martes, 20 de junio de 2017

VI. El columpio - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado):






Siempre creí que las pesadillas nacían luego de cerrar los ojos. Así está bien, uno despierta asustado pero vuelve a dormir; o si es muy niño sólo se dirige a sus padres por un pronto consuelo. El problema es cuando las pesadillas se instalan con comodidad en nuestra realidad. El miedo que arrastran consigo nos ata de manos y pies, alterándonos. Viví, efectivamente, una pesadilla que, a pesar de ser terrible, no me sucedió a mí. Yo fui, en todo momento, una mera espectadora de un espectáculo que me costaba comprender.

Me contrataron como niñera una bella mañana de primavera. Estaba buscando trabajo desde hacía tiempo para ayudar a mis padres. Tenía diecisiete, aún aprendía de la vida y hasta ese punto desconocía que existieran monstruosidades ocultas en algo tan verosímil, cotidiano, como lo es la naturaleza que nos rodea.

El caso es que debía cuidar a una pequeña de tan sólo cinco años menos que yo. Me preocupaba que fuera tan viva para su tierna edad; preguntaba mucho y siempre tenía los ojos abiertos a lo que la rodeaba. Le gustaba jugar fuera de la casa, en el jardín que formaba parte de un trecho del bosque. Era un lugar ideal para que ella y su perro vagaran, patalearan y brincaran si problema alguno. Sus padres eran personas de trabajo y en las mañanas se apartaban de la niña, incluso los fines de semana, días que me tocaba cuidar de ella.

Luego de algunos meses en el trabajo, se convirtió en una hermana para mí. No era como yo, más reservada, tímida y, aunque me gustaba aprender, mi amor no era tanto como el de la niña que preguntaba cualquier cosa que desconociera. Para mi desgracia, pocas veces tenía las respuestas que la complacían. Se podría decir que me regaló, mientras estuve con ella, algo de su espíritu aventurero y sus ganas de jugar y conocer.

Un fin de semana ella me recibió, expectante. Su padre le había hecho un pequeño regalo. En el jardín le colocó un columpio. Había dos enormes y gruesos árboles muy juntos que tenían ramas cortas pero tan firmes que de cada una amarró la cuerda del columpio. La base era una tabla de madera.

La pequeña me esperó para estrenarlo juntas. Yo dejé mis cosas en su casa con premura y me dirigí al jardín con ella y su perro. La pequeña destilaba una felicidad acaramelada, inocente, que me contagiaba. No me di cuenta de que poco a poco amaba estar con ella, mi pequeña hermana, mi amiga.

Era tan sencilla que un simple columpio provocaba sensaciones en ella que, en la actualidad, los adultos buscamos en cosas tan trilladas a las que les damos suma importancia, como un férreo amor, objetos de valor o cosas que no podemos conseguir.
—Ven. Ven. El columpio nos espera. Columpi-pilo, colupi-o —canturreaba con alegría, y su perro, a su lado, parecía bailar las sonatas que componía su ama.

Le seguí la tonada, silbando, ella a coro. El cielo, como dentro de todos esos días, estuvo claro, con un despampanante sol.

La niña se montó en el columpio y yo me limité a empujarla con cuidado. Así duramos un buen rato, y cuando bajó me miró a los ojos. Noté en su rostro algo extraño, estaba como pensativa.

—¿Es bello el amor? —me preguntó mientras se giraba para examinar los árboles que sostenían su columpio.
—Depende —le dije con curiosidad, no estaba segura a qué se debía tan extraña pregunta para una niña.
—¿De qué?
—Pues de qué tipo de amor. A veces no es bonito por muchas razones.
—Me gustaría saber si es bueno o malo el que ellos tuvieron.
—¿Quiénes?
—Los árboles. Estaban enamorados.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, curiosa, mirando sin darme cuenta el par de árboles.
—Me lo mostraron —dijo con simpleza y dejó de observarlos para dedicarme una sonrisa despampanante y llena de inocencia.

Ese día no tocó más el tema. Jugamos con el perro en el lindero del bosque, fuimos por algunas compras y la dejé por la tarde.

Al día siguiente la volví a ver.

La noté más taciturna, encerrada en sus pensamientos. Me daba miedo que estuviera enferma, pero no presentaba algún síntoma de tal cosa. Al terminar de comer, me pidió que fuéramos al columpio. Escuchar su melodioso canto me alivió un poco de mi preocupación y, contenta, la acompañé al enorme jardín donde su perro nos aguardaba.

Subió y, tal como sucedió el día anterior, al bajar estaba seria como pocas veces la había visto. Esperé y su extraño comentario no se hizo esperar.

—El amor es raro —me dijo—. Se amaban, pero no se pertenecían. Odiaban a todo mundo por ello. Siento su dolor y su frustración.
—¿Qué cosas dices? —le pregunté, colocando instintivamente mi mano en su frente pero no encontré lo que buscaba: muestras de calentura.
—Me refiero a los árboles, aunque creo que antes fueron personas. Hombre y mujer. Se amaban, pero no se podían tener. Eso los llenó de amargura, enojo. Lo sentí, lo vi.
—Cariño, no sé a qué te puedas referir, son sólo árboles, te lo aseguro.
—Árboles. Sí, eso creo —dijo por responder algo, sin embargo siguió reflexiva.

Murmurando para sí, se dirigió a la casa sin invitarme a seguirla. Yo me limité a apreciar su andar, parecía una marioneta caminando en línea recta movida por una especie de pesimismo que yo no comprendía.

Miré los árboles, como cuestionándoles. Me sentí algo tonta; claramente un par de árboles no eran culpables de causar en la niña esos sentimientos encontrados. Me dirigí a la casa y la hallé sentada, leyendo una novela infantil inofensiva. Yo limpié algunas cosas antes de marcharme.

Esa fue la primera vez que, al irme, no se despidió.

Cada uno de los días de la semana siguiente me pregunté si estaba bien. Algo la había cambiado de un rato para otro, cualquiera que la conociese se hubiera dado cuenta, incluso sus padres. Yo no era más que la niñera, no debía interferir en su familia más que para trabajar. Como fuere, quería a la chiquilla y estaba preocupada por ella. La semana transcurrió lenta, entre mis estudios en la escuela del pueblo, ayudar a mis padres, y la fastidiosa angustia.

El sábado que regresé, su padre me interceptó antes de que pudiera siquiera entrar a la casa. Estaba alterado, y al ver su rostro supe varias cosas; una era que la pequeña había empeorado, la segunda era que yo era una sospechosa de ese cambio. El hombre no estaba para nada contento.

—¿Qué le ha pasado? —quiso saber—. Mi niña no es así, desde el pasado fin de semana ella es más… reservada. Es como si su fuego interno se hubiera apagado, ¿me entiendes lo que digo?

Yo, espantada, le traté de explicar todo lo que había sucedido. Todo lo que comprendía.

—Mira, en la semana que viene, si no mejora, llamaremos al doctor. Se me hace tarde para ir al trabajo. Mi mujer ya tiene rato que salió. Lo único que te pido es que no alteres su ya frágil estado. No sé qué cosas le cuentes o digas, pero ha creado de la nada una historia absurda sobre los árboles del jardín, por ello le impedí salir. Así que quédense en la casa o vayan a algún otro lado. El jardín está prohibido.

Dijo y se marchó con su maletín de compañero. Yo me quedé de piedra, me sentía algo traicionada por los padres de la niña. Lo único que procuraba en mi estancia en su casa era hacer el mejor papel de niñera que pudiera, y ahora me culpaban por el cambio repentino de la pequeña. Eso me dolía.

Más me dolió verla en ese estado. Estaba pálida, con ojeras pronunciadas bajo sus ojos de miel, clara señal de que no salía al sol ni había podido dormir.

—Hola —le dije, examinándola con una mirada amable, sin decaer y sin alterarme por lo que observaba.
—Ellos… Los amantes. Amantes, ¿sabes lo que eso significa?
—Sí, pero eres muy pequeña para encontrarle sentido a la palabra, yo…
—Eran amantes. No sólo eso. Se escaparon juntos, estaban furiosos con el mundo que los rodeaba. Siento lo que sintieron en el pasado. Sus cuerpos desnudos juntos. Siento lo que hicieron —se tocó su entrepierna—. Y sus besos. —Acarició sus labios de una forma sensual, atrevida, y sonrió—. ¿Sabes que le hicieron a sus respectivas parejas?
—¿De quién me hablas? ¿De los árboles? —No comprendía de dónde había sacado esas historias, pero me estaban poniendo nerviosa.
—No eran árboles antes. Sino amantes. Pues bien. Ella envenenó a su otro esposo y él acuchilló a la que fue su mujer. Sentí su gozo al hacerlo. Se desprendían de algo innecesario para iniciar una nueva vida. Y no tardaron en explorar esta nueva vida llena de excesos, sexo, dinero, drogas, alcohol y sangre. Sentí todo al columpiarme; cada éxtasis, cada alegría, euforia, orgasmo. Sentí lo que llegaron a sentir con su nueva vida. Amaban asesinar a cualquiera que se interpusieran ante ellos. Tenían relaciones donde les caía la noche. Robaban con maestría y se divertían sin parar. Eran la pareja perfecta.

Me miró a los ojos y vi una especie de locura que me atormentó. Sin darme cuenta, había retrocedido algunos pasos de la niña. Ella se alzó y me mostró algo que cargaba en sus pequeña mano derecha, un cuchillo de cocina.

—Papá no me deja columpiarme más; ya no puedo sentir lo que ellos sienten. Me gustaba sentirlo. ¿Amor? No lo sé. Como has dicho, el amor no siempre debe ser bueno.

Yo había quedado paralizada, pero reaccioné cuando a la punta del cuchillo el sol le sacó un fulgor que me advertía lo que podía llegar a suceder si me quedaba como boba, esperando a que nada sucediese.

En ese momento no supe que le sucedía a la pequeña, estaba actuando como una loca. Salí de mi estado anonadado y me hice a un lado justo cuando se me arrojó. Sonreía y cantaba su tonada con profundo cariño. Nunca olvidaré esa melodía:

Vamos al columpi-pilo, vamos al columpi-o, entre dos amantes yo quiero estar, ellos me muestran ya. Columpiándome quiero estar. colu-pilo, vamos al columpi-o. De su gozo me quiero alimentar.

No paraba de cantar mientras buscaba herirme. Por suerte yo le sacaba tamaño y fuerza y pronto me las ingenié para huir de ella. La única dirección a la que pude escapar fue, justamente, el jardín. Ella me siguió con un paso firme, cuchillo en mano. Seguía sin creerme lo que sucedía. No quería defenderme hiriéndola. Se me hacía, en ese momento, algo exagerado llamar a los vecinos por ayuda. Lo único que necesitaba era devolver a la niña a su estado natural, si eso era posible.

La chiquilla era bastante ágil. Me perseguía entre los árboles. Tuve más de una oportunidad de escapar y dejarla allí. No presentaba una verdadera amenaza. Y hubo un momento en el que me cansé de sus oscuros juegos y le planté cara, cuidándome de su arma. La agarré por su delgado brazo, y con fuerza le quité el cuchillo.

—Yo sólo quería sentirlo de nuevo, el gozo de acabar con una vida —me explicó como deseando que yo notara la lógica en sus actos.
—Esto no es un juego. Me puedes herir, o a ti misma.
—Eso deseo. Ver sangre. Quiero sentir lo que ellos llegaron a sentir —miró a los dos árboles.

Se desembarazó de mí y se dirigió con premura hasta el columpio. Se trepó y comenzó a columpiarse y a cantar su melodía a todo pulmón, ahora con locura en lugar de dulzura.

Yo me quedé absorta, viéndola. La niña reía, como al inicio, pero sucedieron otras reacciones que adiviné por los sonidos que emitía y las muecas que dejaba ver. Gozaba, se excitaba, se enojaba, bramaba. Era como si estuviera drogada, o en la peor de las instancias, posesa.

Tuve un grato momento de lucidez. El columpio provocaba esa reacción en ella, no me cabía la menor duda. Me acerqué sin que se diera cuenta. La pequeña estaba dentro de su mundo, sintiendo una vida —o un par de ellas— que no le pertenecían. Con el cuchillo que ella misma había alzado en pos de causarme daño, corté rápidamente una de las cuerdas sin reparar en que podía caer y hacerse daño, y así fue.

La pequeña cayó al suelo, golpeándose la cabeza. Quedó inmóvil y me entró un gran terror, temía haberla lastimado. Estaba inconsciente. Con mis pocas fuerzas la cargué hasta su habitación. Su corazón latía; respiraba pausadamente. No conocía algún médico ni nada por el estilo, así que me limité a buscar algunas medicinas o hiervas que tuviera la familia, sin demasiado éxito. No podía más que lavar sus golpes manchados de sangre y estar al pendiente de su estado hasta el regreso de sus padres.

Más tarde, y para mi gusto, despertó. Estaba desorbitada y dolorida. No recordaba demasiado de sus episodios de locura. Cortar la cuerda, aparentemente, había servido para que ambas almas salieran de la pequeña. Se recuperó poco a poco, y su más grande dolor fue la pérdida de su perro, al cual, supuse, le había deparado un destino nada agradable, el mismo que había querido la niña para mí.

lunes, 12 de junio de 2017

Reseña de "Tres" - Ted Dekker







Hola seres que comparten este multiverso con su servidor. Hoy traigo a ustedes la opinión, lo que me pareció en lo personal, el libro de Tr3s de Ted Dekker.

Antes de comenzar a explayarme sobre lo que sí y no me gustó de este libro, tengo que decirles que no es una reseña propiamente dicha. Es muy difícil hablar de la magnitud de este libro sin soltar SPOILERS, así que lo advierto, los habrá. Si no has leído este libro y te interesa, mejor léelo y vuelve más tarde para que verifiques si coincidimos en algunos puntos sobre la opinión. Esto lo hago porque, como te darás cuenta (o te has dado) no es un libro de suspenso o thriller común, tiene muy claras varias enseñanzas, muchas del ámbito religioso (no se asusten, si son como yo de antirreligiosos, les prometo que estas pinceladas son bastante tolerables y nos pueden servir), y es en sí una metáfora gigante sobre el mal que habita en nosotros, y cómo el bien debe vencerlo.

Haber, si ya leyeron el libro, o si no (si se quedaron para saber más a pesar de mi advertencia de spoilers), recordemos un poco sobre qué va. Kevin es un hombre de 28 años, un sujeto carismático e inocente que no tiene amigos. Ama aprender, y quiere continuar sus estudios en el Seminario, donde tiene especial interés en el tema del bien y el mal. A pesar de que su infancia fue extraña y de cierta manera ardua, dolorosa; perdió a sus padres y vivió con sus tíos y primo retrasado por 22 años hasta que no aguantó ese sitio y decidió conocer el mundo por sí solo, y le iba bastante bien hasta que…

Es aquí donde nuestro antagonista Slater entra en acción. Primero, el ruin sujeto le hace una llamada para decirle que está a punto de explotar su auto, y lo cumple aunque Kevin se salva. Este tipo misterioso lo único que quiere es una confesión de Kevin, que la haga pública y de este modo parará con sus ruines actos. De esta manera trae en vilo al pobre hombre, haciéndole llegar por teléfono varias adivinanzas, todas tienen que ver con opuestos. Kevin no está solo, su amiga de la infancia, Samantha quien ahora es policía le ayuda a recordar su pasado en busca de ese gran pecado que cometió. También una oficial llamada Jeniffer se pone manos a la obra en su caso, teniéndole gran cariño porque le recuerda a su hermano asesinado por el que creen es el mismo asesino, el llamado Asesino de las Adivinanzas.



COMIENZAN LOS SPOILERS:

Bien, al inicio, con la aparición de Slater y las adivinanzas, para mí “Tr3s” no era otra cosa más que una novela más de misterio que busca ser atractiva, recordándonos obras de otros autores de este género. Pero si eres escritor tienes que saber que realizar una novela de este género no es cosa sencilla, tienes que devanarte los sesos para crear una obra que enganche desde el inicio, tenga al lector comiéndose las uñas y quebrándose la cabeza con los misterios que tampoco deben ser exagerados y saturados. Es muy difícil que una novela de este género sea adictiva, emocionante, suculenta en todos los ángulos, y “tr3es” comenzó y siguió como una novela sin más, sin nada nuevo que aportar, aunque no hay bastante lapsos de relleno, parece ser que no iba a ser otra cosa que una novela más de este género y hasta ese punto estaba decepcionado.

No es hasta que Samantha da la idea a Kevin de que tal vez Slater sea una creación de su mente, un alter ego; ahí es cuando lo interesante de verdad comienza. Ted Dakker juega con nosotros como sólo los maestros de este género saben hacer. Nos mete dudas, y, como dije, a su paso nos mete enseñanzas sobre lo que el bien y el mal es. Trabaja bien estos puntos. Aunque al continuar con la lectura puedes creer, de nuevo, que es una simple novela, es hasta el final cuando las dudas pueden comer al lector. ¿Es Slater en realidad Kevin? Esa duda, en lo personal, me mantuvo interesado hasta terminar la novela.

Bueno, sí, todo se resuelve al final. Nos damos cuenta de que la dañada forma de vivir de Kevin, junto con los sucesos de su infancia, le orillaron a crear dos personalidades más, una maligna y otra benigna que le ayudaba y acompañaba de la mano, algo así como un ángel. Aquí es cuando nos damos cuenta de que Ted toma la idea del ángel y el diablo sobre nuestros hombros y les da cuerpo, cambia el concepto y entrega una buena novela de misterio.

Ese es el fin de esta novela, darnos cuenta de que el mal en nosotros siempre ha estado y estará latente, por más inocentes que seamos. Ted ha empleado una enorme y bella metáfora para abrirnos los ojos en este aspecto. No tenemos que dejar que el mal dentro de nosotros fluya y nos destruya, y siempre tenemos que tener una parte consiente de nuestros hechos, nos tenemos que cuestionar sobre si nuestros actos serán buenos o malos. Es una novela que al terminarla te deja pensando y satisfecho, si bien no es la gran novela negra, y puede parecer lente, predecible, con los clásicos clichés de este género (el asesino, el atormentado, la policía que lo quiere) da una vuelta de tuerca en las últimas páginas que hacen que todo haya valido la pena.

Calificación personal:



lunes, 5 de junio de 2017

V. Mi amigo el árbol - Serie HH


Relato en vídeo (narrado):




No puedo mostrar mi rostro a la ligera, porque es de verdad horroroso y está de más en nuestra corta vida obligar a nuestros ojos apreciar un arte del grotesco como ese. Antaño, sin embargo, estaba sustituido por una belleza sin parangón, de rasgos duros, varoniles, perfectos y hermosos. Cuando joven, era de los más atractivos de estos lares, sino es que el más. Por ello mujeres no me faltaban y mujeres era lo que deseaba más que nada, incluso más que aprender o trabajar sobre y para la vida. 

Un día yo y una de mis tantas acompañantes buscábamos algo de entera tranquilidad y privacidad, situación difícil de encontrar en el pueblo, y mucho menos en casa de mis padres. Lo único que se me ocurrió fue buscar un apartado en el inmenso bosque que ofrece rincones perfectos para pasar gratos momentos sin ser irrumpidos más que por el trino de aves y el cuchicheo apacible de otros animales. No sufrí en convencerla, ella lo que deseaba era tenerme a solas; el más grande trofeo para cualquier mujer. 

Tardamos un poco en encontrar un lugar perfecto y agradable, además de suficientemente lindo para la ocasión. Era un claro en mitad del bosque, un espacio amplio recubierto de corto pasto color esmeralda ceñido de achaparrados árboles desnudos que a su vez los rodeaban cientos de flores de distintos colores y variopintos aromas. Sólo había un raro árbol en medio del claro; no muy grande, parecía tener una forma humana, dos raíces la hacían de piernas y dos ramas de brazos, además de una cabeza de mata verde. Era como si estuviera en cuclillas y tratando de apachurrar algo con fuerza, con todo el cuerpo de madera maciza. Era un asiento perfecto. Sobre él nos pusimos cómodos mi compañera y yo. Allí platicamos, nos conocimos y, como era de esperarse, terminamos en un huracán de cariños y besos.

Amigo, el lugar era perfecto para relacionarse con una dama. La belleza del sitio, el cielo azul que se colaba entre las copas de los árboles, el olor fresco, las mariposas… Cualquiera que hubiera encontrado un rincón así quedaría fascinado al instante aunque si hubiera llevado una buena compañía como la mía todo el esplendor se relegaba a segundo plano. 

Me gustó tanto el pequeño y escondido claro que no tardé en llevar a otra acompañante, luego otra. Amaba el lugar. El pequeño árbol era el único que conocía cuánto hacía allí. Mi cómplice. Desde la primera vez que me senté sobre su regazo sentí como si me observara. Comento, parecía una persona y quizá mi imaginación quería jugar sucio. Como sea, era mi amigo; no le contaba mis secretos amorosos, lo incluía en ellos. 

La última vez que me interné en el claro, esperando que fuera otro día igual a los pasados, había citado a mi novia en turno a la hora del crepúsculo. Por problemas con mi antigua relación, llegué un poco tarde, el páramo ya estaba cubierto de total oscuridad la cual solo era atenuada con mi lámpara de aceite; la luna no podía competir contra las densas copas de los árboles. Al llegar, el claro estaba iluminado y me fue fácil ver a dos personas. Mi novia estaba abrazada de un tipo que en un inicio no distinguí. Busqué un ángulo desde donde podía ver la cara del desgraciado mientras me ocultaba con maestría, cuan gato asechando a su presa. 

Hubieras visto mi cara de sorpresa al descubrir quién bañaba de besos y caricias a mi novia. No era otro más que yo mismo. Otra cosa no cuadraba en la escena, justo donde estaba mi otro yo debería de haberse encontrado un árbol achaparrado, mi amigo el árbol. 

Algo fuera de lo común sucedía. Salí de las sombras para averiguarlo, pero me quedé paralizado por completo al ver cómo delgadas ramas color piel se le incrustaban en el cuerpo a la bella mujer. Los gritos que profirió aún se escuchan en lo profundo del bosque. Con seguridad sufrió uno de los más horrendos dolores que alguien pudiera sentir. Mi otro yo comenzaba a recuperar la forma de un árbol, sin embargo el rostro no desapareció en lo alto del tronco.

Traté de reaccionar, mover una pierna y huir del claro. No quería ver cómo el árbol asesinaba a mi novia. Pero vi todo; le clavó varias de sus ramas y luego la elevó hasta su follaje donde ella desapareció entre un montón de hojas que se bañaban paulatinamente con su sangre roja, como si fueran meras navajas rematándola.

Era difícil descongelarme. Su rostro, mi rostro, se volvió a mí cuando terminó de engullir la presa, y habló con una voz rara, propia de un monstruo; fría y no muy clara, como si se ahogara. Me dijo que si no le daba mi escultural rostro, con el cual podría atraer a miles de víctimas más por el resto de la eternidad, me comería en ese instante. El terror me invadió, por ello accedí. Me acerqué a él temblando y sólo recuerdo que sus ramas se acercaron sin perder tiempo, y con algo de clara emoción, a mi rostro. Luego nada, me desmayé y desperté con un nuevo rostro. Lo odio, ¿sabes? Es tan horrible que todos me temían y temen, a ello se debe que lo oculte con este burdo vendaje. Por ello no salgo del bosque, aquí nadie aprecia esta obra creada por un ser que aún no termino de comprender. 




lunes, 22 de mayo de 2017

IV. Camino - Relato de terror (Serie HH)


Relato en vídeo (narrado):






La razón de por qué escribo esto es simplemente para darme cuenta, con palabras, de todo lo que ha acontecido en mi vida en estos últimos días. No es una carta de despedida, ni mucho menos. Todo transcurre con una lentitud agónica. Sé que mi fin está cerca pero no llega y es lo que más me entristece. He sentido dolor todos estos días, miedo, terror… lo he sentido a él.
Antes de esta maldición yo era un niño como cualquiera, ahora siento que todas estas penurias me hicieron convertirme en un hombre atormentado, seguido de cerca por un fiel representante del dolor.
La locura que hoy me embiste parece más bien una pesadilla imposible. Nunca fui paranoico y me imaginación tenía las limitantes de cualquier niño. ¿Pero qué pasó? Recuerdo bien el inicio de mi tormento y, por más que lo analizo, me doy cuenta que sí, que fue culpa de ese camino cruzado. Jamás antes lo había visto, no estaba  consiente siquiera que esa parte del pueblo existía, una de verdad oculta, pero entre una y otra cosa terminé ahí.
Jugaba con un amigo a las escondidas; adentrarse al bosque es algo peligroso para niños como nosotros pero en ese momento lo único que yo deseaba era no ser encontrado, o ser el descubridor del mejor sitio para esconderse. Tampoco era que hubiera perdido totalmente la racionalidad, mi idea original era esconderme en el lindero de un brazo del bosque que se metía hasta donde jugábamos. No había demasiado peligro de perderme.
Caminé entre árboles mientras mi amigo contaba con los ojos cerrados. Pero, sin darme cuenta, di con el camino. En realidad eran dos caminos que se cruzaban perfectamente, rectos ambos y en diagonal. Donde se tocaban había una especie de monumento de mármol del que sobresalía un enorme árbol que daba sombra a la mayoría de estos caminos empedrados. Nunca antes había visto ese sitio y a primera vista el árbol se me hizo desconocido: era distinto a cualquiera del bosque, no muy alto pero sus ramas se alargaban y su tronco era tan grueso como el que más.
Suponiendo que en realidad esa parte del pueblo no tenía nada de diferente ni de magnifica, comencé a andar por uno de los caminos, eso sí, despacio; al final de éste se abría una oscuridad casi imposible y me dio miedo, pero tampoco me detuve. Me asusté cuando distinguí que por el camino adyacente, no muy lejos, otra persona se acercaba a mi paso. Era un efecto extraño, casi como el de un espejo. Caminábamos con incertidumbre aunque le dediqué una sonrisa amistosa, parecía como de mi edad y, por más que se acercaba busqué paralizarme: era yo. No me detuve a cerciorarme qué tipo de efecto era aquél, uno fantástico. Era igual a mí, pero estaba casi desnudo, lo tapaba un simple taparrabos, y su piel —mi piel— estaba llena de heridas de donde manaba sangre, tenía partes cercenadas y le faltaba un ojo. Me aterré al descubrir el horrible cuerpo y me dediqué a correr sin voltear atrás, el pánico me inflamaba el racionamiento.
La oscuridad era producto de altos árboles que se encorvaban hasta formal un dosel que impedía la entrada de la luz natural del sol. No miré el camino bajo mis pies pero continuaba, sentía su limpio empedrado. Cuando el miedo pudo más que mis ganas de seguir en esa dirección, no encontré más remedio que virar y andar hasta donde mi amigo, seguro, ya me estaba buscando. Cuando me di vuelta, topé con una barrera de árboles similar a la que iniciaba en el punto donde estábamos jugando. La atravesé, curioso, dejando atrás la lobreguez antinatural. Creí que me había desviado del camino principal mientras andaba a tientas en las tinieblas. Sea como fuere no me topé más con el camino cruzado ni con el niño parecido a mí.
Seguí jugando y olvidé el camino, lo relegué paulatinamente a una especie de sueño, de algo que carecía de la suficiente importancia como para dejarlo instalado en mi pensamiento, dejarlo que me perturbara. Era un niño, no podía meditar o saber que aquello que me ocurrió era extraño hasta cierto punto. Pero fue sólo la mecha que incendió todo lo que me ocurrió más tarde.
Me gustaba jugar libremente fuera de mi hogar. Me desagradaba estar encerrado; amaba el aire que le robaba al bosque con cada respiración, el cielo azul y puro lleno de nubes, los olores de las chimeneas, los lejanos cánticos de las voces de la gente al pasear por ahí, los animales que eran tan libres como yo.
Corría rumbo a mi casa, la hora de comer se había llegado. No me di cuenta de que me adentraba a una oscuridad extraña, que nacía de ningún lado: allí no había árboles y el sol seguía brillando. Me quedé paralizado cuando distinguí a una persona alta ataviada de blanco frente de mí, cargaba con un látigo. Me dedicó una sonrisa llena de dientes amarillentos y fue cuando me di cuenta de que era un hombre feísimo con una mirada llena de locura, cicatrices por la piel que se le alcanzaba a ver. Alzó el látigo y me lo arrojó. Cerré los ojos, espantado, me había quedado paralizado y esperé el golpe sin más.
Al abrir los ojos me percaté de que seguía en el camino a mi casa. Imaginé toda la escena. Nada había sido real. Era como estar inmerso en una pesadilla, despierto. Ante aquello no supe cómo reaccionar. Seguía petrificado, con el corazón trabajando a toda máquina y mi respiración agitada. Miré en todas direcciones esperando encontrarme al tipejo del látigo, lo único que vi fue a un señor mayor paseando a su perro, una lejana carreta jalada por caballos, y una joven que acababa de salir de su casa. Yo seguía parado, congelado, con cara de espanto. Cuando me percaté de que con seguridad esa posición era ridícula incluso para un niño, seguí andando despacio, precavido, observando como maniaco a todas direcciones.
Los dolores que sentí llegaron de repente. El látigo, a fin de cuentas, me había acertado en la barriga y en la espalda. Caí al suelo lleno de dolor, sofocado. Nunca antes había sentido algo tan horrible. Esperé ver, tras de mí, al hombre de blanco y por una fracción de tiempo lo vi, sonriendo, con el látigo bien sujeto. Lo alzó y me cubrí, preparado. Otro latigazo que acertó en mi espalda. Grité de dolor y un vecino me pudo ver. El amable hombre, preocupado, corrió hasta donde yo estaba y me levantó.
—¿Qué te pasa, niño? —me preguntó, asustado.
El dolor gobernaba mi cuerpo. Las palabras no salían, se escondían. Sentía fuego en mi espalda, y temía al hombre del látigo. Deseé advertirle al afable vecino sobre ese personaje, no pude. El tipo me levantó y me llevó cargando hasta mi casa. Mi padre lo recibió y al verme se alteró. Ambos me llevaron a la cama y ahí me dejaron. Debido al dolor y a todas las extrañas escenas que había vivido caí inconsciente.
Al despertar me dolía todo el cuerpo y ninguna extremidad respondía mis órdenes. Estaba amarrado con cadenas a una mesa de madera. El hombre de blanco me miraba y sonreía, extasiado. Giraba una enorme palanca para así estirarme piernas y brazos. Sentía que en cualquier segundo se iban a desencajar del hueso. Grité de dolor mientras el feo tipo se reía y dejaba caer baba asquerosa.
—¿Qué te pasa, hijo? —me dijo mi papá.
De repente estaba de nueva cuenta en mi habitación y mi padre había sustituido al hombre de blanco, lo cual me regaló un instante de relativa paz. Al fin pude liberar brazos y piernas de las cadenas. Me podía mover, pero eso no significaba que el dolor se hubiera marchado.
—Me duele. El hombre de blanco lo hizo.
Me tocó la cabeza y negó. No tenía fiebre ni nada parecido. Me revisó el cuerpo, pero todo estaba en orden, sin embargo el dolor de los latigazos así como el de las cadenas sobre mis extremidades seguía latente, punzando.
—Más tarde llegará el doctor, hijo, quiero que te revise. No parece que tengas algo anormal, ni una enfermedad, pero tu padre sabe muy poco de estas cosas. Por el momento descansa.
Cuando estuve a punto de gritarle que no me abandonara, algo me cerró la boca y volví a estar atado. Mi padre salió de mi habitación al tiempo que regresé a la oscuridad. El hombre horrible me miraba de cerca y me tapaba la boca.
—Los hombres no gritan —me dijo con una voz amarga que, aunque llena de baba, era seca.
No podía moverme, las cadenas me seguían atando a las esquinas de la enorme mesa de tortura. El sujeto cargaba un recipiente, del cual salía humo. Dejaba caer su contenido, gota a gota, sobre mi estómago. Sentía cada perlita de ese líquido como si me pegara un carbón. No podía gritar, su mano me presionaba la boca, sentía su sabor asqueroso, a podredumbre.
De repente, lleno de dolencia y miedo, me di cuenta de que seguía en mi habitación. Sudaba y, ya que me podía mover, presioné mi estómago y busqué las marcas de fuego pero sólo me topé con un dolor invisible. Las visiones eran tan reales como lo que podía sentir. Me estaba desesperando, quería que se detuvieran, no iba a aguantar por mucho tiempo la incesante friega del hombre de blanco, ni verlo en una realidad superpuesta a la mía.
Me quedé atolondrado sobre mi cama, agitado y sudando a chorros. Pensé en la razón de esas raras visiones y sólo acudió a mi mente el camino cruzado. Era un niño pero comprendía que toparme con esa zona que jamás antes había descubierto podía ser algo tan anormal como las visiones en sí. Y me había visto, sí, como en un espejo vi un doble mío lleno de marcas y heridas; tenía sólo un calzón cubriendo mis partes íntimas, pero todo el resto de la piel presentaba heridas de diversas índoles, como si ya hubiera pasado por todo lo que pasaba en el agónico presente.
De rato, entró mi papá acompañado del médico. Me quedé paralizado al ver la figura en blanco de un hombre alto que tenía tapada la boca. Sus ojillos de rata me miraron detenidamente y me corazón se atenazó de cobardía.
—Es mejor que nos deje a solas un momento, lo llamo luego de que haga una revisión completa —le dijo a mi padre.
—Muy bien doctor, ya regreso.
Salió dejándome inmune ante el hombre de blanco el cual cargaba un maletín viejo y desvaído.
—La realidad es complicada —me dijo mientras colocaba el maletín sobre mi estómago y lo abría con sumo cuidado—. No sabes en lo que te metiste, niño. Por desgracia ya no podrás salir a menos que sobrevivas a los dolores por un año.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté, espantado.
—Yo no te hago nada. Lo que sucede es complicado de explicar, no lo entenderías.
Sacó un frasco oscuro, lo destapó y al instante un hedor invadió la habitación. No estoy muy seguro a qué olía aquello pero me fue atontando y me dejé llevar por el sopor.
Cuando desperté el doctor ya no estaba. Por un buen rato creí que todo lo que me había sucedió hasta el momento pertenecía sólo al mundo de los sueños y no a una horripilante realidad llena de dolor. Me quedé cómodo, respirando algo de libertad y estuve a punto de levantarme y salir a jugar cuando volví a ver a ese ser alto, el doctor, riéndose a lo lejos, cargaba con una jaula ocupada por un ave negra similar a un cuervo pero más grande y fea. La liberó y el animal voló en mi dirección con su pico en alto, listo para a tacar, y lo hizo. Su pico era tan afilado como la punta de una flecha, y disfrutaba encajándomelo. Una y otra vez. Por todas partes. En mi carne más sensible, en las partes duras de mi cabeza, en los ojos. La sangre salía a chorros, yo gritaba atiborrado de dolor. Me desesperaba estar consiente, mientras me atacaba, de que iba a morir.
Me dejé caer al suelo, me arrastré tratando de apartar al pajarraco con mis manos, desesperado, sin conseguirlo. Así, sufriendo como estaba, sentí como la realidad volvía a mí. El dolor no se marchaba del todo y el miedo no lo hacía. La habitación estaba sola, y me animé a levantarme y comprender que esas visiones iban a continuar hiriéndome, aunque sólo fueran eso: mentiras que engañaban mi mente para que me causara dolores como jamás había sentido.
Estaba dentro de una prisión mental y no sabía cómo liberarme. De la nada llegó a mis pensamientos la imagen de ese doctor que me atendió el cual, si no era el mismo que me causaba el dolor, algún protagonismo en los hechos tenía. Salí llamando a mis padres, pero no los encontré. Salí a las calles del pueblo y no había una sola alma.
—No hay escapatoria —me dijo el sujeto desde lejos, venía hacia mí con su látigo—. Nadie escapa del dolor. De la tortura. De la miseria. Seas un niño, un viejo o un hombre de gran fortaleza. Llegaste a mi mundo, y mi mundo no es verdad, al igual que el tuyo.
Decía con frialdad. No era un monstruo, de eso yo estaba consiente, pero generaba en mí un pánico superior a cualquier ser sobrenatural que hubiera existido fuera o dentro de mi mente. Alzó el látigo y traté de correr, una barrera de piedras y ramas me lo impidió, estaba atrapado. Sentí sus latigazos lamer mi piel, era un dolor horrible al cual tardé en acostumbrarme. En realidad, ¿quién se acostumbra a aquello? Yo lo hice, al final para mí el dolor era cotidiano como para ti lo es comer.
Estaba atrapado y por más que busqué huir del sitio gobernado por el hombre de blanco, jamás pude. No vale la pena relatar todo el año completo que pasé a la merced de torturas inenarrables. Al tipo se le ocurrían diversas y variadas, a veces bastantes imaginativas, formas de causarme dolor en todas y cada una de las partes de mi tierno cuerpo. Utilizaba fuego, agua, me enterraba vivo; me subía a lo alto, me quitaba mis intestinos con suma delicadeza para ponérmelos posteriormente lo cual era igual de doloroso. Y luego, desaparecía y me dejaba solo completamente, buscaba a mis padres, buscaba comida, una solución a mi desorden mental, porque eso debería de ser ya que, por más heridas, mutilaciones y dolores que el tipo me causaba, no se formaba en mi cuerpo ninguna señal de daño. Los mejores momentos eran cuando me desmayaba, de esa manera no sentía. Y en más de una ocasión creí que mi muerte estaba cerca o que, en definitiva, estaba muerto, pero, por desgracia, no era así.
Fue un tiempo horrible que ahora parece mentira. Pero sigo viéndolo, en sueños o como realidad. Por eso relato esto, para que sepan porqué he de morir. No es un suicidio como tal, necesito desprenderme de este mundo y sólo así me desprenderé del suyo por completo porque, a pesar de que escapé, no lo hice del todo y poco a poco vuelvo a sus garras.
Me llama.
Volviendo a la historia, descubrí el camino cruzado buscando sin detenerme, como un loco, hasta que pasado un año de mi ingreso a la locura, di con él. Sin perder tiempo, caminé por uno de sus cruces y logré ver como mi otro yo, pulcro, feliz, animado, un niño que acababa de jugar con su mejor amigo, venía del otro lado y cruzaba el camino, apenas y me dedicó una mirada, siguió caminando a las profundidades oscuras del bosque donde se encontraría con la representación del dolor.
De esa manera volví a mi mundo, a mi realidad, traumatizado, con pesadillas, aún con visiones pero menos recurrentes y, antes de que se llegue el año y el camino me reclame, debo partir y terminar con esta maldición. 

martes, 16 de mayo de 2017

Reseña de "El dios asesinado en el servicio de caballeros" - Sergio S. Morán


de Sergio S. Morán


Hola gente de este multiverso, amantes de la buena literatura y de la fantasía. Hoy les entregaré mi humilde opinión sobre “El Dios asesinado en el servicio de caballeros”. Sí, un título que a muchos engancha, a otros gusta pero que a mí me parece excesivamente largo y nada fácil de recordar. El creador de este multiverso fantástico fue Sergio S. Morán, español, creador de webcomics embebidos con gran humor, según he leído. Por ello no era de esperar que esta novela, publicada por el afamado sello Fantascy fuera de humor y fantasía, con bellos toques de novela negra. Así que sin más preámbulo, comencemos con esto. 

Llegué a este libro por un montón de buenas reseñas que lo señalaban como un libro fresco, divertido, entretenido, con un personaje carismático en él. Una historia en donde las mitologías (todas ellas) convivían dentro de nuestro mundo. Y en efecto, encontré todo lo que se prometía en esta historia.

Nos narra la historia de la detective Verónica Guerra, mejor conocida en el bajo mundo de los mitos como la detective Parabellum. Una mujer que se encarga de diversos casos que atañen a mitos y leyendas, los cuales, oh sí, viven en nuestro mundo. Para ser más claro el autor nos dice que entre nosotros podemos encontrar a cual criatura, ser o dios de cualquier mitología, haciendo su mayor presencia la griega y la nórdica. Sin olvidar mitos como los vampiros o momias. Digamos que A esta mujer recurren todos esos seres cuando necesitan ayuda profesional de una detective.

La historia arranca de una forma que califico como creada para enganchar. Tenemos a esta mujer con la mente entumecida, no recuerda varias cosas mientras está en su coche. En su brazo puede leer que tiene, en la cajuela, a un dios muerto. No sabe cómo llegó el cadáver ahí, no sabe cómo es que un dios murió, e investigará a que se debe todo eso, incluida su pérdida de memoria. El caso que le da el título al libro, el cual no mencionaré por motivos de salud, no es el más importante sino que él se desprende gran parte de la historia a la cual la complementan otros casos que al final se entrelazan.

El eje principal de la trama se centra en que Parabellum debe encontrar a los ladrones de la ambrosía, bebida mágica que concede la inmortalidad a los dioses antes de que se desate una guerra entre el panteón griego y el nórdico. Se nos introducirán varios personajes de leyenda, como gorgones, minotauros, valquirias, y toda esa vaina.

Creo que ya no les puedo contar más de la historia. Así que opinemos. Bien, ¿qué pensé del libro? Bien, como dije, es entretenido y divertido. No es un libro que me sacara carcajadas, a penas una que otra mueca de risa, pero el hecho de que el humor carismático, básico, esté en todos lados con maestría lo hizo muy ameno, y nada cansado. El libro está narrado en primera persona por Parabellum, personaje que está bien construido. No es una heroína, ni una mujer que lo puede todo a pesar de tener los huevos de enfrentarse a todo tipo de creaturas sobrenaturales siendo una simple humana. Sin mencionar que recibe santas palizas y un montón de ofensas. Se ve que Sergio trabajó bastante en dar una personalidad detallada al personaje principal, una que nos recuerda a viejos detectives. Es una mujer natural, o tan natural como puede ser una mujer si está rodeada de todos estos seres mitológicos. No me cabe duda que si checo continua escribiendo historias de Parabellum, podría llegarse  a convertir en un personaje entrañable.

Parabellum, o mejor dicho, Verónica, tiene una vida en el mundo humano. Tiene un novio y una relación como muchas las hay en nuestro mundo. Esta le da un toque humano a la novela, y los problemas, y esto no es spoiler, entre ambos se derivan del trabajo oculto de Vero. Así pues Parabellum debe enfrentar estos misterios, hacer todo para que no se desate una guerra y proteger su relación.

Hay una variopinta cantidad de personajes secundarios, muchos de los cuales son interesantes a pesar de participar poco y que les faltara una construcción más detallada.
Bueno, ahora aclararé aspectos que no me terminaron de convencer. Aunque a grandes rasgos sólo hay una, la historia así como su final. No quiero meter spoilers aquí, pero para mí la historia es más bien simplona, pero bastante disfrutable, aunque del final puedo rescatar pocas cosas, y esas pocas cosas son muy buenas. Como dije, no quiero decir a que me refiero con este parloteo, es mejor que leas el libro porque aseguro que no es una pérdida de tiempo.

En sí lo recomiendo a todos aquellos que desean comenzar a leer algo de novela fantástica, o una amena y cómica historia de detectives. O en sí si deseas iniciarte en el mundo de la lectura y no sabes por dónde. El libro puede ser de ayuda en un bloqueo lector, o si estás abrumado con lecturas densas pero temes leer una novela juvenil que no sea buena, esta es la respuesta.  


Calificación personal:

lunes, 8 de mayo de 2017

III. Cerdito - Relato de terror (Serie HH)




Relato en vídeo (narrado)





Por las calles tal vez se escuchen cien variantes de lo que sucedió en esta granja, y ninguna dirá toda la verdad. Muchos especulan sobre nosotros, sobre si tuvimos hijos y esas cosas que no deberían interesarle a nadie. La verdad es que sí, a mi pequeño, un niño hermoso como un sol; pero los dioses rara vez son de verdad bondadosos. Mi bebé era frágil desde su nacimiento y al poco una extraña enfermedad lo atrapó por completo. Ésta atacaba sin mediarse la mente de mi niño, regalándole paranoias y alucinaciones, por eso le obligábamos a estar encerrado en la granja, sin posibilidad de que viera el pueblo o lo que hay más allá. 
Tanto la enfermedad como nosotros le arrancamos su vida de las manos. Mi esposo jamás hizo algo para sacarlo adelante; al contrario, no soportaba la idea de tener a un hijo mentalmente incompetente. Le llegó, incluso, a golpear y jamás le demostró alguna prueba de cariño. Lo miraba como algo mal hecho, una imperfección en su vida tal como lo fui yo: un estorbo y un adorno bonito en esta granja. 
Mi valía era incluso menor que la de una sirvienta. Hacía de todo, desde limpiar hasta ser un objeto sexual, y solo se me recompensaba con comida y, cuando él estaba de buenas, con ropa nueva o algún jabón. No tenía permitido salir al igual que mi niño, éramos esclavos de esta granja. El pequeño, a pesar de sus dificultades, era el encargado de cuidar los cerdos y las ovejas de sol a sol, además de que limpiaba la mayor parte de la granja. Aunque ningún alma, por más confundida que esté, soporta llevar una vida de maltratos y sufrimientos.
Un día, a la hora del crepúsculo,  mi esposo llegó de vender un par de porcinos en el pueblo y, como muchas veces antes, lo hizo tan ebrio que apenas si podía mantenerse de píe sin caer. Se fue directamente a los corrales a revisar el trabajo de nuestro hijo e, inconforme, le metió una tunda como pocas. Su ebriedad evitaba que su limitada racionalidad fluyera de manera normal. No notó cuando nuestro pequeño, de doce años en aquel entonces, sufrió un ataque de ira. Con su fuerza obtenida de años de trabajo burdo, tumbó a su padre. Corrió fuera de la granja por la entrada principal. Traté de ir tras él al instante, pero no podía dejar a mi esposo aturdido y dolorido en el suelo, de lo contrario la sanción para ambos sería peor. En realidad lo que me hiciera a mí carecía de importancia, pero mi pequeño ya estaba al borde de no aguantar más aquella vida y su locura podía hacerse incontrolable, tenía miedo que se volviera en un peligro para ambos.
Cuando dejé en la cama a mi marido, salí en su búsqueda. Creí que sería cuestión de máximo una hora hasta dar con él, pero el bosque tras la colina es inmenso y, además, pudo haber tomado la ruta que lleva al pueblo, donde estaría desencadenado y furioso. Cuando no encontré pista, me interné en la espesura ya entrada la noche, utilizando una lámpara de aceite. No pensaba en más, ni en las macabras historias imbuidas en la inmensidad del bosque, ni en la oscuridad hiriente, solo en mi niño. 
Las inclementes horas se me escapaban de las manos y su rastro era nulo. Comenzaba a temer, no por la oscuridad y por caer en la cuenta que mi orientación estaba jugándome una mala pasada, sino por él. Recuerdo haberme tumbado de rodillas y haberle rogado a Dios por un milagro, que lo protegiera y lo mantuviera sano y salvo. Le imploré a una deidad que, si bien nos otorgó la miseria, tal vez estaría dispuesto a enmendar sus castigos al verme implorarle con ahínco y lágrimas de dolor en los ojos. 
Estaba desconsolada, en medio del bosque antes del alba. En un momento de insana tranquilidad sentí un frío terrible envolverme. Temí ahora sí por mi propia vida. Eso me dio fuerza para levantarme de mi miseria y continuar mi búsqueda. Mi ánimo, en lugar de menguar, se alzó y, con un terrible dolor en el cuerpo, anduve un tiempo más hasta encontrar, como una extraña señal, a un cerdito. Si bien nuestra granja era la más próxima, no era nuestro, pero sí era un lechón de granja como cualquier otro. Caminaba sin temor ni pena en mi dirección. Me detuve para contemplarlo un momento, él hizo lo mismo conmigo. Cuando me dispuse a dejarlo en paz, gruñó, me tomó las faldas de mi vestido con su hociquito y me jaloneó un poco. Fui tentada a dale una patada, temía que me mordiera y causara una infección. Logró huir pero, en vez de seguir mi propio camino, lo seguí a él. La intuición de madre me decía algo. 
El cochinito no fue lejos, me internó en un dosel rico que cubría a un niño tembloroso, asustado y enfermo. Con la fuerza que me quedaba, lo ayudé a ponerse en píe y, dejando que me utilizara como soporte, lo llevé a la graja. Casi de forma inconsciente seguí al lechón hasta el lugar. Yo estaba asustada y feliz en las mismas proporciones que seguir un cerdo tenía todo el sentido del mundo.
La granja fue una bendición momentánea, mi marido me esperaba furibundo. Nos castigó a ambos, encerró a mi muchacho sin la posibilidad de salir y a mí me golpeó. Lo importante era que el pequeño estaba vivo y sano. Al cochinito mi marido lo encerró en los corrales, un trato injusto a nuestro salvador. Cuando el enojo se le pasó, le imploramos que dejara libre al lechón, mi hijo lo quería como mascota. No le agradó para nada la idea, pero lo cedió como regalo de cumpleaños. 
Fue más que su mascota; era un compañero y amigo. Nunca tendría uno humano, así que el cerdo le venía más que bien. Yo los quería a los dos, el animal era muy juguetón y estaba muy agradecida por su ayuda.
Pero nunca faltaron las desgracias en mi familia. Un día mi niño enfermó gravemente, y sus pobres defensas impidieron que luchara. Mi atención estuvo centrada en él por dos largos meses, tiempo en el que olvidamos al puerquito, aunque mi marido, al ver cómo creció y engordó, tenía sus ojos puestos sobre él. Cuando mi pequeño al fin pereció yo me encontraba en el peor de los estados, muerta en vida; mi felicidad se había marchado. No me quedaba razón para vivir. Mientras tanto el ya gran cerdo deseaba darme ánimos y, en cierto modo, buscaba advertirme sobre mi marido.
A esas alturas no me interesaba quedarme en la pocilga. Así que hui una noche, dejando al cerdo desprotegido, apartándome de todas las memorias dolorosas pero dejando en mi corazón a mi hijo. Estuve en el pueblo un tiempo, escondida. Fue lapso suficiente para conocer un amor pasajero, yo aún era joven y atraía a los varones del lugar. Pasé una noche con él pero el maldito me abandonó sin más, dejándome con una cuota en la posada. Eso no fue todo, alguien advirtió a mi marido dónde me encontraba. Antes de poder escapar nuevamente, él ya tenía sus garras sobre mí.
Me golpeó casi al borde de la muerte y me encerró sin darme comida por mucho tiempo. Cuando al fin me dejó libre para trabajar en su granja, limpiando mierda, me encontré con el puerco de mi niño, estaba muy grande y me daba miedo, parecía enojado, así como lo oye, el torpe animal, al parecer, sentía. Le pregunté a mi esposo porque no lo había matado, pero se negó a responderme. Supuse que se había encariñado con el animal, incluso lo encerraba en un corral especial, el más limpio, lejos de los otros puercos.
Así pasó el tiempo y las cosas siguieron igual, yo trabajaba de sol a sol y él me vigilaba, temía que escapara de nuevo. Hacerlo ya no era una opción; tendría lo mismo fuera que dentro de la granja. Mi vida había perdido todo el sentido. 
Al salir de una catástrofe, entraba a otra antes de suspirar con alivio. La noche que pasé con mi amor pasajero fue suficiente como para dejarme embazada. Y por supuesto él no se debía entrar. E hice lo posible para ello, lo disimulé bastante bien. 
Un día dormitaba en mi habitación, el sueño no me atrapaba del todo. De reojo vi un bulto entrar a la habitación. Temiendo que fuera mi marido, me apresuré para ocultar mi barriga de nueve meses. Para mi momentáneo alivio descubrí que había sido el gran cerdo de mi hijo. Me observó dudoso con sus pequeños ojos lechosos  y salió chillando como si le hubiera dado de patadas. No sé qué le pasó al maldito pero en ese momento en lo único en que pensaba era que me iba a delatar. Me apresuré a ocultar mi barriga, la ropa holgada de granjera lo hacía bien.
Fue tarde, él entró como un espectro a la habitación cuando yo aún tenía mi barriga expuesta. Lo siguiente que sucedió fue una pesadilla en todo el significado de la palabra. Encabriado como nunca, sin tentarse el corazón y con la mente nublada por el alcohol, me golpeó el vientre, buscando que mi hijo y yo muriéramos. Esa vez fue distinto, me protegí como pude. Conseguí arrojarlo al suelo donde se golpeó duro en la cabeza. Esto me dio unos segundos para escapar, y no los desaproveché.
Con tropiezos y de la forma más denigrante, seguí hasta estar frente de los corrales. Entonces lo oí, a él, a mi otro niño, mi primer niño.
—Mamá, corre, escóndete aquí. Ven mamá —me dijo, reconocí su voz y la seguí, con varias emociones encontradas.
Al inicio no creí lo que escuchaba. Luego vi su sombra que corría a un recoveco entre los corrales, un tanto inaccesible pero sí mi única opción. Mi bebé comenzó a tratar de salir, las contracciones eran irregulares, dolorosas, como cuchillos dentro de mi vientre. A trompicones seguí la voz de mi hijo. 
No era mi hijo quien me esperaba. Era él. El cerdo. 
Debatir sobre mi locura en ese momento no era mi prioridad, lo era mi pequeño bebé. Confié en el cerdo y parí sobre un montón de paja, cuidando mucho de no lastimar a mi pequeño. Pero, cuando di a luz el animal se acercó como si fuera a ayudarme. El bebé, chillando, yacía en la incómoda paja y, antes de que yo pudiera reaccionar, el animal se abalanzó con el hocico abierto y se lo devoró. Contra él no pude hacer mucho, me limité a ver cómo, con sus dientes, destrozaba el pequeño cuerpo y la sangre bañando la paja conuna gran mancha oscura. 
Antes de caer inconsciente, vi algo mucho más curioso y terrorífico. En el rostro del cerdo se reflejaron las facciones de mi primer hijo. De ahí no supe mucho más. 

compartir en facebook compartir en google+ compartir en twitter compartir en pinterest compartir en likedin