lunes, 10 de abril de 2017

I. El Espantapájaros - Relato de terror (Serie HH)








Nací en 1909 en una familia necesitada. En realidad por ese entonces la economía general del lugar estaba a la baja, los empleos escaseaban y los vendedores ambulantes dejaban de transitar. Sólo éramos tres: mi madre, padre y yo, y aun así no nos ajustábamos para comer el pan de todos los días.
Los años pasaban, inclementes, y nuestra situación no mejoraba. Yo tenía diez años cuando salía a las calles no para mendigar monedas, sino para encontrar alguna forma de ganarlas. Las cosas empeoraron cuando mi madre flaqueó ante la debilidad impuesta por la depresión: éramos pobres y mi señor padre se convirtió en el típico alcohólico que necesitaba escapar de la realidad que nos embargaba día a día. Si se ganaba algún dinero, lo gastaba en un abrir y cerrar de ojos en la sustancia que le permitía vivir sin preocupaciones. Por mi parte no podría conseguir un trabajo que durara más de un par de días; las personas no contrataban a un niño para trabajos de sol a sol.
 Más temprano que tarde mis salidas a la calle se convirtieron en búsqueda ahora sí de comida. Mendigaba donde podía, principalmente en el mercado y las inmediaciones de éste. Si la situación lo ameritaba, no me importaba hurtar; mi madre necesitaba alimentarse. Cada día estaba más débil y las energías y ganas de vivir se le escapaban del cuerpo.
Sirvió de poco cualquier esfuerzo que hice: cuando yo tenía diecisiete años ella se marchó al cielo, dejando a un joven triste y sin esperanza de vida. Fue la única persona por la que tuve sentimientos, los cuales fueron correspondidos. Mi padre, por otro lado, ni se inmutó con la pérdida, quizá sintió un gran alivio: un peso menos acuestas. Me abandonó, se largó a otro pueblo a seguir con su mediocre vida.
Sucedió en septiembre de 1931, yo era un vago hambriento que no encontraba una manera digna de sobrevivir más que seguir robando, para ese entonces ya era muy bueno haciéndolo. En el extremo sur del pueblo existía un barrio de ricachones en donde los mercaderes poseedores de ganado y tierras vivían tranquilamente, ajenos de toda penuria y hambre. En una noche decidí ir a robar una casa pegada al linde del barrio, así podría huir a los gigantes campos y esconderme para que nadie me viera ni la pista.
Eran las tres de la madrugada y todos estaban sumidos en el mundo de los sueños. No aguantaba el hambre, y la desesperación me devoraba convirtiéndome en un títere sin voluntad. El cielo se engalanaba con una gigantesca luna brillante y llena.
Me acerqué como una sombra a la casa y trepé como un gato a la ventana más próxima. Entré con maestría, cuidándome de que ningún ojo metiche se posara sobre mis pasos. Conseguí estar dentro en un par de minutos. La idea era simple: encontrar algo de valor, lo que fuera que me ayudara a sobrevivir un par de meses, luego saldría a toda carrera en dirección de los sembradíos. Pero la cocina, cercana a la ventana, me llamó más la atención que cualquier tesoro a pesar de que a esa hora no desprendía algún aroma apetitoso. Me metí y hurgué hasta encontrar algo comestible; ahora mismo ni siquiera recuerdo qué cosa comí, pero lo hice como si tuviera días sin comer y, tal vez, los tenía.
Se escuchó un ruido que me alarmó; fue precedido de una mujer con una lámpara en la mano. No me dio la posibilidad de huir. Traté de esconderme en una esquina y quedarme bajo el camuflaje de la negrura. No fue suficiente; aquella mujer rubia y alta me miró y empezó a temblar tanto como si hubiera visto una rata gigante. Bueno, eso era yo y mi aspecto seguro era deplorable. Traté de explicarle, me acerqué a ella pero lo interpretó como una agresión; corrió por el pasillo que conectaba la cocina y su habitación, al otro extremo. Con seguridad iba por la ayuda de su esposo o por un arma. Oí sus pasos por el suelo de madera y, ni siquiera un minuto más tarde, escuché cómo su cuerpo caía de las escaleras. Debido a la lobreguez de la enorme casa no vio bien y rodó como un peso muerto hasta el primer piso. Yo estaba paralizado. Todo fue tan rápido.
Me acerqué con cuidado a ver el cuerpo de la mujer tendido en el piso inferior donde la luna me mostraba, además, un enorme charco negro de sangre, como indicándome lo que hice.
Fue cuando su esposo salió de la habitación, todavía con cara de sueño, pero con un rifle entre las manos calludas. No me vio muy bien; corrí a la cocina antes de que me distinguiera de entre las tinieblas. Oí cómo bajó y tengo clavados como cicatrices que no curarán, sus gritos y lamentos. Por mi culpa su esposa murió. Debes comprender que esa no fue mi intención. El hambre me había orillado a hacer todo, mi voluntad era casi nula.
Corrí como si tras de mí me siguiera la enorme bestia de la justicia unida al demonio del remordimiento y de la conciencia sucia. No volteé, seguí hasta los enormes campos y me interné a los maizales donde nadie me vería. No estaba seguro si el ricachón me vio huir y por qué camino. En ese momento en lo único que pensaba era en huir lejos y jamás volver, pero tropecé con lo que creí fue una raíz, al caer y ver mejor con la luz de la luna identifiqué a un anciano hincado, en una mano tenía un trapo sucio. Antes de irrumpirlo limpiaba una enorme calabaza verde, de las mejores que jamás he visto.
Supuse que ese encuentro significaba mi fin: el viejo con seguridad me delataría. Yo estaba nervioso, asustado; huía, eso estaba claro, hasta un ciego se hubiera dado cuenta de ello. A la mañana siguiente se sabría por todo el pueblo del asesinato de esa mujer y lo enmascararían como un acto de vil cobardía. En cambio lo que sucedió fue inesperado: el anciano se alzó y me tendió la mano. Tenía una cara arrugada con enojo, a pesar de eso me habló con buenos modos y me ofreció trabajo. Me comentó que ya estaba viejo para limpiar las calabazas de su huerto, la espalda lo mataba y lo torturaba. Supuse que él era un trabajador pero me confesó, para mi sorpresa, que era uno de los hombres ricos del barrio. Amaba sus cultivos y le gustaba tenerlos limpios. Mi trabajo consistiría en limpiar las calabazas y eliminar las plagas, así como mantener alejados los cuervos y otros intrusos. Dudé en aceptar, pero cuando me ofreció vivir en su mansión y darme las tres comidas al día, todas las dudas se esfumaron.
Mi patrón parecía sufrir alguna enfermedad mental; limpiar calabazas era, a todas luces, algo que carecía de lógica. Por mi parte no refutaba sus órdenes porque me mantenía vivo en una casa cómoda donde tenía una habitación para mí solo.
Sus trabajos los realicé todos los días por dos años. Su mansión no tenía mayores lujos, era como una casa sencilla pero enorme. Solo había una trabajadora encargada de la mayoría de labores. Cabe mencionar que poco a poco me percaté de que el viejo mostraba otros síntomas de locura: tenía una silla mecedora en su habitación que daba a sus maizales, y se quedaba viéndolos por horas como si fuera la más increíble de las maravillas. Estaba orgulloso de su trabajo, o lo extrañaba.
La senil locura del viejo tiene justificación. Comenzaré a decir que mi mente también presentó fallas mientras mi trabajo duró. Cuando limpiaba, hasta entrada la noche, las calabazas, creía sentir que alguien me vigilaba desde las lejanías, entre las altas milpas. Eso no era todo, a veces me daban ardientes ganas de comer las calabazas del viejo, lo cual estaba estrictamente prohibido. El hombre tampoco me mandó a recolectarlas, desaparecían de un día para otro. Me decía que eso estaba bien, así debía ser. No las cogía un ladrón, lo cual me intrigaba y tampoco descubrí nunca a los recolectores, suponía yo, contratados por el viejo.
Un día mi curiosidad fue tal que hice algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida. Como todos los días, me metí a la casona alrededor de la una de la madrugada, cuando terminé de ayudar a la empleada a limpiar el porche y el lindero de los cultivos. Me acosté en mi vieja cama pero no cerré los ojos. Me lo pensé un buen rato, la curiosidad y las ansias por conocer la verdad no me dejarían dormir, de eso estaba seguro.
Retomando mis habilidades de ladón, salí a hurtadillas por mi pequeña ventana sin ser detectado. Me interné en el maizal con paciencia y calma. La luna me señalaba los caminos, aunque ya me los sabía de memoria. Antes de entrar a la parte de las calabazas, me oculté entre las hierbas más tupidas. Quería ver quién se comía aquello por lo que yo trabajaba arduamente.
Pasaron horas. El sueño había relegado a la curiosidad. Pronto darían las cinco y mi trabajo iniciaba a la siete. Necesitaba dormir. Me acerqué, atontado y molesto, a las calabazas y me puse en cuclillas para verlas. No tenían nada de maravilloso. No sabía por qué el viejo me hacía limpiarlas todos los días. Me levanté y fue cuando sentí una presencia. Sin voltear supe que alguien estaba tras de mí, tal vez era el viejo con una terrible cara de enojo, listo para echarme de su propiedad y dejarme morir de hambre. El frío se intensificó y mi piel se erizó. Mi corazón se atenazó y mis pies se engarrotaron. No, no voltearía. Aquello no era normal.
Me quedé como una estatua, una visión ridícula sin duda. Lo único que vi fue una larga y delgada mano que pertenecía a una alta sombra. Esa cosa tomó una de las calabazas más grandes con una sola mano, eso me dio una idea del tamaño del sujeto. El terror siguió aumentando pero a pesar de eso me animé a ver de reojo lo que se comía aquellos frutos. La silueta que se proyectaba describía a un ser bastante alto y delgado. Sus miembros eran largos y su rostro no se apreciaba. Se comía la calabaza con un hambre que me recordó a mí en mis tiempos de vagabundo.
Cuando acabó de engullir todo el producto, dio unos pasos flojos hacia mí. Fue cuando reaccioné. No recuerdo muy bien a partir de ese instante, sólo corrí, lejos, lejos. Llegué a la casona en un par de minutos, jadeante, sudoroso, temblando. Toqué la puerta como un condenado, y el viejo salió con su viejo rifle listo para cualquier cosa.
Me asaltó con preguntas. Me regañó como ni siquiera mi padre había hecho alguna vez. Me prohibió trabajar en los maizales por la mañana, él haría la limpieza. No me despidió lo cual dejó en mí algo de paz. Me encerró en mi cuarto sin la posibilidad de salir. No comí ese día, de cualquier forma hambre me faltaba. Me quedé acostado, pensando qué sería ese gigantesco ser. Una ridícula idea asaltó mi dañada mente: un espantapájaros.
Me asomé por la ventana que daba a los campos y caí en la cuenta de que jamás un solo cuervo, grajo o alimaña había interferido con la siembra. Tal vez se debía a mi presencia puntual de sol a sol. Ya había revisado la mayoría del campo y jamás me topé con un espantapájaros ni nada parecido. La parte más racional de mi joven mente me decía que la presencia se trataba de algún hambriento vagabundo que el viejo ayudaba a su forma; tal vez un retrasado mental con problemas en el cuerpo. Yo era un ignorante, no sabía demasiado de enfermedades, ni físicas o mentales, sólo estaba conscientes de que existían.
El día siguiente fue peor. Salí de mi habitación temprano, supuse que mi castigo se había terminado: ya habían abierto el cerrojo. Busqué al vejo en la casona, sin respuesta. Salí al campo solo para ver, junto con los rayos de sol de un nuevo día, un montón de cuervos sobre el maíz. Eran miles, una plaga. Me asusté y retrocedí, sentí que los animales me iban a atacar. El conjunto parecía más bien un enjambre de abejas mortíferas de esas que asesinaron al hermano de mi madre.
Me encerré y vi el espectáculo desde la habitación del viejo, done existía una mejor vista y la ventana tenía protección con alambres.
Los animales acabaron su trabajo en una hora y se escaparon al cielo del día formando una oscura nube de malos presagios. El campo quedó transformado en una escena de devastación total. Salí con premura y me interné en él. Temía lo peor; el viejo no regresaba y todo indicaba a que había permanecido en el campo cuando las aves atacaron.
No quedaba nada, ni calabazas ni una sola mazorca. Lo único que encontré fue el rifle del viejo manchado de sangre. Nada más. Aterrado, regresé a la mansión y busqué a la trabajadora pero tampoco la encontré; debió de haber huido al ver el tumulto de pájaros.
La casa no estaba lejos de las demás, pronto los vecinos iban a estar husmeando. Temí que me descubrieran, el asesino de aquella ricachona. Regresé a mi habitación por el resto de mi dinero. Me sorprendió ver una caja de madera con las iniciales del viejo talladas. Al abrirla, un puñado de moneas de oro me saludaron. El viejo había estado en mi habitación, no estaba muerto. Lo llamé a gritos pero no lo encontré. Y así, sin esperar nada más, salí corriendo, huyendo de esa casona.
Con un gran temor en mi corazón, escapé por la única salida: los campos devastados. Recordé al ser, y sentí su imponente presencia tras de mí. No volteé, corrí y seguí corriendo hasta saltar el cerco de piedra que daba a una calle apiñada al bosque. De nuevo, algo me obligó a mirar de reojo. Era alto, pero ya no me seguía, no podía escapar más allá de los campos del viejo. Tenía, en efecto, un aspecto de espantapájaros pero, a pesar de estar demasiado alejado, distinguí facciones mucho más terroríficas e incluso, de esto aún no estoy totalmente seguro, me di cuenta de que su rostro era humano, portaba una especie de máscara de piel.
Me refugié en la espesura del bosque un par de horas hasta que me tranquilicé y el miedo comenzó a fugarse. Pensé, entonces, en qué hacer. Tenía dinero, pero levantaría sospechas. Algunos me reconocerían. No muy lejos estaba el camino para salir del lugar, pero el encanto del pueblo me obligó a tomar la decisión de regresar, oculto, y buscar una mejor vida.


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