lunes, 24 de abril de 2017

II. La neblina - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado)



La verdad, poco me interesa si me crees o no; ya estoy viejo y a los viejos tan acabados como yo es difícil creerles cuando están predispuestos a contar una historia verídica. Oh sí. Todo lo que escucharás me pasó hace años, de muchacho. Recuerdo bien las fuerzas de mis brazos, el sentimiento de poder respirar de forma adecuada, sin que me costara trabajo, como ahora que en lugar de respirar trago mocos por las narices. Vivía en este mismo pueblo el cual no ha envejecido tanto como lo he hecho yo. La gente tampoco ha cambiado mucho, por ello el recuerdo de todo lo sucedido sigue tan vívido en mi cabeza seca que sacarlo a la luz no me costará nada.
De niño, mis padres me abandonaron con mis abuelos, no estoy seguro por qué y nunca nadie se tomó el tiempo de explicarme el motivo. Algunos murmuraban que se habían marchado en busca de una mejor vida, o conseguir mayores riquezas de las que nunca hubieran podido conseguir en este lugar. Otros que habían desaparecido en circunstancias extrañas entre los amplios bosques; claro, no sería el primer ni último registro de desaparecidos en la inmensidad de lo verde e inexplorable. También, esto más en broma, que mi madre se enamoró de uno de los mercaderes que iba y venía por los enormes caminos comerciales que antaño existían; mi padre, celoso, los siguió hasta que le dieron muerte. Aquí el caso es que no estuvieron a mi lado para verme crecer, convertirme en el hombre trabajador que fui.
Era el único familiar de mis ancianos abuelos, ambos tan viejos que no tenían las fuerzas ni el racionamiento para vivir por sí solos. Cuidar de ellos no era una molestia; me criaron de niño y ahora correspondía devolverles el favor. Pero marchitaban muy rápido para mi gusto. Cada vez perdían más la memoria, se movían menos.
Para mantenernos a todos, desde pequeño, trabajaba los pedazos de tierra de mi abuelo, los cuales me daban suficientes cosechas para mantenernos vivos. De igual forma, la hospitalidad de los vecinos que conocían mi situación era un recurso para mantenerme en píe. Me regalaban comida, ropas e incluso a veces hombres me ayudaban en las tierras sin cobrarme demasiado. Lo que me sobraba lo vendía. A un lado de estas tierras corría un río que mantenía un caudal estable, por ello el agua no escaseaba.
Mi vida estaba estancada en ese círculo interminable: trabajo, cuidar de mis abuelos, y más trabajo. No me di cuenta que a su vez yo seguía creciendo, me hacía un hombre y un hombre necesita una mujer a su lado, la cual aporta una familia. Pero día a día estaba tan ocupado que nunca logré salir con alguien o siquiera visitar todo el pueblo y mucho menos conocer más allá. Un día, harto, llegué a tener la seguridad de que cuando mis abuelos pereciesen tendría una vida libre, al fin iba a poder hacer todo lo que nunca conseguí hacer.
Mis abuelos ya tendrían más de cien años cuando la idea de ser libre llegó a mi mente. Los seguía cuidando de igual manera, ahora con más recelo. Cuando pasaron diez años con más de lo mismo, cuando yo, literalmente, tenía que dar de comer en la boca a ambos y les limpiaba sus gracias, me sentía desesperar. Ya ni siquiera podían hablar del todo, sólo balbuceaban y gemían de dolor. Tanto ellos como yo no teníamos libertad para respirar, pero aun así nunca ni por asomo llegó a mí la idea de terminar con sus dolores, segar su vida.
Nunca antes había presenciado un año como aquel. Las lluvias no se presentaban ni con los rezos de toda la población unidos a coro. El río que alimentaba mis cosechas se secó por completo, cosa que parecía ser imposible. Por más esfuerzo que ponía en sembrar, no acarreaba la suficiente agua para regar. Al poco la huerta no servía y comíamos de lo que me daban. Decidí buscar otro trabajo, pero las huertas no necesitaban manos, y poco sabía más allá de la agricultura.
Por otro lado las cosas se complicaban en casa. Tenía a mi cuidado ya no a mis abuelos sino a dos personas confundidas, con hambre que, supuse, estarían al borde de la muerte.
Regularmente me sentaba en la pequeña sala, falto de esperanzas y con un hambre que causaba dolor en todo mi débil cuerpo. Los miraba sentados en sus camas, ya poco se podían mover. Fue cuando todo lo raro comenzó. Hablaban a menudo incoherencias, se movían poco y se quejaban del dolor.
—Oscuro, lejano y sagrado. Mantequilla para el chivo. Una hoja para la madre —dijo en una ocasión mi abuela y con esas palabras me despertó de mis ensoñaciones.
—¿Qué? —le pregunté, me dolía la cabeza y el estómago—. ¿Tienes hambre?
No supe por qué lo pregunté, bien sabía la respuesta: todos estábamos hambrientos. Las mínimas reservas que me quedaban las guardaba para cuando de verdad estuviéramos muriendo, en ese punto no faltaba mucho para llegar al límite. Yo esperaba un milagro, una lluvia que llenara el río que tenía meses seco.
—Los dioses nos ven, sonríen, nos besan los pies, les besamos el culo. Sonríe al pulpo gigante, porque él sonríe como el hombre de maquillaje blanco —continuaba con discordancias.
Pronto le dejé de prestar atención y me decidí a salir en búsqueda de comida. El buen panadero me ofreció algunos panes duros que le sobraron, los cuales tomé con agrado.  
—¿Cómo van tus cosechas? —me preguntó el bonachón sujeto con algo de verdadera preocupación impregnada en su tono—. ¿No has conseguido agua?
—Nada, señor. Los verdaderos agricultores se han hecho de los pozos más importantes y de cualquier reserva. Sólo consigo el suficiente para beber y el aseo. No sobra nada para mi huerto. ¿No ha sabido de algún trabajo?
Negó con tristeza.
—La crisis del agua nos está sumiendo en un problema económico. Los únicos trabajos nuevos que se hacen son para salir a los bosques en busca de agua. Pero eso implicaría que abandonaras a tus abuelos por un buen tiempo.
En ese instante pensé que lo mejor sería dejar a mis abuelos para así poder trabajar y ganar comida. En seguida deseché la idea; el hambre, la sed, la debilidad, el dolor, todo contribuía paulatinamente a que las ideas de mi mente fueran incongruentes. En el fondo sabía que moría. Las opciones eran pocas.
Me encontraba en ese estado de desesperación cuando vi algo que hizo que mi corazón diera un vuelco significativo. Al andar vagabundeando por las calles, buscando trabajo y comida, una enorme nube se dejó ver en el horizonte con timidez, cubriendo al sol. No era el único contento con la repetida aparición, todos señalaban el enorme cúmulo con alegría, hablando sobre que el agua volvería. Aquello parecía un milagro.
Me apuré a la casa. Dentro, les dije a la carrera a mis abuelos que estaba pronta una lluvia, no esperé respuesta suya, salí para esperar ser bañado por el milagro. Muchos campesinos sacaban cuanto recipiente poseían para no dejar escapar ni una sola gota de agua. Yo tenía unos pocos, también los saqué. Para nosotros era como recoger oro del cielo azul.
Me senté afuera. La nube avanzaba muy despacio, como burlándose de nosotros que la aguardábamos como un enamorado espera a su amante o incluso con más fervor. Al escuchar los gemidos conjuntos de mis abuelos, regresé a la choza con el corazón desbocado.
—¿Qué pasa? —les pregunté, ambos parecían estar asustados.
El sentimiento de terror era mutuo, se notaba con claridad a pesar de ser tan viejos que las arrugas habían borrado la mayoría de sus rasgos en el rostro.
—Él viene, nos desea. Ambos nos desean pero él viene, el otro —respondió mi abuelo—. Su lucha es clandestina, ganará el más fuerte al final del día. Una oscuridad falsa que congela la esperanza.
Parecía como si le fuese a dar un ataque, me asusté, pero no supe qué hacer más que seguir escuchando.
—Dios no es nuestro amigo —dijo entonces mi abuela con la misma cadencia de espanto—. Él nos dejó ser utilizados como juguetes de esta guerra. Pez globo y sal. Pan y vino. Ranas y sangre. Estrella de la mañana cuando el sol muera.
Todo lo que decían no significaba otra cosa que su mente estaba fallando. Para entonces superaban los ciento veinte años y, todo sumado a la falta de comida y agua, había convertido a ambos en unos dementes seniles llenos de dolor y temor. Suponía que ni el agua que se aproximaba los salvaría.
Las palabras sin sentido de mis abuelos impregnaban la casa con un aburrido y desentonado coro de incoherencias que poco a poco me fue cansando. Decidí salir y seguir esperando el milagro de la lluvia. Ya era de noche y un viento frío arrastraba un sinnúmero de sabores por todo el barrio, entre los cuales destacaba el polvo de páramos estériles; éste sabe diferente a la tierra recién cultivada. Ya añoraba ese gustillo a vida. Todo parecía muerto o estar muriendo a mí alrededor. Incluyéndome. Y mi única esperanza pendía sobre mí y de cierta forma también se burlaba: sólo nos regalaba un molesto viento, nada del agua salvadora.
Se hizo de noche y no tuve otra que volver a entrar. Mis abuelos dormían pero eso no impedía que hablaran entre sueños. Decían más incoherencias pero las expresaban con un pánico perceptible. Ambos tenían pesadillas; se removían, gritaban, sollozaban. De nuevo, le eché la culpa al hambre y a que estaban al borde de la muerte, y tal vez ya comenzaban a sentir ese mundo que hay más allá de nuestra vida terrenal.
—Nos busca, desea el dolor. El miedo. Nos desea —farfullaba el abuelo, yo los examinaba casi fascinado, no parecían cansarse de hablar. No estaba seguro de dónde sacaban sus fuerzas para lograrlo.
—Las manos bajo la tierra salen. Bajo la tierra uno se forja, se crea con dolor, miedo, maldad —le coreaba la abuela—. Bajo tierra, bajo tierra, todo es felicidad. Noche y día, bajo tierra.
Bajo tierra es donde pronto terminarían. Yo no los dejaba de querer, pero en el fondo estaba consciente de que ya no eran mis abuelos sino un par de seres sin mucha cabida en ese hogar que parecía cada vez más a un sitio para locos.
Al poco de seguir escuchando toda su palabrería, mucha de la cual era ininteligible, caí sumido en un profundo sueño también plagado de pesadillas. Miré a mis abuelos caminando sobre un montón de huesos esparcidos en una enorme poza. Reían, caminaban y se desintegraban, perdiéndose entre los huesos, sumiéndose bajo tierra. Sobre mí seguía esa enorme nube rebosante y prolífica pero no se reventaba con nada. Todo alrededor estaba seco, las plantas y árboles perecían y me di cuenta que yo también me secaba de una manera cruel; mi piel se desmoronaba y me convertía en polvo.
Desperté en la madrugada, con hambre y sed. Me costó adaptar mis ojos a la oscuridad que seguía siendo la dueña del mundo helado en el que nos había sumergido esa enorme formación de nubes.
Como hechizado, trastabillando, me dirigí a la puerta. El silencio era perturbador, sólo irrumpido por los frágiles murmullos de mis abuelos, apacibles, al final habían sucumbido a un sueño tan profundo que no les había permitido seguir con palabrería ni movimientos bruscos. La energía se les había agotado. Al abrir la puerta, esperando ver que la lluvia ya hubiera hecho su trabajo, me topé con un mundo cubierto por una neblina blancuzca y de fantasía. No podía ver más allá de mi nariz y, como si continuara siendo parte de mi sueño, vi como algunos jirones de esta neblina fueron penetrando como serpientes a la sala de la pequeña casa.
Era un efecto que jamás antes había visto en la naturaleza. Era una especie de humo limpio, fresco, que se dirigía a un punto en específico, directo con mis abuelos. No supe qué significaba aquello, cerré la puerta para que el frío no se terminara de meter y la neblina quedara fuera, no era bienvenida. Los jirones que ya se habían colado treparon a la cama de mis abuelos y ahí se desvanecieron.
Me quedé paralizado cuando escuché sus gemidos. Gritos ahogados, como si les hubieran echado un balde de agua helada para despertarlos. Ambos se sentaron, sus movimientos eran iguales, como si fueran un par de marionetas. Habían despertado pero sus ojos eran blancos y de sus orificios nasales, así como de las orejas, se esparcía un poco de esa extraña neblina.
—Bajo tierra se gesta el mal, sobre la tierra existe ya —dijeron al unísono con una voz seca, quebrada, lo cual me aterró. A pesar de la oscuridad, los miraba con claridad—. La muerte es natural, la inmortalidad se crea gracias a la inmoralidad. Podrán existir mil y un males, pero lo que desean crear a nada se comparará.
Al decir eso último cayeron a las camas.
Cuando reaccioné, corrí hasta ellos. Seguían dormidos, cualquier rastro de esa neblina se había esfumado. Sentí sus corazones y respiración, estaba pausada, como si al fin la natural debilidad de los ancianos los hubiera doblegado.
Temí salir y enfrentar la neblina nuevamente, por ello preferí vagar como sonámbulo a la cocina y preparar lo poco que nos quedaba de alimento, todo consistente en una sopa de verduras, pan duro pero sabroso, y no más de medio litro de agua bebible. La sopa, si la administraba, bien nos iba durar tres días pero esperaba para entonces tener otra opción para comer.
Mientras preparaba todo, meditaba lo que vi. Quizá ya me volvía loco, no se me ocurría otra respuesta a lo que me estaba sucediendo. El hambre, la falta de agua y descanso eran la fórmula perfecta para que la mente de cualquiera se marchitara y comenzara a burlarse de la racionalidad natural. En eso pensaba cuando comencé a escuchar de nuevo la palabrería de mis abuelos. Creí que ya estarían exhaustos, pero les llegaron energías renovadas de dios sabía dónde.
—La oscuridad es una amiga, el suelo el enemigo. Ojos rojos. ¡Rojos! —gritaba mi abuelo, rompiendo con el silencio tranquilo del momento.
Mi abuela chillaba, tapándose los oídos, como si escuchara algo que la molestara de veras, al punto de causarle dolor. Yo no sabía qué hacer con ambos, estaban totalmente incontrolables, como nunca antes. En la pequeña casa no tenía a dónde recluirme y estaba claro que no los podía alimentar así como estaban, hechos un completo desastre.
Me di cuenta que algo extraño sucedía dentro de la casa. Por las fisuras de madera, tanto de las paredes como del techo, se filtraba más de esa neblina. Una neblina normal no actúa de aquella manera, se mantiene fuera, no tiene fuerza para penetrar la madera, pero esa sí que lo hacía aunque de una manera sutil que hipnotizaba. Ésta fue empalideciendo la ya de por sí endeble luz de la choza. Se impregnaba en todos lados pero no se mantenía flotando a la deriva, al contrario, fue consiguiendo una forma corpórea.
El miedo me agarró desprevenido. Aquello era inusual y los humanos tememos a lo inusual, y más si era una extraña neblina que tomaba forma de un alto personaje horripilante que parecía brillar con una luz que no existía. No pensé bien lo que hacía, lo correcto en ese momento, creí, fue huir. Abrí la puerta y al tratar de salir el cúmulo se me arrojó, tumbándome de espaldas. Pasó sobre mí como si fuera el torrente de un río embravecido. Me presionaba, quemaba mis ojos y buscaba desprender mi piel. A pesar de que estaba a su merced, me di cuenta de que a mí no me buscaba, iba tras mis abuelos.
Estuve aplastado por unos eternos segundos y de repente, así como llegó, se marchó ahora con suma calma. Me pude levantar cuando ya quedaban sólo restos de vaho, el cual se miraba muy natural. El frío se había acentuado y afuera había comenzado a caer una lluvia incesante acompañada de lejanos truenos.
Corrí a donde mis abuelos. Lo que vi sobre la cama era un par de cadáveres. Parecía como si ambos tuvieran tiempo muertos. La neblina, de alguna forma, se encargó de arrebatarles la vida careciente que les quedaba. No me quedó otra que enterrar ambos cuerpos en la huerta sin importar terminar empapado por la tan ansiada lluvia. La neblina se había fugado casi totalmente pero parecía, desde mi punto de vista, que recorría todo el pueblo como si fuera un invitado peligroso.
Cabe agregar que a partir de ese día las lluvias volvieron como si nunca se hubieran ausentado. Esa extraña neblina vuelve, oh sí, nos visita cada ciertos años y yo la recibo como una vieja amiga. No estoy muy seguro porqué se llevó a mis abuelos, aunque después de tiempo fui escuchando que varios ancianos de edad bastante avanzada perecieron esa madrugada en circunstancias extrañas. Quizá no soportaron lo que la neblina significaba. Como dije, los humanos no podemos racionalizar ese tipo de cosas, extrañas, que no tienen sentido alguno. Yo no me quebré la cabeza, a pesar de que sentía la ausencia de mis abuelos, al fin me sentía libre, pude seguir sembrando y al poco trabajé para las siembras de alguien más, conocí a una mujer y tuve dos hijos, pero esa historia no importa.

Ya soy un anciano y tengo el presentimiento de que mi vieja nube, con su neblina, vendrá por mí antes de que me convierta en alguien tan acabado como mis abuelos. De hecho, sé que está a punto de visitarme porque en esos días tengo unas pesadillas como pocas, veo seres bajo tierra de rostros horribles, y muchas más cosas que desaparecen al despertar, cuando la neblina ya se pasea por el pueblo. Yo salgo a verla con comodidad.   

lunes, 17 de abril de 2017

Reseña Festival de la Blasfemia - Dross



de Dross





Qué onda gente de este multiverso, hoy reseña de “Festival de la blasfemia” de Dross:

Antes de cualquier cosa, debo aclarar un par de cosillas, que, aunque no son de suma importancia, más vale que las haga antes de que alguien salga ofendido sin alguna razón real para ello. Primero, yo sigo a Dross desde antes de que tuviera esta fama arrolladora, cuando no hacía tops y tenía sus característicos personajes. Lo considero como todo un personaje de YouTube que tiene un carisma especial para ser querido a pesar de que parezca hacer todo lo contrario. Otra cosa, desde que escuché que le gustaba leer y amaba escribir, como yo, siempre quise que publicara algo. Pasaron años hasta que pariera su primer libro, luna de Plutón.

La realidad es que no me llamó o llama la atención este libro, prefiero gastar mi dinero o mi tiempo leyendo alguna otra cosa. Tampoco me llamaba demasiado el festival de la blasfemia, pero una amiga me lo prestó y no pude decir que no a esta oportunidad de leer a Dross, o Ángel David Revilla, a pesar de que escuché muchas más críticas negativas que positivas a este libro.

Bueno, ¿de qué va? 
Melchor es un nigromante, un sujeto ruin y despiadado cuya única meta en la vida es hacer merito ante el demonio Ptelhpte para que éste le regale un castillo en el infierno, lleno de sirvientes y putas, además de otros placeres que en vida jamás nunca tuvo. Para ganar estos puntos debe cometer barbaries propias de su profesión, como engañar a idiotas incautos que se creen malotes para al fin entregar esas vidas al demonio. Melchor siente que no está logrando su objetivo, pero Ptelhpte le dice que aguarde, pronto viajaría al infierno a realizar un trabajo especial. Cuando al fin baja se va de espaldas al darse cuenta que su trabajo es matar al mismo príncipe de las tinieblas.

No podría decir más sin dejar atrás un spoiler. El libro para nada es largo, tiene algo así como 150 páginas incluyendo algunas viñetas que narran la historia. ¿Cuál es mi veredicto? 

Como bien es sabido el libro no es esencialmente de terror, sino de un humor negro al puro estilo de Dross que, lo diré de una vez, no me convenció en lo más mínimo. Si bien al ver a Dross en esos vídeos llenos de humor negro, como en los que aparece el troll, muchas veces termino cagándome de risa, no es lo mismo leer estas guarradas que oírlas con su toque especial, y creo que ese es un gran fallo. En ningún momento me hizo reír ni siquiera un poco, de hecho, muchas pinceladas de humor se me hicieron puestas con calzador y sin sentido, eran pocas las que sí calzaban pero que no causaban un gran efecto. Todas las obscenidades y, vamos, blasfemias del libro parecen pensadas por un adolescente.

En mi más humilde opinión, esta historia hubiera estado mejor sin todo ese humor. Si Dross se hubiera esmerado en crear una historia de terror puro, quizás hubiera conseguido algo bueno porque a decir verdad la trama o la idea esencial no es tan mala, simplemente le hacía falta una buena pulida para conseguir algo que se podía desmenuzar en una buena historia de demonios, infierno y personas crueles sin amor a la vida. 

El libro fácilmente pudo ser narrado como relato de algunas pocas páginas sin problemas. Siento que le sobró mucho, como todas esas viñetas mal dibujadas a mi gusto, y eso que no soy experto en comics ni nada. A la par hicieron falta más detalles y esta historia necesitaba ser más grande, pero en el buen sentido: que la trama se hiciera más poderosa, enrevesada y prolífica, aunque eso no sucede porque obviamente el libro no tiene otro objetivo que entretener y lo logra, eso sí. Lo logra porque es una historia corta y nada difícil de entender. Se podría leer en unas cuantas horas sin más. Te distraería un poco, y, si eres fan de Dross, conocerían un poco de su imaginación, que al fin de cuentas no es tan mala. Cabe mencionar que los escenarios son buenos, así como las criaturas, aunque ya todos conozcamos a la mayoría, de entre las que hay duendes elfos oscuros, homúnculos, golems, y todo eso.

Les recuerdo, si están buscando o esperando una historia de terror en El festival de la blasfemia, no la van a conseguir. Tampoco una obra cargada de humor negro del bueno. Lo que sí tendrán es una narración competente sobre un sujeto que es un hijo de puta, el cual baja al infierno y conoce algunos seres de pesadilla, intenta asesinar al más grande de los demonios y ya, en realidad no hay mucho más. Sin mencionar que el final es bastante simplón.

Algo que me llamó la atención fue que al final del libro viene la fecha del inicio y final de la escritura del libro. Del 13 de noviembre de 2011 a 23 de mayo de 2013. Está bastante claro que en este lapso Dross no enfocó todo su tiempo en escribirlo, ya que un libro así estaría fácilmente terminado en un par de meses. Pero no olvidemos que hay autores como Martin que tardan barbaries en sacar un libro, aunque sí, a diferencia de este son enormes y están escritos de la puta madre, no se comparan ni un poco con el festival de la blasfemia.  


Calificación personal:



lunes, 10 de abril de 2017

I. El Espantapájaros - Relato de terror (Serie HH)








Nací en 1909 en una familia necesitada. En realidad por ese entonces la economía general del lugar estaba a la baja, los empleos escaseaban y los vendedores ambulantes dejaban de transitar. Sólo éramos tres: mi madre, padre y yo, y aun así no nos ajustábamos para comer el pan de todos los días.
Los años pasaban, inclementes, y nuestra situación no mejoraba. Yo tenía diez años cuando salía a las calles no para mendigar monedas, sino para encontrar alguna forma de ganarlas. Las cosas empeoraron cuando mi madre flaqueó ante la debilidad impuesta por la depresión: éramos pobres y mi señor padre se convirtió en el típico alcohólico que necesitaba escapar de la realidad que nos embargaba día a día. Si se ganaba algún dinero, lo gastaba en un abrir y cerrar de ojos en la sustancia que le permitía vivir sin preocupaciones. Por mi parte no podría conseguir un trabajo que durara más de un par de días; las personas no contrataban a un niño para trabajos de sol a sol.
 Más temprano que tarde mis salidas a la calle se convirtieron en búsqueda ahora sí de comida. Mendigaba donde podía, principalmente en el mercado y las inmediaciones de éste. Si la situación lo ameritaba, no me importaba hurtar; mi madre necesitaba alimentarse. Cada día estaba más débil y las energías y ganas de vivir se le escapaban del cuerpo.
Sirvió de poco cualquier esfuerzo que hice: cuando yo tenía diecisiete años ella se marchó al cielo, dejando a un joven triste y sin esperanza de vida. Fue la única persona por la que tuve sentimientos, los cuales fueron correspondidos. Mi padre, por otro lado, ni se inmutó con la pérdida, quizá sintió un gran alivio: un peso menos acuestas. Me abandonó, se largó a otro pueblo a seguir con su mediocre vida.
Sucedió en septiembre de 1931, yo era un vago hambriento que no encontraba una manera digna de sobrevivir más que seguir robando, para ese entonces ya era muy bueno haciéndolo. En el extremo sur del pueblo existía un barrio de ricachones en donde los mercaderes poseedores de ganado y tierras vivían tranquilamente, ajenos de toda penuria y hambre. En una noche decidí ir a robar una casa pegada al linde del barrio, así podría huir a los gigantes campos y esconderme para que nadie me viera ni la pista.
Eran las tres de la madrugada y todos estaban sumidos en el mundo de los sueños. No aguantaba el hambre, y la desesperación me devoraba convirtiéndome en un títere sin voluntad. El cielo se engalanaba con una gigantesca luna brillante y llena.
Me acerqué como una sombra a la casa y trepé como un gato a la ventana más próxima. Entré con maestría, cuidándome de que ningún ojo metiche se posara sobre mis pasos. Conseguí estar dentro en un par de minutos. La idea era simple: encontrar algo de valor, lo que fuera que me ayudara a sobrevivir un par de meses, luego saldría a toda carrera en dirección de los sembradíos. Pero la cocina, cercana a la ventana, me llamó más la atención que cualquier tesoro a pesar de que a esa hora no desprendía algún aroma apetitoso. Me metí y hurgué hasta encontrar algo comestible; ahora mismo ni siquiera recuerdo qué cosa comí, pero lo hice como si tuviera días sin comer y, tal vez, los tenía.
Se escuchó un ruido que me alarmó; fue precedido de una mujer con una lámpara en la mano. No me dio la posibilidad de huir. Traté de esconderme en una esquina y quedarme bajo el camuflaje de la negrura. No fue suficiente; aquella mujer rubia y alta me miró y empezó a temblar tanto como si hubiera visto una rata gigante. Bueno, eso era yo y mi aspecto seguro era deplorable. Traté de explicarle, me acerqué a ella pero lo interpretó como una agresión; corrió por el pasillo que conectaba la cocina y su habitación, al otro extremo. Con seguridad iba por la ayuda de su esposo o por un arma. Oí sus pasos por el suelo de madera y, ni siquiera un minuto más tarde, escuché cómo su cuerpo caía de las escaleras. Debido a la lobreguez de la enorme casa no vio bien y rodó como un peso muerto hasta el primer piso. Yo estaba paralizado. Todo fue tan rápido.
Me acerqué con cuidado a ver el cuerpo de la mujer tendido en el piso inferior donde la luna me mostraba, además, un enorme charco negro de sangre, como indicándome lo que hice.
Fue cuando su esposo salió de la habitación, todavía con cara de sueño, pero con un rifle entre las manos calludas. No me vio muy bien; corrí a la cocina antes de que me distinguiera de entre las tinieblas. Oí cómo bajó y tengo clavados como cicatrices que no curarán, sus gritos y lamentos. Por mi culpa su esposa murió. Debes comprender que esa no fue mi intención. El hambre me había orillado a hacer todo, mi voluntad era casi nula.
Corrí como si tras de mí me siguiera la enorme bestia de la justicia unida al demonio del remordimiento y de la conciencia sucia. No volteé, seguí hasta los enormes campos y me interné a los maizales donde nadie me vería. No estaba seguro si el ricachón me vio huir y por qué camino. En ese momento en lo único que pensaba era en huir lejos y jamás volver, pero tropecé con lo que creí fue una raíz, al caer y ver mejor con la luz de la luna identifiqué a un anciano hincado, en una mano tenía un trapo sucio. Antes de irrumpirlo limpiaba una enorme calabaza verde, de las mejores que jamás he visto.
Supuse que ese encuentro significaba mi fin: el viejo con seguridad me delataría. Yo estaba nervioso, asustado; huía, eso estaba claro, hasta un ciego se hubiera dado cuenta de ello. A la mañana siguiente se sabría por todo el pueblo del asesinato de esa mujer y lo enmascararían como un acto de vil cobardía. En cambio lo que sucedió fue inesperado: el anciano se alzó y me tendió la mano. Tenía una cara arrugada con enojo, a pesar de eso me habló con buenos modos y me ofreció trabajo. Me comentó que ya estaba viejo para limpiar las calabazas de su huerto, la espalda lo mataba y lo torturaba. Supuse que él era un trabajador pero me confesó, para mi sorpresa, que era uno de los hombres ricos del barrio. Amaba sus cultivos y le gustaba tenerlos limpios. Mi trabajo consistiría en limpiar las calabazas y eliminar las plagas, así como mantener alejados los cuervos y otros intrusos. Dudé en aceptar, pero cuando me ofreció vivir en su mansión y darme las tres comidas al día, todas las dudas se esfumaron.
Mi patrón parecía sufrir alguna enfermedad mental; limpiar calabazas era, a todas luces, algo que carecía de lógica. Por mi parte no refutaba sus órdenes porque me mantenía vivo en una casa cómoda donde tenía una habitación para mí solo.
Sus trabajos los realicé todos los días por dos años. Su mansión no tenía mayores lujos, era como una casa sencilla pero enorme. Solo había una trabajadora encargada de la mayoría de labores. Cabe mencionar que poco a poco me percaté de que el viejo mostraba otros síntomas de locura: tenía una silla mecedora en su habitación que daba a sus maizales, y se quedaba viéndolos por horas como si fuera la más increíble de las maravillas. Estaba orgulloso de su trabajo, o lo extrañaba.
La senil locura del viejo tiene justificación. Comenzaré a decir que mi mente también presentó fallas mientras mi trabajo duró. Cuando limpiaba, hasta entrada la noche, las calabazas, creía sentir que alguien me vigilaba desde las lejanías, entre las altas milpas. Eso no era todo, a veces me daban ardientes ganas de comer las calabazas del viejo, lo cual estaba estrictamente prohibido. El hombre tampoco me mandó a recolectarlas, desaparecían de un día para otro. Me decía que eso estaba bien, así debía ser. No las cogía un ladrón, lo cual me intrigaba y tampoco descubrí nunca a los recolectores, suponía yo, contratados por el viejo.
Un día mi curiosidad fue tal que hice algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida. Como todos los días, me metí a la casona alrededor de la una de la madrugada, cuando terminé de ayudar a la empleada a limpiar el porche y el lindero de los cultivos. Me acosté en mi vieja cama pero no cerré los ojos. Me lo pensé un buen rato, la curiosidad y las ansias por conocer la verdad no me dejarían dormir, de eso estaba seguro.
Retomando mis habilidades de ladón, salí a hurtadillas por mi pequeña ventana sin ser detectado. Me interné en el maizal con paciencia y calma. La luna me señalaba los caminos, aunque ya me los sabía de memoria. Antes de entrar a la parte de las calabazas, me oculté entre las hierbas más tupidas. Quería ver quién se comía aquello por lo que yo trabajaba arduamente.
Pasaron horas. El sueño había relegado a la curiosidad. Pronto darían las cinco y mi trabajo iniciaba a la siete. Necesitaba dormir. Me acerqué, atontado y molesto, a las calabazas y me puse en cuclillas para verlas. No tenían nada de maravilloso. No sabía por qué el viejo me hacía limpiarlas todos los días. Me levanté y fue cuando sentí una presencia. Sin voltear supe que alguien estaba tras de mí, tal vez era el viejo con una terrible cara de enojo, listo para echarme de su propiedad y dejarme morir de hambre. El frío se intensificó y mi piel se erizó. Mi corazón se atenazó y mis pies se engarrotaron. No, no voltearía. Aquello no era normal.
Me quedé como una estatua, una visión ridícula sin duda. Lo único que vi fue una larga y delgada mano que pertenecía a una alta sombra. Esa cosa tomó una de las calabazas más grandes con una sola mano, eso me dio una idea del tamaño del sujeto. El terror siguió aumentando pero a pesar de eso me animé a ver de reojo lo que se comía aquellos frutos. La silueta que se proyectaba describía a un ser bastante alto y delgado. Sus miembros eran largos y su rostro no se apreciaba. Se comía la calabaza con un hambre que me recordó a mí en mis tiempos de vagabundo.
Cuando acabó de engullir todo el producto, dio unos pasos flojos hacia mí. Fue cuando reaccioné. No recuerdo muy bien a partir de ese instante, sólo corrí, lejos, lejos. Llegué a la casona en un par de minutos, jadeante, sudoroso, temblando. Toqué la puerta como un condenado, y el viejo salió con su viejo rifle listo para cualquier cosa.
Me asaltó con preguntas. Me regañó como ni siquiera mi padre había hecho alguna vez. Me prohibió trabajar en los maizales por la mañana, él haría la limpieza. No me despidió lo cual dejó en mí algo de paz. Me encerró en mi cuarto sin la posibilidad de salir. No comí ese día, de cualquier forma hambre me faltaba. Me quedé acostado, pensando qué sería ese gigantesco ser. Una ridícula idea asaltó mi dañada mente: un espantapájaros.
Me asomé por la ventana que daba a los campos y caí en la cuenta de que jamás un solo cuervo, grajo o alimaña había interferido con la siembra. Tal vez se debía a mi presencia puntual de sol a sol. Ya había revisado la mayoría del campo y jamás me topé con un espantapájaros ni nada parecido. La parte más racional de mi joven mente me decía que la presencia se trataba de algún hambriento vagabundo que el viejo ayudaba a su forma; tal vez un retrasado mental con problemas en el cuerpo. Yo era un ignorante, no sabía demasiado de enfermedades, ni físicas o mentales, sólo estaba conscientes de que existían.
El día siguiente fue peor. Salí de mi habitación temprano, supuse que mi castigo se había terminado: ya habían abierto el cerrojo. Busqué al vejo en la casona, sin respuesta. Salí al campo solo para ver, junto con los rayos de sol de un nuevo día, un montón de cuervos sobre el maíz. Eran miles, una plaga. Me asusté y retrocedí, sentí que los animales me iban a atacar. El conjunto parecía más bien un enjambre de abejas mortíferas de esas que asesinaron al hermano de mi madre.
Me encerré y vi el espectáculo desde la habitación del viejo, done existía una mejor vista y la ventana tenía protección con alambres.
Los animales acabaron su trabajo en una hora y se escaparon al cielo del día formando una oscura nube de malos presagios. El campo quedó transformado en una escena de devastación total. Salí con premura y me interné en él. Temía lo peor; el viejo no regresaba y todo indicaba a que había permanecido en el campo cuando las aves atacaron.
No quedaba nada, ni calabazas ni una sola mazorca. Lo único que encontré fue el rifle del viejo manchado de sangre. Nada más. Aterrado, regresé a la mansión y busqué a la trabajadora pero tampoco la encontré; debió de haber huido al ver el tumulto de pájaros.
La casa no estaba lejos de las demás, pronto los vecinos iban a estar husmeando. Temí que me descubrieran, el asesino de aquella ricachona. Regresé a mi habitación por el resto de mi dinero. Me sorprendió ver una caja de madera con las iniciales del viejo talladas. Al abrirla, un puñado de moneas de oro me saludaron. El viejo había estado en mi habitación, no estaba muerto. Lo llamé a gritos pero no lo encontré. Y así, sin esperar nada más, salí corriendo, huyendo de esa casona.
Con un gran temor en mi corazón, escapé por la única salida: los campos devastados. Recordé al ser, y sentí su imponente presencia tras de mí. No volteé, corrí y seguí corriendo hasta saltar el cerco de piedra que daba a una calle apiñada al bosque. De nuevo, algo me obligó a mirar de reojo. Era alto, pero ya no me seguía, no podía escapar más allá de los campos del viejo. Tenía, en efecto, un aspecto de espantapájaros pero, a pesar de estar demasiado alejado, distinguí facciones mucho más terroríficas e incluso, de esto aún no estoy totalmente seguro, me di cuenta de que su rostro era humano, portaba una especie de máscara de piel.
Me refugié en la espesura del bosque un par de horas hasta que me tranquilicé y el miedo comenzó a fugarse. Pensé, entonces, en qué hacer. Tenía dinero, pero levantaría sospechas. Algunos me reconocerían. No muy lejos estaba el camino para salir del lugar, pero el encanto del pueblo me obligó a tomar la decisión de regresar, oculto, y buscar una mejor vida.


lunes, 3 de abril de 2017

Opinión de la Trilogía Nacidos de la Bruma - Brandon Sanderson



de Brandon Sanderson.



Opinión en vídeo:




Hola amantes de la buena literatura, y también los de la mala, ustedes en especial quédense para que sepan un poco más de esta saga que es, en mi opinión, una de las más trascendentes e importantes de la fantasía moderna. Sí, me refiero a Nacidos de la Bruma de Brandon Sanderson… Espera, ¿no sabes de qué hablo? Entonces de verdad deja a un lado tu librito de juvenil lleno de clichés y ponme un poco de atención. 
Siendo mi primer opinión en el blog (y canal) espero, primero, no decir spoilers importantes ya que hablaré de toda la primera trilogía de nacidos de la bruma y, esto significa que en sí no será una reseña sino mi opinión aunque sí, les hablaré del desarrollo y sobre todo lo que me ha gustado y las ínfimas cosas que no. Y segundo, espero que no se me olvide nada importante que sea de interés.
Sin más, comenzamos.

Nacidos de la Bruma es la primera trilogía de fantasía escrita por el Estadounidense Brandon Sanderson,
un hombre considerado actualmente, junto con otro grandes como Martin, Abercrombie y Ruthfuss, como un genio a la hora de crear estos nuevos mundos embebidos en historias increíbles que enganchan al instante. Antes de adentrarme con NDLB leí la primera obra de Sanderson, Elantris, la cual me gustó bastante pero no causó un gran impacto en mí, sin embargo fue suficiente como para volver al autor.

“El imperio Final” es la primera parte de la trilogía. Aquí comenzamos a descubrir este mundo algo tétrico donde unas extrañas brumas reinan, y entre las cuales hay seres y misterios incontables. Un mundo donde llueve ceniza y no existe el color verde en la naturaleza; hay decadencia, pobreza, miseria y un gobernador con la última palabra. Donde la esclavitud sirve a los poderosos nobles. Sí, algo así como México pero peor, creo. 

El inicio me parece un buen enganchador; tenemos, en primera escena, la aparición de un misterioso héroe que busca revelarse al imperio y ayudar a los esclavos skaa; se nos deja, sí, desde el inicio, con ganas de saber mucho más de este personaje llamado Kelsier. Por otro lado tenemos a una skaa llamada Vin que oculta dentro de sí el poder de un nacido de la bruma. ¿Pero esto qué rayos significa?

El mundo de Sanderson, amigos, es un mundo de fantasía. ¿Esto qué significa? ¡Claro! Tenemos un sistema de magia bastante original llamado alomancia. Digámoslo, en términos no exactos, que estos alomanticos son magos; su fuente de poder son los metales. Deben engullir y quemar algunos metales como el bronce, cobre o peltre, y cada uno les da habilidades distintas. Claro, pocos son los que pueden quemar todos los metales alománticos, pero ellos son los más importantes. 
No es todo, el sistema político y religioso es importante. Incluso uno de los personajes –el cual deben leer para conocer- habla de varias religiones y cada una de ellas es interesante a su manera. Hay diversas creaturas extrañas que te pueden perturbar, aunque, cabe decir que al final se desvela qué son. Y podría hablarles de todo el mundo que ha creado Sanderson, pero me tomaría horas, así que continuemos con la historia. 

Kelsier no está solo, ha reunido a un selecto grupo de personajes a los cuales se les une nuestra protagonista Vin. La misión del grupo es simple: Derrocar el Imperio Final y asesinar a Lord Legislador, el antagonista, opresor del débil pueblo skaa, lo cual implica escapar de sus poderosos guerreros los inquisidores. Desde ese preciso momento nos podemos percatar que un fuerte de Sanderson en sus historias son los personajes; cada sujeto en el grupo de Kelsier es interesante e importante a lo largo de la trilogía, y todos consiguen evolucionar y madurar de una manera importante. Vin, por otro lado, es la que sufre un mayor cambio a lo largo de los libros debido a que se debe ir adaptando a quien realmente es, o mejor dicho, será. 

Vin es entrenada por Kelsier quien le enseña a usar estos poderes alománticos. Necesita prepararla ya que uno de sus planes es infiltrarse entre los nobles, recaudar información para conocer el punto débil del Lord Legislador y el cómo derrotarlo de manera efectiva, ay que este sujeto es una especie de dios que oculta enormes y poderosos secretos. Kelsier le proporciona a Vin otra identidad, una irreconocible entre los nobles. En uno de los famosos bailes de los nobles conoce a otro sujeto fundamental en la trilogía, Elend Venture, el segundo personaje con más importancia y desarrollo aunque en el primer volumen su importancia no está comparada con la de los últimos dos. 

Bien, esa sería una ligera reseña del primer volumen sin involucrar los hechos finales que son una verdadera exquisitez. Y esque de verdad, yo no sé por qué no has leído estos libros. 
Una cosa, antes de que s eme vayan las cabras al monte, el primer volumen se puede leer y no continuar con la trilogía. Sí, creo que Sanderson tenía pensado crear un libro autoconclusivo y eso está muy claro al final, en donde mete un poco de intriga para que, a partir de ese punto, la saga creciera. Si bien eso es notorio, es igual de disfrutable la historia que se desarrolla en “El pozo de la Ascensión” y el “Héroe de las Heras”.
Si deseas conocer bien a los personajes, incluso deleitarte con los exquisitos villanos que, en lugar de causar repulsión, siempre me causaron respeto, te sugiero que continúes con la trilogía. No puedo hablar demasiado de lo que sucede en estos dos libros, pero aquí el principal problema con el que se topan nuestros diversos protagonistas es, en el pozo de la ascensión, el enfrentamiento por el poder de la capital de los reinos, Luthadel, y en el último la misma destrucción del mundo. Ambas historias son excelentes pero…

Sí, ya comenzaré con mis críticas. Como dije, hay poco que no me haya gustado en la trilogía, pero he de mencionar que el segundo volumen fue el que más lento me pareció de los tres, eso no quiere decir que sea malo, pero me hubiera gustado más fluidez de acciones en él. En sí la trilogía, como creo todos los libros del autor,  están escritos de una manera exquisita para que sean leídos  con fluidez. Cada final de capítulo engancha para seguir leyendo. 

Ahora, los finales tanto del primero como del segundo me parecieron bastante buenos – aunque haya dicho que el segundo es el que menos me gustó- el final conclusivo de la trilogía me dejó con ganas de más, creí que pasarían cosas mucho más importantes e inimaginables; sentí que era más flojo y que Sanderson sólo quería cerrar su trilogía de tajo, de una vez. Pero no para siempre porque hay una segunda trilogía aunque no sé muy bien si algún personaje de la trilogía principal participa. 

En resumidas cuentas, la trilogía nacidos de la bruma es una bella historia de fantasía que no debes perderte si te haces llamar fan de la fantasía en la literatura. Más claro ni el agua. 

Calificación personal:


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