmayaba, de esa manera no sentía. Y en más de una ocasión creí que mi muerte estaba cerca o que, en definitiva, estaba muerto, pero, por desgracia, no era así.
Fue un tiempo horrible que ahora parece mentira. Pero sigo viéndolo, en sueños o como realidad. Por eso relato esto, para que sepan porqué he de morir. No es un suicidio como tal, necesito desprenderme de este mundo y sólo así me desprenderé del suyo por completo porque, a pesar de que escapé, no lo hice del todo y poco a poco vuelvo a sus garras.
Me llama.
Volviendo a la historia, descubrí el camino cruzado buscando sin detenerme, como un loco, hasta que pasado un año de mi ingreso a la locura, di con él. Sin perder tiempo, caminé por uno de sus cruces y logré ver como mi otro yo, pulcro, feliz, animado, un niño que acababa de jugar con su mejor amigo, venía del otro lado y cruzaba el camino, apenas y me dedicó una mirada, siguió caminando a las profundidades oscuras del bosque donde se encontraría con la representación del dolor.
De esa manera volví a mi mundo, a mi realidad, traumatizado, con pesadillas, aún con visiones pero menos recurrentes y, antes de que se llegue el año y el camino me reclame, debo partir y terminar con esta maldición. 

martes, 16 de mayo de 2017

Reseña de "El dios asesinado en el servicio de caballeros" - Sergio S. Morán


de Sergio S. Morán


Hola gente de este multiverso, amantes de la buena literatura y de la fantasía. Hoy les entregaré mi humilde opinión sobre “El Dios asesinado en el servicio de caballeros”. Sí, un título que a muchos engancha, a otros gusta pero que a mí me parece excesivamente largo y nada fácil de recordar. El creador de este multiverso fantástico fue Sergio S. Morán, español, creador de webcomics embebidos con gran humor, según he leído. Por ello no era de esperar que esta novela, publicada por el afamado sello Fantascy fuera de humor y fantasía, con bellos toques de novela negra. Así que sin más preámbulo, comencemos con esto. 

Llegué a este libro por un montón de buenas reseñas que lo señalaban como un libro fresco, divertido, entretenido, con un personaje carismático en él. Una historia en donde las mitologías (todas ellas) convivían dentro de nuestro mundo. Y en efecto, encontré todo lo que se prometía en esta historia.

Nos narra la historia de la detective Verónica Guerra, mejor conocida en el bajo mundo de los mitos como la detective Parabellum. Una mujer que se encarga de diversos casos que atañen a mitos y leyendas, los cuales, oh sí, viven en nuestro mundo. Para ser más claro el autor nos dice que entre nosotros podemos encontrar a cual criatura, ser o dios de cualquier mitología, haciendo su mayor presencia la griega y la nórdica. Sin olvidar mitos como los vampiros o momias. Digamos que A esta mujer recurren todos esos seres cuando necesitan ayuda profesional de una detective.

La historia arranca de una forma que califico como creada para enganchar. Tenemos a esta mujer con la mente entumecida, no recuerda varias cosas mientras está en su coche. En su brazo puede leer que tiene, en la cajuela, a un dios muerto. No sabe cómo llegó el cadáver ahí, no sabe cómo es que un dios murió, e investigará a que se debe todo eso, incluida su pérdida de memoria. El caso que le da el título al libro, el cual no mencionaré por motivos de salud, no es el más importante sino que él se desprende gran parte de la historia a la cual la complementan otros casos que al final se entrelazan.

El eje principal de la trama se centra en que Parabellum debe encontrar a los ladrones de la ambrosía, bebida mágica que concede la inmortalidad a los dioses antes de que se desate una guerra entre el panteón griego y el nórdico. Se nos introducirán varios personajes de leyenda, como gorgones, minotauros, valquirias, y toda esa vaina.

Creo que ya no les puedo contar más de la historia. Así que opinemos. Bien, ¿qué pensé del libro? Bien, como dije, es entretenido y divertido. No es un libro que me sacara carcajadas, a penas una que otra mueca de risa, pero el hecho de que el humor carismático, básico, esté en todos lados con maestría lo hizo muy ameno, y nada cansado. El libro está narrado en primera persona por Parabellum, personaje que está bien construido. No es una heroína, ni una mujer que lo puede todo a pesar de tener los huevos de enfrentarse a todo tipo de creaturas sobrenaturales siendo una simple humana. Sin mencionar que recibe santas palizas y un montón de ofensas. Se ve que Sergio trabajó bastante en dar una personalidad detallada al personaje principal, una que nos recuerda a viejos detectives. Es una mujer natural, o tan natural como puede ser una mujer si está rodeada de todos estos seres mitológicos. No me cabe duda que si checo continua escribiendo historias de Parabellum, podría llegarse  a convertir en un personaje entrañable.

Parabellum, o mejor dicho, Verónica, tiene una vida en el mundo humano. Tiene un novio y una relación como muchas las hay en nuestro mundo. Esta le da un toque humano a la novela, y los problemas, y esto no es spoiler, entre ambos se derivan del trabajo oculto de Vero. Así pues Parabellum debe enfrentar estos misterios, hacer todo para que no se desate una guerra y proteger su relación.

Hay una variopinta cantidad de personajes secundarios, muchos de los cuales son interesantes a pesar de participar poco y que les faltara una construcción más detallada.
Bueno, ahora aclararé aspectos que no me terminaron de convencer. Aunque a grandes rasgos sólo hay una, la historia así como su final. No quiero meter spoilers aquí, pero para mí la historia es más bien simplona, pero bastante disfrutable, aunque del final puedo rescatar pocas cosas, y esas pocas cosas son muy buenas. Como dije, no quiero decir a que me refiero con este parloteo, es mejor que leas el libro porque aseguro que no es una pérdida de tiempo.

En sí lo recomiendo a todos aquellos que desean comenzar a leer algo de novela fantástica, o una amena y cómica historia de detectives. O en sí si deseas iniciarte en el mundo de la lectura y no sabes por dónde. El libro puede ser de ayuda en un bloqueo lector, o si estás abrumado con lecturas densas pero temes leer una novela juvenil que no sea buena, esta es la respuesta.  


Calificación personal:

lunes, 8 de mayo de 2017

III. Cerdito - Relato de terror (Serie HH)




Relato en vídeo (narrado)





Por las calles tal vez se escuchen cien variantes de lo que sucedió en esta granja, y ninguna dirá toda la verdad. Muchos especulan sobre nosotros, sobre si tuvimos hijos y esas cosas que no deberían interesarle a nadie. La verdad es que sí, a mi pequeño, un niño hermoso como un sol; pero los dioses rara vez son de verdad bondadosos. Mi bebé era frágil desde su nacimiento y al poco una extraña enfermedad lo atrapó por completo. Ésta atacaba sin mediarse la mente de mi niño, regalándole paranoias y alucinaciones, por eso le obligábamos a estar encerrado en la granja, sin posibilidad de que viera el pueblo o lo que hay más allá. 
Tanto la enfermedad como nosotros le arrancamos su vida de las manos. Mi esposo jamás hizo algo para sacarlo adelante; al contrario, no soportaba la idea de tener a un hijo mentalmente incompetente. Le llegó, incluso, a golpear y jamás le demostró alguna prueba de cariño. Lo miraba como algo mal hecho, una imperfección en su vida tal como lo fui yo: un estorbo y un adorno bonito en esta granja. 
Mi valía era incluso menor que la de una sirvienta. Hacía de todo, desde limpiar hasta ser un objeto sexual, y solo se me recompensaba con comida y, cuando él estaba de buenas, con ropa nueva o algún jabón. No tenía permitido salir al igual que mi niño, éramos esclavos de esta granja. El pequeño, a pesar de sus dificultades, era el encargado de cuidar los cerdos y las ovejas de sol a sol, además de que limpiaba la mayor parte de la granja. Aunque ningún alma, por más confundida que esté, soporta llevar una vida de maltratos y sufrimientos.
Un día, a la hora del crepúsculo,  mi esposo llegó de vender un par de porcinos en el pueblo y, como muchas veces antes, lo hizo tan ebrio que apenas si podía mantenerse de píe sin caer. Se fue directamente a los corrales a revisar el trabajo de nuestro hijo e, inconforme, le metió una tunda como pocas. Su ebriedad evitaba que su limitada racionalidad fluyera de manera normal. No notó cuando nuestro pequeño, de doce años en aquel entonces, sufrió un ataque de ira. Con su fuerza obtenida de años de trabajo burdo, tumbó a su padre. Corrió fuera de la granja por la entrada principal. Traté de ir tras él al instante, pero no podía dejar a mi esposo aturdido y dolorido en el suelo, de lo contrario la sanción para ambos sería peor. En realidad lo que me hiciera a mí carecía de importancia, pero mi pequeño ya estaba al borde de no aguantar más aquella vida y su locura podía hacerse incontrolable, tenía miedo que se volviera en un peligro para ambos.
Cuando dejé en la cama a mi marido, salí en su búsqueda. Creí que sería cuestión de máximo una hora hasta dar con él, pero el bosque tras la colina es inmenso y, además, pudo haber tomado la ruta que lleva al pueblo, donde estaría desencadenado y furioso. Cuando no encontré pista, me interné en la espesura ya entrada la noche, utilizando una lámpara de aceite. No pensaba en más, ni en las macabras historias imbuidas en la inmensidad del bosque, ni en la oscuridad hiriente, solo en mi niño. 
Las inclementes horas se me escapaban de las manos y su rastro era nulo. Comenzaba a temer, no por la oscuridad y por caer en la cuenta que mi orientación estaba jugándome una mala pasada, sino por él. Recuerdo haberme tumbado de rodillas y haberle rogado a Dios por un milagro, que lo protegiera y lo mantuviera sano y salvo. Le imploré a una deidad que, si bien nos otorgó la miseria, tal vez estaría dispuesto a enmendar sus castigos al verme implorarle con ahínco y lágrimas de dolor en los ojos. 
Estaba desconsolada, en medio del bosque antes del alba. En un momento de insana tranquilidad sentí un frío terrible envolverme. Temí ahora sí por mi propia vida. Eso me dio fuerza para levantarme de mi miseria y continuar mi búsqueda. Mi ánimo, en lugar de menguar, se alzó y, con un terrible dolor en el cuerpo, anduve un tiempo más hasta encontrar, como una extraña señal, a un cerdito. Si bien nuestra granja era la más próxima, no era nuestro, pero sí era un lechón de granja como cualquier otro. Caminaba sin temor ni pena en mi dirección. Me detuve para contemplarlo un momento, él hizo lo mismo conmigo. Cuando me dispuse a dejarlo en paz, gruñó, me tomó las faldas de mi vestido con su hociquito y me jaloneó un poco. Fui tentada a dale una patada, temía que me mordiera y causara una infección. Logró huir pero, en vez de seguir mi propio camino, lo seguí a él. La intuición de madre me decía algo. 
El cochinito no fue lejos, me internó en un dosel rico que cubría a un niño tembloroso, asustado y enfermo. Con la fuerza que me quedaba, lo ayudé a ponerse en píe y, dejando que me utilizara como soporte, lo llevé a la graja. Casi de forma inconsciente seguí al lechón hasta el lugar. Yo estaba asustada y feliz en las mismas proporciones que seguir un cerdo tenía todo el sentido del mundo.
La granja fue una bendición momentánea, mi marido me esperaba furibundo. Nos castigó a ambos, encerró a mi muchacho sin la posibilidad de salir y a mí me golpeó. Lo importante era que el pequeño estaba vivo y sano. Al cochinito mi marido lo encerró en los corrales, un trato injusto a nuestro salvador. Cuando el enojo se le pasó, le imploramos que dejara libre al lechón, mi hijo lo quería como mascota. No le agradó para nada la idea, pero lo cedió como regalo de cumpleaños. 
Fue más que su mascota; era un compañero y amigo. Nunca tendría uno humano, así que el cerdo le venía más que bien. Yo los quería a los dos, el animal era muy juguetón y estaba muy agradecida por su ayuda.
Pero nunca faltaron las desgracias en mi familia. Un día mi niño enfermó gravemente, y sus pobres defensas impidieron que luchara. Mi atención estuvo centrada en él por dos largos meses, tiempo en el que olvidamos al puerquito, aunque mi marido, al ver cómo creció y engordó, tenía sus ojos puestos sobre él. Cuando mi pequeño al fin pereció yo me encontraba en el peor de los estados, muerta en vida; mi felicidad se había marchado. No me quedaba razón para vivir. Mientras tanto el ya gran cerdo deseaba darme ánimos y, en cierto modo, buscaba advertirme sobre mi marido.
A esas alturas no me interesaba quedarme en la pocilga. Así que hui una noche, dejando al cerdo desprotegido, apartándome de todas las memorias dolorosas pero dejando en mi corazón a mi hijo. Estuve en el pueblo un tiempo, escondida. Fue lapso suficiente para conocer un amor pasajero, yo aún era joven y atraía a los varones del lugar. Pasé una noche con él pero el maldito me abandonó sin más, dejándome con una cuota en la posada. Eso no fue todo, alguien advirtió a mi marido dónde me encontraba. Antes de poder escapar nuevamente, él ya tenía sus garras sobre mí.
Me golpeó casi al borde de la muerte y me encerró sin darme comida por mucho tiempo. Cuando al fin me dejó libre para trabajar en su granja, limpiando mierda, me encontré con el puerco de mi niño, estaba muy grande y me daba miedo, parecía enojado, así como lo oye, el torpe animal, al parecer, sentía. Le pregunté a mi esposo porque no lo había matado, pero se negó a responderme. Supuse que se había encariñado con el animal, incluso lo encerraba en un corral especial, el más limpio, lejos de los otros puercos.
Así pasó el tiempo y las cosas siguieron igual, yo trabajaba de sol a sol y él me vigilaba, temía que escapara de nuevo. Hacerlo ya no era una opción; tendría lo mismo fuera que dentro de la granja. Mi vida había perdido todo el sentido. 
Al salir de una catástrofe, entraba a otra antes de suspirar con alivio. La noche que pasé con mi amor pasajero fue suficiente como para dejarme embazada. Y por supuesto él no se debía entrar. E hice lo posible para ello, lo disimulé bastante bien. 
Un día dormitaba en mi habitación, el sueño no me atrapaba del todo. De reojo vi un bulto entrar a la habitación. Temiendo que fuera mi marido, me apresuré para ocultar mi barriga de nueve meses. Para mi momentáneo alivio descubrí que había sido el gran cerdo de mi hijo. Me observó dudoso con sus pequeños ojos lechosos  y salió chillando como si le hubiera dado de patadas. No sé qué le pasó al maldito pero en ese momento en lo único en que pensaba era que me iba a delatar. Me apresuré a ocultar mi barriga, la ropa holgada de granjera lo hacía bien.
Fue tarde, él entró como un espectro a la habitación cuando yo aún tenía mi barriga expuesta. Lo siguiente que sucedió fue una pesadilla en todo el significado de la palabra. Encabriado como nunca, sin tentarse el corazón y con la mente nublada por el alcohol, me golpeó el vientre, buscando que mi hijo y yo muriéramos. Esa vez fue distinto, me protegí como pude. Conseguí arrojarlo al suelo donde se golpeó duro en la cabeza. Esto me dio unos segundos para escapar, y no los desaproveché.
Con tropiezos y de la forma más denigrante, seguí hasta estar frente de los corrales. Entonces lo oí, a él, a mi otro niño, mi primer niño.
—Mamá, corre, escóndete aquí. Ven mamá —me dijo, reconocí su voz y la seguí, con varias emociones encontradas.
Al inicio no creí lo que escuchaba. Luego vi su sombra que corría a un recoveco entre los corrales, un tanto inaccesible pero sí mi única opción. Mi bebé comenzó a tratar de salir, las contracciones eran irregulares, dolorosas, como cuchillos dentro de mi vientre. A trompicones seguí la voz de mi hijo. 
No era mi hijo quien me esperaba. Era él. El cerdo. 
Debatir sobre mi locura en ese momento no era mi prioridad, lo era mi pequeño bebé. Confié en el cerdo y parí sobre un montón de paja, cuidando mucho de no lastimar a mi pequeño. Pero, cuando di a luz el animal se acercó como si fuera a ayudarme. El bebé, chillando, yacía en la incómoda paja y, antes de que yo pudiera reaccionar, el animal se abalanzó con el hocico abierto y se lo devoró. Contra él no pude hacer mucho, me limité a ver cómo, con sus dientes, destrozaba el pequeño cuerpo y la sangre bañando la paja conuna gran mancha oscura. 
Antes de caer inconsciente, vi algo mucho más curioso y terrorífico. En el rostro del cerdo se reflejaron las facciones de mi primer hijo. De ahí no supe mucho más. 

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