lunes, 24 de abril de 2017

II. La neblina - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado)



La verdad, poco me interesa si me crees o no; ya estoy viejo y a los viejos tan acabados como yo es difícil creerles cuando están predispuestos a contar una historia verídica. Oh sí. Todo lo que escucharás me pasó hace años, de muchacho. Recuerdo bien las fuerzas de mis brazos, el sentimiento de poder respirar de forma adecuada, sin que me costara trabajo, como ahora que en lugar de respirar trago mocos por las narices. Vivía en este mismo pueblo el cual no ha envejecido tanto como lo he hecho yo. La gente tampoco ha cambiado mucho, por ello el recuerdo de todo lo sucedido sigue tan vívido en mi cabeza seca que sacarlo a la luz no me costará nada.
De niño, mis padres me abandonaron con mis abuelos, no estoy seguro por qué y nunca nadie se tomó el tiempo de explicarme el motivo. Algunos murmuraban que se habían marchado en busca de una mejor vida, o conseguir mayores riquezas de las que nunca hubieran podido conseguir en este lugar. Otros que habían desaparecido en circunstancias extrañas entre los amplios bosques; claro, no sería el primer ni último registro de desaparecidos en la inmensidad de lo verde e inexplorable. También, esto más en broma, que mi madre se enamoró de uno de los mercaderes que iba y venía por los enormes caminos comerciales que antaño existían; mi padre, celoso, los siguió hasta que le dieron muerte. Aquí el caso es que no estuvieron a mi lado para verme crecer, convertirme en el hombre trabajador que fui.
Era el único familiar de mis ancianos abuelos, ambos tan viejos que no tenían las fuerzas ni el racionamiento para vivir por sí solos. Cuidar de ellos no era una molestia; me criaron de niño y ahora correspondía devolverles el favor. Pero marchitaban muy rápido para mi gusto. Cada vez perdían más la memoria, se movían menos.
Para mantenernos a todos, desde pequeño, trabajaba los pedazos de tierra de mi abuelo, los cuales me daban suficientes cosechas para mantenernos vivos. De igual forma, la hospitalidad de los vecinos que conocían mi situación era un recurso para mantenerme en píe. Me regalaban comida, ropas e incluso a veces hombres me ayudaban en las tierras sin cobrarme demasiado. Lo que me sobraba lo vendía. A un lado de estas tierras corría un río que mantenía un caudal estable, por ello el agua no escaseaba.
Mi vida estaba estancada en ese círculo interminable: trabajo, cuidar de mis abuelos, y más trabajo. No me di cuenta que a su vez yo seguía creciendo, me hacía un hombre y un hombre necesita una mujer a su lado, la cual aporta una familia. Pero día a día estaba tan ocupado que nunca logré salir con alguien o siquiera visitar todo el pueblo y mucho menos conocer más allá. Un día, harto, llegué a tener la seguridad de que cuando mis abuelos pereciesen tendría una vida libre, al fin iba a poder hacer todo lo que nunca conseguí hacer.
Mis abuelos ya tendrían más de cien años cuando la idea de ser libre llegó a mi mente. Los seguía cuidando de igual manera, ahora con más recelo. Cuando pasaron diez años con más de lo mismo, cuando yo, literalmente, tenía que dar de comer en la boca a ambos y les limpiaba sus gracias, me sentía desesperar. Ya ni siquiera podían hablar del todo, sólo balbuceaban y gemían de dolor. Tanto ellos como yo no teníamos libertad para respirar, pero aun así nunca ni por asomo llegó a mí la idea de terminar con sus dolores, segar su vida.
Nunca antes había presenciado un año como aquel. Las lluvias no se presentaban ni con los rezos de toda la población unidos a coro. El río que alimentaba mis cosechas se secó por completo, cosa que parecía ser imposible. Por más esfuerzo que ponía en sembrar, no acarreaba la suficiente agua para regar. Al poco la huerta no servía y comíamos de lo que me daban. Decidí buscar otro trabajo, pero las huertas no necesitaban manos, y poco sabía más allá de la agricultura.
Por otro lado las cosas se complicaban en casa. Tenía a mi cuidado ya no a mis abuelos sino a dos personas confundidas, con hambre que, supuse, estarían al borde de la muerte.
Regularmente me sentaba en la pequeña sala, falto de esperanzas y con un hambre que causaba dolor en todo mi débil cuerpo. Los miraba sentados en sus camas, ya poco se podían mover. Fue cuando todo lo raro comenzó. Hablaban a menudo incoherencias, se movían poco y se quejaban del dolor.
—Oscuro, lejano y sagrado. Mantequilla para el chivo. Una hoja para la madre —dijo en una ocasión mi abuela y con esas palabras me despertó de mis ensoñaciones.
—¿Qué? —le pregunté, me dolía la cabeza y el estómago—. ¿Tienes hambre?
No supe por qué lo pregunté, bien sabía la respuesta: todos estábamos hambrientos. Las mínimas reservas que me quedaban las guardaba para cuando de verdad estuviéramos muriendo, en ese punto no faltaba mucho para llegar al límite. Yo esperaba un milagro, una lluvia que llenara el río que tenía meses seco.
—Los dioses nos ven, sonríen, nos besan los pies, les besamos el culo. Sonríe al pulpo gigante, porque él sonríe como el hombre de maquillaje blanco —continuaba con discordancias.
Pronto le dejé de prestar atención y me decidí a salir en búsqueda de comida. El buen panadero me ofreció algunos panes duros que le sobraron, los cuales tomé con agrado.  
—¿Cómo van tus cosechas? —me preguntó el bonachón sujeto con algo de verdadera preocupación impregnada en su tono—. ¿No has conseguido agua?
—Nada, señor. Los verdaderos agricultores se han hecho de los pozos más importantes y de cualquier reserva. Sólo consigo el suficiente para beber y el aseo. No sobra nada para mi huerto. ¿No ha sabido de algún trabajo?
Negó con tristeza.
—La crisis del agua nos está sumiendo en un problema económico. Los únicos trabajos nuevos que se hacen son para salir a los bosques en busca de agua. Pero eso implicaría que abandonaras a tus abuelos por un buen tiempo.
En ese instante pensé que lo mejor sería dejar a mis abuelos para así poder trabajar y ganar comida. En seguida deseché la idea; el hambre, la sed, la debilidad, el dolor, todo contribuía paulatinamente a que las ideas de mi mente fueran incongruentes. En el fondo sabía que moría. Las opciones eran pocas.
Me encontraba en ese estado de desesperación cuando vi algo que hizo que mi corazón diera un vuelco significativo. Al andar vagabundeando por las calles, buscando trabajo y comida, una enorme nube se dejó ver en el horizonte con timidez, cubriendo al sol. No era el único contento con la repetida aparición, todos señalaban el enorme cúmulo con alegría, hablando sobre que el agua volvería. Aquello parecía un milagro.
Me apuré a la casa. Dentro, les dije a la carrera a mis abuelos que estaba pronta una lluvia, no esperé respuesta suya, salí para esperar ser bañado por el milagro. Muchos campesinos sacaban cuanto recipiente poseían para no dejar escapar ni una sola gota de agua. Yo tenía unos pocos, también los saqué. Para nosotros era como recoger oro del cielo azul.
Me senté afuera. La nube avanzaba muy despacio, como burlándose de nosotros que la aguardábamos como un enamorado espera a su amante o incluso con más fervor. Al escuchar los gemidos conjuntos de mis abuelos, regresé a la choza con el corazón desbocado.
—¿Qué pasa? —les pregunté, ambos parecían estar asustados.
El sentimiento de terror era mutuo, se notaba con claridad a pesar de ser tan viejos que las arrugas habían borrado la mayoría de sus rasgos en el rostro.
—Él viene, nos desea. Ambos nos desean pero él viene, el otro —respondió mi abuelo—. Su lucha es clandestina, ganará el más fuerte al final del día. Una oscuridad falsa que congela la esperanza.
Parecía como si le fuese a dar un ataque, me asusté, pero no supe qué hacer más que seguir escuchando.
—Dios no es nuestro amigo —dijo entonces mi abuela con la misma cadencia de espanto—. Él nos dejó ser utilizados como juguetes de esta guerra. Pez globo y sal. Pan y vino. Ranas y sangre. Estrella de la mañana cuando el sol muera.
Todo lo que decían no significaba otra cosa que su mente estaba fallando. Para entonces superaban los ciento veinte años y, todo sumado a la falta de comida y agua, había convertido a ambos en unos dementes seniles llenos de dolor y temor. Suponía que ni el agua que se aproximaba los salvaría.
Las palabras sin sentido de mis abuelos impregnaban la casa con un aburrido y desentonado coro de incoherencias que poco a poco me fue cansando. Decidí salir y seguir esperando el milagro de la lluvia. Ya era de noche y un viento frío arrastraba un sinnúmero de sabores por todo el barrio, entre los cuales destacaba el polvo de páramos estériles; éste sabe diferente a la tierra recién cultivada. Ya añoraba ese gustillo a vida. Todo parecía muerto o estar muriendo a mí alrededor. Incluyéndome. Y mi única esperanza pendía sobre mí y de cierta forma también se burlaba: sólo nos regalaba un molesto viento, nada del agua salvadora.
Se hizo de noche y no tuve otra que volver a entrar. Mis abuelos dormían pero eso no impedía que hablaran entre sueños. Decían más incoherencias pero las expresaban con un pánico perceptible. Ambos tenían pesadillas; se removían, gritaban, sollozaban. De nuevo, le eché la culpa al hambre y a que estaban al borde de la muerte, y tal vez ya comenzaban a sentir ese mundo que hay más allá de nuestra vida terrenal.
—Nos busca, desea el dolor. El miedo. Nos desea —farfullaba el abuelo, yo los examinaba casi fascinado, no parecían cansarse de hablar. No estaba seguro de dónde sacaban sus fuerzas para lograrlo.
—Las manos bajo la tierra salen. Bajo la tierra uno se forja, se crea con dolor, miedo, maldad —le coreaba la abuela—. Bajo tierra, bajo tierra, todo es felicidad. Noche y día, bajo tierra.
Bajo tierra es donde pronto terminarían. Yo no los dejaba de querer, pero en el fondo estaba consciente de que ya no eran mis abuelos sino un par de seres sin mucha cabida en ese hogar que parecía cada vez más a un sitio para locos.
Al poco de seguir escuchando toda su palabrería, mucha de la cual era ininteligible, caí sumido en un profundo sueño también plagado de pesadillas. Miré a mis abuelos caminando sobre un montón de huesos esparcidos en una enorme poza. Reían, caminaban y se desintegraban, perdiéndose entre los huesos, sumiéndose bajo tierra. Sobre mí seguía esa enorme nube rebosante y prolífica pero no se reventaba con nada. Todo alrededor estaba seco, las plantas y árboles perecían y me di cuenta que yo también me secaba de una manera cruel; mi piel se desmoronaba y me convertía en polvo.
Desperté en la madrugada, con hambre y sed. Me costó adaptar mis ojos a la oscuridad que seguía siendo la dueña del mundo helado en el que nos había sumergido esa enorme formación de nubes.
Como hechizado, trastabillando, me dirigí a la puerta. El silencio era perturbador, sólo irrumpido por los frágiles murmullos de mis abuelos, apacibles, al final habían sucumbido a un sueño tan profundo que no les había permitido seguir con palabrería ni movimientos bruscos. La energía se les había agotado. Al abrir la puerta, esperando ver que la lluvia ya hubiera hecho su trabajo, me topé con un mundo cubierto por una neblina blancuzca y de fantasía. No podía ver más allá de mi nariz y, como si continuara siendo parte de mi sueño, vi como algunos jirones de esta neblina fueron penetrando como serpientes a la sala de la pequeña casa.
Era un efecto que jamás antes había visto en la naturaleza. Era una especie de humo limpio, fresco, que se dirigía a un punto en específico, directo con mis abuelos. No supe qué significaba aquello, cerré la puerta para que el frío no se terminara de meter y la neblina quedara fuera, no era bienvenida. Los jirones que ya se habían colado treparon a la cama de mis abuelos y ahí se desvanecieron.
Me quedé paralizado cuando escuché sus gemidos. Gritos ahogados, como si les hubieran echado un balde de agua helada para despertarlos. Ambos se sentaron, sus movimientos eran iguales, como si fueran un par de marionetas. Habían despertado pero sus ojos eran blancos y de sus orificios nasales, así como de las orejas, se esparcía un poco de esa extraña neblina.
—Bajo tierra se gesta el mal, sobre la tierra existe ya —dijeron al unísono con una voz seca, quebrada, lo cual me aterró. A pesar de la oscuridad, los miraba con claridad—. La muerte es natural, la inmortalidad se crea gracias a la inmoralidad. Podrán existir mil y un males, pero lo que desean crear a nada se comparará.
Al decir eso último cayeron a las camas.
Cuando reaccioné, corrí hasta ellos. Seguían dormidos, cualquier rastro de esa neblina se había esfumado. Sentí sus corazones y respiración, estaba pausada, como si al fin la natural debilidad de los ancianos los hubiera doblegado.
Temí salir y enfrentar la neblina nuevamente, por ello preferí vagar como sonámbulo a la cocina y preparar lo poco que nos quedaba de alimento, todo consistente en una sopa de verduras, pan duro pero sabroso, y no más de medio litro de agua bebible. La sopa, si la administraba, bien nos iba durar tres días pero esperaba para entonces tener otra opción para comer.
Mientras preparaba todo, meditaba lo que vi. Quizá ya me volvía loco, no se me ocurría otra respuesta a lo que me estaba sucediendo. El hambre, la falta de agua y descanso eran la fórmula perfecta para que la mente de cualquiera se marchitara y comenzara a burlarse de la racionalidad natural. En eso pensaba cuando comencé a escuchar de nuevo la palabrería de mis abuelos. Creí que ya estarían exhaustos, pero les llegaron energías renovadas de dios sabía dónde.
—La oscuridad es una amiga, el suelo el enemigo. Ojos rojos. ¡Rojos! —gritaba mi abuelo, rompiendo con el silencio tranquilo del momento.
Mi abuela chillaba, tapándose los oídos, como si escuchara algo que la molestara de veras, al punto de causarle dolor. Yo no sabía qué hacer con ambos, estaban totalmente incontrolables, como nunca antes. En la pequeña casa no tenía a dónde recluirme y estaba claro que no los podía alimentar así como estaban, hechos un completo desastre.
Me di cuenta que algo extraño sucedía dentro de la casa. Por las fisuras de madera, tanto de las paredes como del techo, se filtraba más de esa neblina. Una neblina normal no actúa de aquella manera, se mantiene fuera, no tiene fuerza para penetrar la madera, pero esa sí que lo hacía aunque de una manera sutil que hipnotizaba. Ésta fue empalideciendo la ya de por sí endeble luz de la choza. Se impregnaba en todos lados pero no se mantenía flotando a la deriva, al contrario, fue consiguiendo una forma corpórea.
El miedo me agarró desprevenido. Aquello era inusual y los humanos tememos a lo inusual, y más si era una extraña neblina que tomaba forma de un alto personaje horripilante que parecía brillar con una luz que no existía. No pensé bien lo que hacía, lo correcto en ese momento, creí, fue huir. Abrí la puerta y al tratar de salir el cúmulo se me arrojó, tumbándome de espaldas. Pasó sobre mí como si fuera el torrente de un río embravecido. Me presionaba, quemaba mis ojos y buscaba desprender mi piel. A pesar de que estaba a su merced, me di cuenta de que a mí no me buscaba, iba tras mis abuelos.
Estuve aplastado por unos eternos segundos y de repente, así como llegó, se marchó ahora con suma calma. Me pude levantar cuando ya quedaban sólo restos de vaho, el cual se miraba muy natural. El frío se había acentuado y afuera había comenzado a caer una lluvia incesante acompañada de lejanos truenos.
Corrí a donde mis abuelos. Lo que vi sobre la cama era un par de cadáveres. Parecía como si ambos tuvieran tiempo muertos. La neblina, de alguna forma, se encargó de arrebatarles la vida careciente que les quedaba. No me quedó otra que enterrar ambos cuerpos en la huerta sin importar terminar empapado por la tan ansiada lluvia. La neblina se había fugado casi totalmente pero parecía, desde mi punto de vista, que recorría todo el pueblo como si fuera un invitado peligroso.
Cabe agregar que a partir de ese día las lluvias volvieron como si nunca se hubieran ausentado. Esa extraña neblina vuelve, oh sí, nos visita cada ciertos años y yo la recibo como una vieja amiga. No estoy muy seguro porqué se llevó a mis abuelos, aunque después de tiempo fui escuchando que varios ancianos de edad bastante avanzada perecieron esa madrugada en circunstancias extrañas. Quizá no soportaron lo que la neblina significaba. Como dije, los humanos no podemos racionalizar ese tipo de cosas, extrañas, que no tienen sentido alguno. Yo no me quebré la cabeza, a pesar de que sentía la ausencia de mis abuelos, al fin me sentía libre, pude seguir sembrando y al poco trabajé para las siembras de alguien más, conocí a una mujer y tuve dos hijos, pero esa historia no importa.

Ya soy un anciano y tengo el presentimiento de que mi vieja nube, con su neblina, vendrá por mí antes de que me convierta en alguien tan acabado como mis abuelos. De hecho, sé que está a punto de visitarme porque en esos días tengo unas pesadillas como pocas, veo seres bajo tierra de rostros horribles, y muchas más cosas que desaparecen al despertar, cuando la neblina ya se pasea por el pueblo. Yo salgo a verla con comodidad.   

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