lunes, 22 de mayo de 2017

IV. Camino - Relato de terror (Serie HH)


Relato en vídeo (narrado):






La razón de por qué escribo esto es simplemente para darme cuenta, con palabras, de todo lo que ha acontecido en mi vida en estos últimos días. No es una carta de despedida, ni mucho menos. Todo transcurre con una lentitud agónica. Sé que mi fin está cerca pero no llega y es lo que más me entristece. He sentido dolor todos estos días, miedo, terror… lo he sentido a él.
Antes de esta maldición yo era un niño como cualquiera, ahora siento que todas estas penurias me hicieron convertirme en un hombre atormentado, seguido de cerca por un fiel representante del dolor.
La locura que hoy me embiste parece más bien una pesadilla imposible. Nunca fui paranoico y me imaginación tenía las limitantes de cualquier niño. ¿Pero qué pasó? Recuerdo bien el inicio de mi tormento y, por más que lo analizo, me doy cuenta que sí, que fue culpa de ese camino cruzado. Jamás antes lo había visto, no estaba  consiente siquiera que esa parte del pueblo existía, una de verdad oculta, pero entre una y otra cosa terminé ahí.
Jugaba con un amigo a las escondidas; adentrarse al bosque es algo peligroso para niños como nosotros pero en ese momento lo único que yo deseaba era no ser encontrado, o ser el descubridor del mejor sitio para esconderse. Tampoco era que hubiera perdido totalmente la racionalidad, mi idea original era esconderme en el lindero de un brazo del bosque que se metía hasta donde jugábamos. No había demasiado peligro de perderme.
Caminé entre árboles mientras mi amigo contaba con los ojos cerrados. Pero, sin darme cuenta, di con el camino. En realidad eran dos caminos que se cruzaban perfectamente, rectos ambos y en diagonal. Donde se tocaban había una especie de monumento de mármol del que sobresalía un enorme árbol que daba sombra a la mayoría de estos caminos empedrados. Nunca antes había visto ese sitio y a primera vista el árbol se me hizo desconocido: era distinto a cualquiera del bosque, no muy alto pero sus ramas se alargaban y su tronco era tan grueso como el que más.
Suponiendo que en realidad esa parte del pueblo no tenía nada de diferente ni de magnifica, comencé a andar por uno de los caminos, eso sí, despacio; al final de éste se abría una oscuridad casi imposible y me dio miedo, pero tampoco me detuve. Me asusté cuando distinguí que por el camino adyacente, no muy lejos, otra persona se acercaba a mi paso. Era un efecto extraño, casi como el de un espejo. Caminábamos con incertidumbre aunque le dediqué una sonrisa amistosa, parecía como de mi edad y, por más que se acercaba busqué paralizarme: era yo. No me detuve a cerciorarme qué tipo de efecto era aquél, uno fantástico. Era igual a mí, pero estaba casi desnudo, lo tapaba un simple taparrabos, y su piel —mi piel— estaba llena de heridas de donde manaba sangre, tenía partes cercenadas y le faltaba un ojo. Me aterré al descubrir el horrible cuerpo y me dediqué a correr sin voltear atrás, el pánico me inflamaba el racionamiento.
La oscuridad era producto de altos árboles que se encorvaban hasta formal un dosel que impedía la entrada de la luz natural del sol. No miré el camino bajo mis pies pero continuaba, sentía su limpio empedrado. Cuando el miedo pudo más que mis ganas de seguir en esa dirección, no encontré más remedio que virar y andar hasta donde mi amigo, seguro, ya me estaba buscando. Cuando me di vuelta, topé con una barrera de árboles similar a la que iniciaba en el punto donde estábamos jugando. La atravesé, curioso, dejando atrás la lobreguez antinatural. Creí que me había desviado del camino principal mientras andaba a tientas en las tinieblas. Sea como fuere no me topé más con el camino cruzado ni con el niño parecido a mí.
Seguí jugando y olvidé el camino, lo relegué paulatinamente a una especie de sueño, de algo que carecía de la suficiente importancia como para dejarlo instalado en mi pensamiento, dejarlo que me perturbara. Era un niño, no podía meditar o saber que aquello que me ocurrió era extraño hasta cierto punto. Pero fue sólo la mecha que incendió todo lo que me ocurrió más tarde.
Me gustaba jugar libremente fuera de mi hogar. Me desagradaba estar encerrado; amaba el aire que le robaba al bosque con cada respiración, el cielo azul y puro lleno de nubes, los olores de las chimeneas, los lejanos cánticos de las voces de la gente al pasear por ahí, los animales que eran tan libres como yo.
Corría rumbo a mi casa, la hora de comer se había llegado. No me di cuenta de que me adentraba a una oscuridad extraña, que nacía de ningún lado: allí no había árboles y el sol seguía brillando. Me quedé paralizado cuando distinguí a una persona alta ataviada de blanco frente de mí, cargaba con un látigo. Me dedicó una sonrisa llena de dientes amarillentos y fue cuando me di cuenta de que era un hombre feísimo con una mirada llena de locura, cicatrices por la piel que se le alcanzaba a ver. Alzó el látigo y me lo arrojó. Cerré los ojos, espantado, me había quedado paralizado y esperé el golpe sin más.
Al abrir los ojos me percaté de que seguía en el camino a mi casa. Imaginé toda la escena. Nada había sido real. Era como estar inmerso en una pesadilla, despierto. Ante aquello no supe cómo reaccionar. Seguía petrificado, con el corazón trabajando a toda máquina y mi respiración agitada. Miré en todas direcciones esperando encontrarme al tipejo del látigo, lo único que vi fue a un señor mayor paseando a su perro, una lejana carreta jalada por caballos, y una joven que acababa de salir de su casa. Yo seguía parado, congelado, con cara de espanto. Cuando me percaté de que con seguridad esa posición era ridícula incluso para un niño, seguí andando despacio, precavido, observando como maniaco a todas direcciones.
Los dolores que sentí llegaron de repente. El látigo, a fin de cuentas, me había acertado en la barriga y en la espalda. Caí al suelo lleno de dolor, sofocado. Nunca antes había sentido algo tan horrible. Esperé ver, tras de mí, al hombre de blanco y por una fracción de tiempo lo vi, sonriendo, con el látigo bien sujeto. Lo alzó y me cubrí, preparado. Otro latigazo que acertó en mi espalda. Grité de dolor y un vecino me pudo ver. El amable hombre, preocupado, corrió hasta donde yo estaba y me levantó.
—¿Qué te pasa, niño? —me preguntó, asustado.
El dolor gobernaba mi cuerpo. Las palabras no salían, se escondían. Sentía fuego en mi espalda, y temía al hombre del látigo. Deseé advertirle al afable vecino sobre ese personaje, no pude. El tipo me levantó y me llevó cargando hasta mi casa. Mi padre lo recibió y al verme se alteró. Ambos me llevaron a la cama y ahí me dejaron. Debido al dolor y a todas las extrañas escenas que había vivido caí inconsciente.
Al despertar me dolía todo el cuerpo y ninguna extremidad respondía mis órdenes. Estaba amarrado con cadenas a una mesa de madera. El hombre de blanco me miraba y sonreía, extasiado. Giraba una enorme palanca para así estirarme piernas y brazos. Sentía que en cualquier segundo se iban a desencajar del hueso. Grité de dolor mientras el feo tipo se reía y dejaba caer baba asquerosa.
—¿Qué te pasa, hijo? —me dijo mi papá.
De repente estaba de nueva cuenta en mi habitación y mi padre había sustituido al hombre de blanco, lo cual me regaló un instante de relativa paz. Al fin pude liberar brazos y piernas de las cadenas. Me podía mover, pero eso no significaba que el dolor se hubiera marchado.
—Me duele. El hombre de blanco lo hizo.
Me tocó la cabeza y negó. No tenía fiebre ni nada parecido. Me revisó el cuerpo, pero todo estaba en orden, sin embargo el dolor de los latigazos así como el de las cadenas sobre mis extremidades seguía latente, punzando.
—Más tarde llegará el doctor, hijo, quiero que te revise. No parece que tengas algo anormal, ni una enfermedad, pero tu padre sabe muy poco de estas cosas. Por el momento descansa.
Cuando estuve a punto de gritarle que no me abandonara, algo me cerró la boca y volví a estar atado. Mi padre salió de mi habitación al tiempo que regresé a la oscuridad. El hombre horrible me miraba de cerca y me tapaba la boca.
—Los hombres no gritan —me dijo con una voz amarga que, aunque llena de baba, era seca.
No podía moverme, las cadenas me seguían atando a las esquinas de la enorme mesa de tortura. El sujeto cargaba un recipiente, del cual salía humo. Dejaba caer su contenido, gota a gota, sobre mi estómago. Sentía cada perlita de ese líquido como si me pegara un carbón. No podía gritar, su mano me presionaba la boca, sentía su sabor asqueroso, a podredumbre.
De repente, lleno de dolencia y miedo, me di cuenta de que seguía en mi habitación. Sudaba y, ya que me podía mover, presioné mi estómago y busqué las marcas de fuego pero sólo me topé con un dolor invisible. Las visiones eran tan reales como lo que podía sentir. Me estaba desesperando, quería que se detuvieran, no iba a aguantar por mucho tiempo la incesante friega del hombre de blanco, ni verlo en una realidad superpuesta a la mía.
Me quedé atolondrado sobre mi cama, agitado y sudando a chorros. Pensé en la razón de esas raras visiones y sólo acudió a mi mente el camino cruzado. Era un niño pero comprendía que toparme con esa zona que jamás antes había descubierto podía ser algo tan anormal como las visiones en sí. Y me había visto, sí, como en un espejo vi un doble mío lleno de marcas y heridas; tenía sólo un calzón cubriendo mis partes íntimas, pero todo el resto de la piel presentaba heridas de diversas índoles, como si ya hubiera pasado por todo lo que pasaba en el agónico presente.
De rato, entró mi papá acompañado del médico. Me quedé paralizado al ver la figura en blanco de un hombre alto que tenía tapada la boca. Sus ojillos de rata me miraron detenidamente y me corazón se atenazó de cobardía.
—Es mejor que nos deje a solas un momento, lo llamo luego de que haga una revisión completa —le dijo a mi padre.
—Muy bien doctor, ya regreso.
Salió dejándome inmune ante el hombre de blanco el cual cargaba un maletín viejo y desvaído.
—La realidad es complicada —me dijo mientras colocaba el maletín sobre mi estómago y lo abría con sumo cuidado—. No sabes en lo que te metiste, niño. Por desgracia ya no podrás salir a menos que sobrevivas a los dolores por un año.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté, espantado.
—Yo no te hago nada. Lo que sucede es complicado de explicar, no lo entenderías.
Sacó un frasco oscuro, lo destapó y al instante un hedor invadió la habitación. No estoy muy seguro a qué olía aquello pero me fue atontando y me dejé llevar por el sopor.
Cuando desperté el doctor ya no estaba. Por un buen rato creí que todo lo que me había sucedió hasta el momento pertenecía sólo al mundo de los sueños y no a una horripilante realidad llena de dolor. Me quedé cómodo, respirando algo de libertad y estuve a punto de levantarme y salir a jugar cuando volví a ver a ese ser alto, el doctor, riéndose a lo lejos, cargaba con una jaula ocupada por un ave negra similar a un cuervo pero más grande y fea. La liberó y el animal voló en mi dirección con su pico en alto, listo para a tacar, y lo hizo. Su pico era tan afilado como la punta de una flecha, y disfrutaba encajándomelo. Una y otra vez. Por todas partes. En mi carne más sensible, en las partes duras de mi cabeza, en los ojos. La sangre salía a chorros, yo gritaba atiborrado de dolor. Me desesperaba estar consiente, mientras me atacaba, de que iba a morir.
Me dejé caer al suelo, me arrastré tratando de apartar al pajarraco con mis manos, desesperado, sin conseguirlo. Así, sufriendo como estaba, sentí como la realidad volvía a mí. El dolor no se marchaba del todo y el miedo no lo hacía. La habitación estaba sola, y me animé a levantarme y comprender que esas visiones iban a continuar hiriéndome, aunque sólo fueran eso: mentiras que engañaban mi mente para que me causara dolores como jamás había sentido.
Estaba dentro de una prisión mental y no sabía cómo liberarme. De la nada llegó a mis pensamientos la imagen de ese doctor que me atendió el cual, si no era el mismo que me causaba el dolor, algún protagonismo en los hechos tenía. Salí llamando a mis padres, pero no los encontré. Salí a las calles del pueblo y no había una sola alma.
—No hay escapatoria —me dijo el sujeto desde lejos, venía hacia mí con su látigo—. Nadie escapa del dolor. De la tortura. De la miseria. Seas un niño, un viejo o un hombre de gran fortaleza. Llegaste a mi mundo, y mi mundo no es verdad, al igual que el tuyo.
Decía con frialdad. No era un monstruo, de eso yo estaba consiente, pero generaba en mí un pánico superior a cualquier ser sobrenatural que hubiera existido fuera o dentro de mi mente. Alzó el látigo y traté de correr, una barrera de piedras y ramas me lo impidió, estaba atrapado. Sentí sus latigazos lamer mi piel, era un dolor horrible al cual tardé en acostumbrarme. En realidad, ¿quién se acostumbra a aquello? Yo lo hice, al final para mí el dolor era cotidiano como para ti lo es comer.
Estaba atrapado y por más que busqué huir del sitio gobernado por el hombre de blanco, jamás pude. No vale la pena relatar todo el año completo que pasé a la merced de torturas inenarrables. Al tipo se le ocurrían diversas y variadas, a veces bastantes imaginativas, formas de causarme dolor en todas y cada una de las partes de mi tierno cuerpo. Utilizaba fuego, agua, me enterraba vivo; me subía a lo alto, me quitaba mis intestinos con suma delicadeza para ponérmelos posteriormente lo cual era igual de doloroso. Y luego, desaparecía y me dejaba solo completamente, buscaba a mis padres, buscaba comida, una solución a mi desorden mental, porque eso debería de ser ya que, por más heridas, mutilaciones y dolores que el tipo me causaba, no se formaba en mi cuerpo ninguna señal de daño. Los mejores momentos eran cuando me desmayaba, de esa manera no sentía. Y en más de una ocasión creí que mi muerte estaba cerca o que, en definitiva, estaba muerto, pero, por desgracia, no era así.
Fue un tiempo horrible que ahora parece mentira. Pero sigo viéndolo, en sueños o como realidad. Por eso relato esto, para que sepan porqué he de morir. No es un suicidio como tal, necesito desprenderme de este mundo y sólo así me desprenderé del suyo por completo porque, a pesar de que escapé, no lo hice del todo y poco a poco vuelvo a sus garras.
Me llama.
Volviendo a la historia, descubrí el camino cruzado buscando sin detenerme, como un loco, hasta que pasado un año de mi ingreso a la locura, di con él. Sin perder tiempo, caminé por uno de sus cruces y logré ver como mi otro yo, pulcro, feliz, animado, un niño que acababa de jugar con su mejor amigo, venía del otro lado y cruzaba el camino, apenas y me dedicó una mirada, siguió caminando a las profundidades oscuras del bosque donde se encontraría con la representación del dolor.
De esa manera volví a mi mundo, a mi realidad, traumatizado, con pesadillas, aún con visiones pero menos recurrentes y, antes de que se llegue el año y el camino me reclame, debo partir y terminar con esta maldición. 

martes, 16 de mayo de 2017

Reseña de "El dios asesinado en el servicio de caballeros" - Sergio S. Morán


de Sergio S. Morán


Hola gente de este multiverso, amantes de la buena literatura y de la fantasía. Hoy les entregaré mi humilde opinión sobre “El Dios asesinado en el servicio de caballeros”. Sí, un título que a muchos engancha, a otros gusta pero que a mí me parece excesivamente largo y nada fácil de recordar. El creador de este multiverso fantástico fue Sergio S. Morán, español, creador de webcomics embebidos con gran humor, según he leído. Por ello no era de esperar que esta novela, publicada por el afamado sello Fantascy fuera de humor y fantasía, con bellos toques de novela negra. Así que sin más preámbulo, comencemos con esto. 

Llegué a este libro por un montón de buenas reseñas que lo señalaban como un libro fresco, divertido, entretenido, con un personaje carismático en él. Una historia en donde las mitologías (todas ellas) convivían dentro de nuestro mundo. Y en efecto, encontré todo lo que se prometía en esta historia.

Nos narra la historia de la detective Verónica Guerra, mejor conocida en el bajo mundo de los mitos como la detective Parabellum. Una mujer que se encarga de diversos casos que atañen a mitos y leyendas, los cuales, oh sí, viven en nuestro mundo. Para ser más claro el autor nos dice que entre nosotros podemos encontrar a cual criatura, ser o dios de cualquier mitología, haciendo su mayor presencia la griega y la nórdica. Sin olvidar mitos como los vampiros o momias. Digamos que A esta mujer recurren todos esos seres cuando necesitan ayuda profesional de una detective.

La historia arranca de una forma que califico como creada para enganchar. Tenemos a esta mujer con la mente entumecida, no recuerda varias cosas mientras está en su coche. En su brazo puede leer que tiene, en la cajuela, a un dios muerto. No sabe cómo llegó el cadáver ahí, no sabe cómo es que un dios murió, e investigará a que se debe todo eso, incluida su pérdida de memoria. El caso que le da el título al libro, el cual no mencionaré por motivos de salud, no es el más importante sino que él se desprende gran parte de la historia a la cual la complementan otros casos que al final se entrelazan.

El eje principal de la trama se centra en que Parabellum debe encontrar a los ladrones de la ambrosía, bebida mágica que concede la inmortalidad a los dioses antes de que se desate una guerra entre el panteón griego y el nórdico. Se nos introducirán varios personajes de leyenda, como gorgones, minotauros, valquirias, y toda esa vaina.

Creo que ya no les puedo contar más de la historia. Así que opinemos. Bien, ¿qué pensé del libro? Bien, como dije, es entretenido y divertido. No es un libro que me sacara carcajadas, a penas una que otra mueca de risa, pero el hecho de que el humor carismático, básico, esté en todos lados con maestría lo hizo muy ameno, y nada cansado. El libro está narrado en primera persona por Parabellum, personaje que está bien construido. No es una heroína, ni una mujer que lo puede todo a pesar de tener los huevos de enfrentarse a todo tipo de creaturas sobrenaturales siendo una simple humana. Sin mencionar que recibe santas palizas y un montón de ofensas. Se ve que Sergio trabajó bastante en dar una personalidad detallada al personaje principal, una que nos recuerda a viejos detectives. Es una mujer natural, o tan natural como puede ser una mujer si está rodeada de todos estos seres mitológicos. No me cabe duda que si checo continua escribiendo historias de Parabellum, podría llegarse  a convertir en un personaje entrañable.

Parabellum, o mejor dicho, Verónica, tiene una vida en el mundo humano. Tiene un novio y una relación como muchas las hay en nuestro mundo. Esta le da un toque humano a la novela, y los problemas, y esto no es spoiler, entre ambos se derivan del trabajo oculto de Vero. Así pues Parabellum debe enfrentar estos misterios, hacer todo para que no se desate una guerra y proteger su relación.

Hay una variopinta cantidad de personajes secundarios, muchos de los cuales son interesantes a pesar de participar poco y que les faltara una construcción más detallada.
Bueno, ahora aclararé aspectos que no me terminaron de convencer. Aunque a grandes rasgos sólo hay una, la historia así como su final. No quiero meter spoilers aquí, pero para mí la historia es más bien simplona, pero bastante disfrutable, aunque del final puedo rescatar pocas cosas, y esas pocas cosas son muy buenas. Como dije, no quiero decir a que me refiero con este parloteo, es mejor que leas el libro porque aseguro que no es una pérdida de tiempo.

En sí lo recomiendo a todos aquellos que desean comenzar a leer algo de novela fantástica, o una amena y cómica historia de detectives. O en sí si deseas iniciarte en el mundo de la lectura y no sabes por dónde. El libro puede ser de ayuda en un bloqueo lector, o si estás abrumado con lecturas densas pero temes leer una novela juvenil que no sea buena, esta es la respuesta.  


Calificación personal:

lunes, 8 de mayo de 2017

III. Cerdito - Relato de terror (Serie HH)




Relato en vídeo (narrado)





Por las calles tal vez se escuchen cien variantes de lo que sucedió en esta granja, y ninguna dirá toda la verdad. Muchos especulan sobre nosotros, sobre si tuvimos hijos y esas cosas que no deberían interesarle a nadie. La verdad es que sí, a mi pequeño, un niño hermoso como un sol; pero los dioses rara vez son de verdad bondadosos. Mi bebé era frágil desde su nacimiento y al poco una extraña enfermedad lo atrapó por completo. Ésta atacaba sin mediarse la mente de mi niño, regalándole paranoias y alucinaciones, por eso le obligábamos a estar encerrado en la granja, sin posibilidad de que viera el pueblo o lo que hay más allá. 
Tanto la enfermedad como nosotros le arrancamos su vida de las manos. Mi esposo jamás hizo algo para sacarlo adelante; al contrario, no soportaba la idea de tener a un hijo mentalmente incompetente. Le llegó, incluso, a golpear y jamás le demostró alguna prueba de cariño. Lo miraba como algo mal hecho, una imperfección en su vida tal como lo fui yo: un estorbo y un adorno bonito en esta granja. 
Mi valía era incluso menor que la de una sirvienta. Hacía de todo, desde limpiar hasta ser un objeto sexual, y solo se me recompensaba con comida y, cuando él estaba de buenas, con ropa nueva o algún jabón. No tenía permitido salir al igual que mi niño, éramos esclavos de esta granja. El pequeño, a pesar de sus dificultades, era el encargado de cuidar los cerdos y las ovejas de sol a sol, además de que limpiaba la mayor parte de la granja. Aunque ningún alma, por más confundida que esté, soporta llevar una vida de maltratos y sufrimientos.
Un día, a la hora del crepúsculo,  mi esposo llegó de vender un par de porcinos en el pueblo y, como muchas veces antes, lo hizo tan ebrio que apenas si podía mantenerse de píe sin caer. Se fue directamente a los corrales a revisar el trabajo de nuestro hijo e, inconforme, le metió una tunda como pocas. Su ebriedad evitaba que su limitada racionalidad fluyera de manera normal. No notó cuando nuestro pequeño, de doce años en aquel entonces, sufrió un ataque de ira. Con su fuerza obtenida de años de trabajo burdo, tumbó a su padre. Corrió fuera de la granja por la entrada principal. Traté de ir tras él al instante, pero no podía dejar a mi esposo aturdido y dolorido en el suelo, de lo contrario la sanción para ambos sería peor. En realidad lo que me hiciera a mí carecía de importancia, pero mi pequeño ya estaba al borde de no aguantar más aquella vida y su locura podía hacerse incontrolable, tenía miedo que se volviera en un peligro para ambos.
Cuando dejé en la cama a mi marido, salí en su búsqueda. Creí que sería cuestión de máximo una hora hasta dar con él, pero el bosque tras la colina es inmenso y, además, pudo haber tomado la ruta que lleva al pueblo, donde estaría desencadenado y furioso. Cuando no encontré pista, me interné en la espesura ya entrada la noche, utilizando una lámpara de aceite. No pensaba en más, ni en las macabras historias imbuidas en la inmensidad del bosque, ni en la oscuridad hiriente, solo en mi niño. 
Las inclementes horas se me escapaban de las manos y su rastro era nulo. Comenzaba a temer, no por la oscuridad y por caer en la cuenta que mi orientación estaba jugándome una mala pasada, sino por él. Recuerdo haberme tumbado de rodillas y haberle rogado a Dios por un milagro, que lo protegiera y lo mantuviera sano y salvo. Le imploré a una deidad que, si bien nos otorgó la miseria, tal vez estaría dispuesto a enmendar sus castigos al verme implorarle con ahínco y lágrimas de dolor en los ojos. 
Estaba desconsolada, en medio del bosque antes del alba. En un momento de insana tranquilidad sentí un frío terrible envolverme. Temí ahora sí por mi propia vida. Eso me dio fuerza para levantarme de mi miseria y continuar mi búsqueda. Mi ánimo, en lugar de menguar, se alzó y, con un terrible dolor en el cuerpo, anduve un tiempo más hasta encontrar, como una extraña señal, a un cerdito. Si bien nuestra granja era la más próxima, no era nuestro, pero sí era un lechón de granja como cualquier otro. Caminaba sin temor ni pena en mi dirección. Me detuve para contemplarlo un momento, él hizo lo mismo conmigo. Cuando me dispuse a dejarlo en paz, gruñó, me tomó las faldas de mi vestido con su hociquito y me jaloneó un poco. Fui tentada a dale una patada, temía que me mordiera y causara una infección. Logró huir pero, en vez de seguir mi propio camino, lo seguí a él. La intuición de madre me decía algo. 
El cochinito no fue lejos, me internó en un dosel rico que cubría a un niño tembloroso, asustado y enfermo. Con la fuerza que me quedaba, lo ayudé a ponerse en píe y, dejando que me utilizara como soporte, lo llevé a la graja. Casi de forma inconsciente seguí al lechón hasta el lugar. Yo estaba asustada y feliz en las mismas proporciones que seguir un cerdo tenía todo el sentido del mundo.
La granja fue una bendición momentánea, mi marido me esperaba furibundo. Nos castigó a ambos, encerró a mi muchacho sin la posibilidad de salir y a mí me golpeó. Lo importante era que el pequeño estaba vivo y sano. Al cochinito mi marido lo encerró en los corrales, un trato injusto a nuestro salvador. Cuando el enojo se le pasó, le imploramos que dejara libre al lechón, mi hijo lo quería como mascota. No le agradó para nada la idea, pero lo cedió como regalo de cumpleaños. 
Fue más que su mascota; era un compañero y amigo. Nunca tendría uno humano, así que el cerdo le venía más que bien. Yo los quería a los dos, el animal era muy juguetón y estaba muy agradecida por su ayuda.
Pero nunca faltaron las desgracias en mi familia. Un día mi niño enfermó gravemente, y sus pobres defensas impidieron que luchara. Mi atención estuvo centrada en él por dos largos meses, tiempo en el que olvidamos al puerquito, aunque mi marido, al ver cómo creció y engordó, tenía sus ojos puestos sobre él. Cuando mi pequeño al fin pereció yo me encontraba en el peor de los estados, muerta en vida; mi felicidad se había marchado. No me quedaba razón para vivir. Mientras tanto el ya gran cerdo deseaba darme ánimos y, en cierto modo, buscaba advertirme sobre mi marido.
A esas alturas no me interesaba quedarme en la pocilga. Así que hui una noche, dejando al cerdo desprotegido, apartándome de todas las memorias dolorosas pero dejando en mi corazón a mi hijo. Estuve en el pueblo un tiempo, escondida. Fue lapso suficiente para conocer un amor pasajero, yo aún era joven y atraía a los varones del lugar. Pasé una noche con él pero el maldito me abandonó sin más, dejándome con una cuota en la posada. Eso no fue todo, alguien advirtió a mi marido dónde me encontraba. Antes de poder escapar nuevamente, él ya tenía sus garras sobre mí.
Me golpeó casi al borde de la muerte y me encerró sin darme comida por mucho tiempo. Cuando al fin me dejó libre para trabajar en su granja, limpiando mierda, me encontré con el puerco de mi niño, estaba muy grande y me daba miedo, parecía enojado, así como lo oye, el torpe animal, al parecer, sentía. Le pregunté a mi esposo porque no lo había matado, pero se negó a responderme. Supuse que se había encariñado con el animal, incluso lo encerraba en un corral especial, el más limpio, lejos de los otros puercos.
Así pasó el tiempo y las cosas siguieron igual, yo trabajaba de sol a sol y él me vigilaba, temía que escapara de nuevo. Hacerlo ya no era una opción; tendría lo mismo fuera que dentro de la granja. Mi vida había perdido todo el sentido. 
Al salir de una catástrofe, entraba a otra antes de suspirar con alivio. La noche que pasé con mi amor pasajero fue suficiente como para dejarme embazada. Y por supuesto él no se debía entrar. E hice lo posible para ello, lo disimulé bastante bien. 
Un día dormitaba en mi habitación, el sueño no me atrapaba del todo. De reojo vi un bulto entrar a la habitación. Temiendo que fuera mi marido, me apresuré para ocultar mi barriga de nueve meses. Para mi momentáneo alivio descubrí que había sido el gran cerdo de mi hijo. Me observó dudoso con sus pequeños ojos lechosos  y salió chillando como si le hubiera dado de patadas. No sé qué le pasó al maldito pero en ese momento en lo único en que pensaba era que me iba a delatar. Me apresuré a ocultar mi barriga, la ropa holgada de granjera lo hacía bien.
Fue tarde, él entró como un espectro a la habitación cuando yo aún tenía mi barriga expuesta. Lo siguiente que sucedió fue una pesadilla en todo el significado de la palabra. Encabriado como nunca, sin tentarse el corazón y con la mente nublada por el alcohol, me golpeó el vientre, buscando que mi hijo y yo muriéramos. Esa vez fue distinto, me protegí como pude. Conseguí arrojarlo al suelo donde se golpeó duro en la cabeza. Esto me dio unos segundos para escapar, y no los desaproveché.
Con tropiezos y de la forma más denigrante, seguí hasta estar frente de los corrales. Entonces lo oí, a él, a mi otro niño, mi primer niño.
—Mamá, corre, escóndete aquí. Ven mamá —me dijo, reconocí su voz y la seguí, con varias emociones encontradas.
Al inicio no creí lo que escuchaba. Luego vi su sombra que corría a un recoveco entre los corrales, un tanto inaccesible pero sí mi única opción. Mi bebé comenzó a tratar de salir, las contracciones eran irregulares, dolorosas, como cuchillos dentro de mi vientre. A trompicones seguí la voz de mi hijo. 
No era mi hijo quien me esperaba. Era él. El cerdo. 
Debatir sobre mi locura en ese momento no era mi prioridad, lo era mi pequeño bebé. Confié en el cerdo y parí sobre un montón de paja, cuidando mucho de no lastimar a mi pequeño. Pero, cuando di a luz el animal se acercó como si fuera a ayudarme. El bebé, chillando, yacía en la incómoda paja y, antes de que yo pudiera reaccionar, el animal se abalanzó con el hocico abierto y se lo devoró. Contra él no pude hacer mucho, me limité a ver cómo, con sus dientes, destrozaba el pequeño cuerpo y la sangre bañando la paja conuna gran mancha oscura. 
Antes de caer inconsciente, vi algo mucho más curioso y terrorífico. En el rostro del cerdo se reflejaron las facciones de mi primer hijo. De ahí no supe mucho más. 

lunes, 24 de abril de 2017

II. La neblina - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado)



La verdad, poco me interesa si me crees o no; ya estoy viejo y a los viejos tan acabados como yo es difícil creerles cuando están predispuestos a contar una historia verídica. Oh sí. Todo lo que escucharás me pasó hace años, de muchacho. Recuerdo bien las fuerzas de mis brazos, el sentimiento de poder respirar de forma adecuada, sin que me costara trabajo, como ahora que en lugar de respirar trago mocos por las narices. Vivía en este mismo pueblo el cual no ha envejecido tanto como lo he hecho yo. La gente tampoco ha cambiado mucho, por ello el recuerdo de todo lo sucedido sigue tan vívido en mi cabeza seca que sacarlo a la luz no me costará nada.
De niño, mis padres me abandonaron con mis abuelos, no estoy seguro por qué y nunca nadie se tomó el tiempo de explicarme el motivo. Algunos murmuraban que se habían marchado en busca de una mejor vida, o conseguir mayores riquezas de las que nunca hubieran podido conseguir en este lugar. Otros que habían desaparecido en circunstancias extrañas entre los amplios bosques; claro, no sería el primer ni último registro de desaparecidos en la inmensidad de lo verde e inexplorable. También, esto más en broma, que mi madre se enamoró de uno de los mercaderes que iba y venía por los enormes caminos comerciales que antaño existían; mi padre, celoso, los siguió hasta que le dieron muerte. Aquí el caso es que no estuvieron a mi lado para verme crecer, convertirme en el hombre trabajador que fui.
Era el único familiar de mis ancianos abuelos, ambos tan viejos que no tenían las fuerzas ni el racionamiento para vivir por sí solos. Cuidar de ellos no era una molestia; me criaron de niño y ahora correspondía devolverles el favor. Pero marchitaban muy rápido para mi gusto. Cada vez perdían más la memoria, se movían menos.
Para mantenernos a todos, desde pequeño, trabajaba los pedazos de tierra de mi abuelo, los cuales me daban suficientes cosechas para mantenernos vivos. De igual forma, la hospitalidad de los vecinos que conocían mi situación era un recurso para mantenerme en píe. Me regalaban comida, ropas e incluso a veces hombres me ayudaban en las tierras sin cobrarme demasiado. Lo que me sobraba lo vendía. A un lado de estas tierras corría un río que mantenía un caudal estable, por ello el agua no escaseaba.
Mi vida estaba estancada en ese círculo interminable: trabajo, cuidar de mis abuelos, y más trabajo. No me di cuenta que a su vez yo seguía creciendo, me hacía un hombre y un hombre necesita una mujer a su lado, la cual aporta una familia. Pero día a día estaba tan ocupado que nunca logré salir con alguien o siquiera visitar todo el pueblo y mucho menos conocer más allá. Un día, harto, llegué a tener la seguridad de que cuando mis abuelos pereciesen tendría una vida libre, al fin iba a poder hacer todo lo que nunca conseguí hacer.
Mis abuelos ya tendrían más de cien años cuando la idea de ser libre llegó a mi mente. Los seguía cuidando de igual manera, ahora con más recelo. Cuando pasaron diez años con más de lo mismo, cuando yo, literalmente, tenía que dar de comer en la boca a ambos y les limpiaba sus gracias, me sentía desesperar. Ya ni siquiera podían hablar del todo, sólo balbuceaban y gemían de dolor. Tanto ellos como yo no teníamos libertad para respirar, pero aun así nunca ni por asomo llegó a mí la idea de terminar con sus dolores, segar su vida.
Nunca antes había presenciado un año como aquel. Las lluvias no se presentaban ni con los rezos de toda la población unidos a coro. El río que alimentaba mis cosechas se secó por completo, cosa que parecía ser imposible. Por más esfuerzo que ponía en sembrar, no acarreaba la suficiente agua para regar. Al poco la huerta no servía y comíamos de lo que me daban. Decidí buscar otro trabajo, pero las huertas no necesitaban manos, y poco sabía más allá de la agricultura.
Por otro lado las cosas se complicaban en casa. Tenía a mi cuidado ya no a mis abuelos sino a dos personas confundidas, con hambre que, supuse, estarían al borde de la muerte.
Regularmente me sentaba en la pequeña sala, falto de esperanzas y con un hambre que causaba dolor en todo mi débil cuerpo. Los miraba sentados en sus camas, ya poco se podían mover. Fue cuando todo lo raro comenzó. Hablaban a menudo incoherencias, se movían poco y se quejaban del dolor.
—Oscuro, lejano y sagrado. Mantequilla para el chivo. Una hoja para la madre —dijo en una ocasión mi abuela y con esas palabras me despertó de mis ensoñaciones.
—¿Qué? —le pregunté, me dolía la cabeza y el estómago—. ¿Tienes hambre?
No supe por qué lo pregunté, bien sabía la respuesta: todos estábamos hambrientos. Las mínimas reservas que me quedaban las guardaba para cuando de verdad estuviéramos muriendo, en ese punto no faltaba mucho para llegar al límite. Yo esperaba un milagro, una lluvia que llenara el río que tenía meses seco.
—Los dioses nos ven, sonríen, nos besan los pies, les besamos el culo. Sonríe al pulpo gigante, porque él sonríe como el hombre de maquillaje blanco —continuaba con discordancias.
Pronto le dejé de prestar atención y me decidí a salir en búsqueda de comida. El buen panadero me ofreció algunos panes duros que le sobraron, los cuales tomé con agrado.  
—¿Cómo van tus cosechas? —me preguntó el bonachón sujeto con algo de verdadera preocupación impregnada en su tono—. ¿No has conseguido agua?
—Nada, señor. Los verdaderos agricultores se han hecho de los pozos más importantes y de cualquier reserva. Sólo consigo el suficiente para beber y el aseo. No sobra nada para mi huerto. ¿No ha sabido de algún trabajo?
Negó con tristeza.
—La crisis del agua nos está sumiendo en un problema económico. Los únicos trabajos nuevos que se hacen son para salir a los bosques en busca de agua. Pero eso implicaría que abandonaras a tus abuelos por un buen tiempo.
En ese instante pensé que lo mejor sería dejar a mis abuelos para así poder trabajar y ganar comida. En seguida deseché la idea; el hambre, la sed, la debilidad, el dolor, todo contribuía paulatinamente a que las ideas de mi mente fueran incongruentes. En el fondo sabía que moría. Las opciones eran pocas.
Me encontraba en ese estado de desesperación cuando vi algo que hizo que mi corazón diera un vuelco significativo. Al andar vagabundeando por las calles, buscando trabajo y comida, una enorme nube se dejó ver en el horizonte con timidez, cubriendo al sol. No era el único contento con la repetida aparición, todos señalaban el enorme cúmulo con alegría, hablando sobre que el agua volvería. Aquello parecía un milagro.
Me apuré a la casa. Dentro, les dije a la carrera a mis abuelos que estaba pronta una lluvia, no esperé respuesta suya, salí para esperar ser bañado por el milagro. Muchos campesinos sacaban cuanto recipiente poseían para no dejar escapar ni una sola gota de agua. Yo tenía unos pocos, también los saqué. Para nosotros era como recoger oro del cielo azul.
Me senté afuera. La nube avanzaba muy despacio, como burlándose de nosotros que la aguardábamos como un enamorado espera a su amante o incluso con más fervor. Al escuchar los gemidos conjuntos de mis abuelos, regresé a la choza con el corazón desbocado.
—¿Qué pasa? —les pregunté, ambos parecían estar asustados.
El sentimiento de terror era mutuo, se notaba con claridad a pesar de ser tan viejos que las arrugas habían borrado la mayoría de sus rasgos en el rostro.
—Él viene, nos desea. Ambos nos desean pero él viene, el otro —respondió mi abuelo—. Su lucha es clandestina, ganará el más fuerte al final del día. Una oscuridad falsa que congela la esperanza.
Parecía como si le fuese a dar un ataque, me asusté, pero no supe qué hacer más que seguir escuchando.
—Dios no es nuestro amigo —dijo entonces mi abuela con la misma cadencia de espanto—. Él nos dejó ser utilizados como juguetes de esta guerra. Pez globo y sal. Pan y vino. Ranas y sangre. Estrella de la mañana cuando el sol muera.
Todo lo que decían no significaba otra cosa que su mente estaba fallando. Para entonces superaban los ciento veinte años y, todo sumado a la falta de comida y agua, había convertido a ambos en unos dementes seniles llenos de dolor y temor. Suponía que ni el agua que se aproximaba los salvaría.
Las palabras sin sentido de mis abuelos impregnaban la casa con un aburrido y desentonado coro de incoherencias que poco a poco me fue cansando. Decidí salir y seguir esperando el milagro de la lluvia. Ya era de noche y un viento frío arrastraba un sinnúmero de sabores por todo el barrio, entre los cuales destacaba el polvo de páramos estériles; éste sabe diferente a la tierra recién cultivada. Ya añoraba ese gustillo a vida. Todo parecía muerto o estar muriendo a mí alrededor. Incluyéndome. Y mi única esperanza pendía sobre mí y de cierta forma también se burlaba: sólo nos regalaba un molesto viento, nada del agua salvadora.
Se hizo de noche y no tuve otra que volver a entrar. Mis abuelos dormían pero eso no impedía que hablaran entre sueños. Decían más incoherencias pero las expresaban con un pánico perceptible. Ambos tenían pesadillas; se removían, gritaban, sollozaban. De nuevo, le eché la culpa al hambre y a que estaban al borde de la muerte, y tal vez ya comenzaban a sentir ese mundo que hay más allá de nuestra vida terrenal.
—Nos busca, desea el dolor. El miedo. Nos desea —farfullaba el abuelo, yo los examinaba casi fascinado, no parecían cansarse de hablar. No estaba seguro de dónde sacaban sus fuerzas para lograrlo.
—Las manos bajo la tierra salen. Bajo la tierra uno se forja, se crea con dolor, miedo, maldad —le coreaba la abuela—. Bajo tierra, bajo tierra, todo es felicidad. Noche y día, bajo tierra.
Bajo tierra es donde pronto terminarían. Yo no los dejaba de querer, pero en el fondo estaba consciente de que ya no eran mis abuelos sino un par de seres sin mucha cabida en ese hogar que parecía cada vez más a un sitio para locos.
Al poco de seguir escuchando toda su palabrería, mucha de la cual era ininteligible, caí sumido en un profundo sueño también plagado de pesadillas. Miré a mis abuelos caminando sobre un montón de huesos esparcidos en una enorme poza. Reían, caminaban y se desintegraban, perdiéndose entre los huesos, sumiéndose bajo tierra. Sobre mí seguía esa enorme nube rebosante y prolífica pero no se reventaba con nada. Todo alrededor estaba seco, las plantas y árboles perecían y me di cuenta que yo también me secaba de una manera cruel; mi piel se desmoronaba y me convertía en polvo.
Desperté en la madrugada, con hambre y sed. Me costó adaptar mis ojos a la oscuridad que seguía siendo la dueña del mundo helado en el que nos había sumergido esa enorme formación de nubes.
Como hechizado, trastabillando, me dirigí a la puerta. El silencio era perturbador, sólo irrumpido por los frágiles murmullos de mis abuelos, apacibles, al final habían sucumbido a un sueño tan profundo que no les había permitido seguir con palabrería ni movimientos bruscos. La energía se les había agotado. Al abrir la puerta, esperando ver que la lluvia ya hubiera hecho su trabajo, me topé con un mundo cubierto por una neblina blancuzca y de fantasía. No podía ver más allá de mi nariz y, como si continuara siendo parte de mi sueño, vi como algunos jirones de esta neblina fueron penetrando como serpientes a la sala de la pequeña casa.
Era un efecto que jamás antes había visto en la naturaleza. Era una especie de humo limpio, fresco, que se dirigía a un punto en específico, directo con mis abuelos. No supe qué significaba aquello, cerré la puerta para que el frío no se terminara de meter y la neblina quedara fuera, no era bienvenida. Los jirones que ya se habían colado treparon a la cama de mis abuelos y ahí se desvanecieron.
Me quedé paralizado cuando escuché sus gemidos. Gritos ahogados, como si les hubieran echado un balde de agua helada para despertarlos. Ambos se sentaron, sus movimientos eran iguales, como si fueran un par de marionetas. Habían despertado pero sus ojos eran blancos y de sus orificios nasales, así como de las orejas, se esparcía un poco de esa extraña neblina.
—Bajo tierra se gesta el mal, sobre la tierra existe ya —dijeron al unísono con una voz seca, quebrada, lo cual me aterró. A pesar de la oscuridad, los miraba con claridad—. La muerte es natural, la inmortalidad se crea gracias a la inmoralidad. Podrán existir mil y un males, pero lo que desean crear a nada se comparará.
Al decir eso último cayeron a las camas.
Cuando reaccioné, corrí hasta ellos. Seguían dormidos, cualquier rastro de esa neblina se había esfumado. Sentí sus corazones y respiración, estaba pausada, como si al fin la natural debilidad de los ancianos los hubiera doblegado.
Temí salir y enfrentar la neblina nuevamente, por ello preferí vagar como sonámbulo a la cocina y preparar lo poco que nos quedaba de alimento, todo consistente en una sopa de verduras, pan duro pero sabroso, y no más de medio litro de agua bebible. La sopa, si la administraba, bien nos iba durar tres días pero esperaba para entonces tener otra opción para comer.
Mientras preparaba todo, meditaba lo que vi. Quizá ya me volvía loco, no se me ocurría otra respuesta a lo que me estaba sucediendo. El hambre, la falta de agua y descanso eran la fórmula perfecta para que la mente de cualquiera se marchitara y comenzara a burlarse de la racionalidad natural. En eso pensaba cuando comencé a escuchar de nuevo la palabrería de mis abuelos. Creí que ya estarían exhaustos, pero les llegaron energías renovadas de dios sabía dónde.
—La oscuridad es una amiga, el suelo el enemigo. Ojos rojos. ¡Rojos! —gritaba mi abuelo, rompiendo con el silencio tranquilo del momento.
Mi abuela chillaba, tapándose los oídos, como si escuchara algo que la molestara de veras, al punto de causarle dolor. Yo no sabía qué hacer con ambos, estaban totalmente incontrolables, como nunca antes. En la pequeña casa no tenía a dónde recluirme y estaba claro que no los podía alimentar así como estaban, hechos un completo desastre.
Me di cuenta que algo extraño sucedía dentro de la casa. Por las fisuras de madera, tanto de las paredes como del techo, se filtraba más de esa neblina. Una neblina normal no actúa de aquella manera, se mantiene fuera, no tiene fuerza para penetrar la madera, pero esa sí que lo hacía aunque de una manera sutil que hipnotizaba. Ésta fue empalideciendo la ya de por sí endeble luz de la choza. Se impregnaba en todos lados pero no se mantenía flotando a la deriva, al contrario, fue consiguiendo una forma corpórea.
El miedo me agarró desprevenido. Aquello era inusual y los humanos tememos a lo inusual, y más si era una extraña neblina que tomaba forma de un alto personaje horripilante que parecía brillar con una luz que no existía. No pensé bien lo que hacía, lo correcto en ese momento, creí, fue huir. Abrí la puerta y al tratar de salir el cúmulo se me arrojó, tumbándome de espaldas. Pasó sobre mí como si fuera el torrente de un río embravecido. Me presionaba, quemaba mis ojos y buscaba desprender mi piel. A pesar de que estaba a su merced, me di cuenta de que a mí no me buscaba, iba tras mis abuelos.
Estuve aplastado por unos eternos segundos y de repente, así como llegó, se marchó ahora con suma calma. Me pude levantar cuando ya quedaban sólo restos de vaho, el cual se miraba muy natural. El frío se había acentuado y afuera había comenzado a caer una lluvia incesante acompañada de lejanos truenos.
Corrí a donde mis abuelos. Lo que vi sobre la cama era un par de cadáveres. Parecía como si ambos tuvieran tiempo muertos. La neblina, de alguna forma, se encargó de arrebatarles la vida careciente que les quedaba. No me quedó otra que enterrar ambos cuerpos en la huerta sin importar terminar empapado por la tan ansiada lluvia. La neblina se había fugado casi totalmente pero parecía, desde mi punto de vista, que recorría todo el pueblo como si fuera un invitado peligroso.
Cabe agregar que a partir de ese día las lluvias volvieron como si nunca se hubieran ausentado. Esa extraña neblina vuelve, oh sí, nos visita cada ciertos años y yo la recibo como una vieja amiga. No estoy muy seguro porqué se llevó a mis abuelos, aunque después de tiempo fui escuchando que varios ancianos de edad bastante avanzada perecieron esa madrugada en circunstancias extrañas. Quizá no soportaron lo que la neblina significaba. Como dije, los humanos no podemos racionalizar ese tipo de cosas, extrañas, que no tienen sentido alguno. Yo no me quebré la cabeza, a pesar de que sentía la ausencia de mis abuelos, al fin me sentía libre, pude seguir sembrando y al poco trabajé para las siembras de alguien más, conocí a una mujer y tuve dos hijos, pero esa historia no importa.

Ya soy un anciano y tengo el presentimiento de que mi vieja nube, con su neblina, vendrá por mí antes de que me convierta en alguien tan acabado como mis abuelos. De hecho, sé que está a punto de visitarme porque en esos días tengo unas pesadillas como pocas, veo seres bajo tierra de rostros horribles, y muchas más cosas que desaparecen al despertar, cuando la neblina ya se pasea por el pueblo. Yo salgo a verla con comodidad.   

lunes, 17 de abril de 2017

Reseña Festival de la Blasfemia - Dross



de Dross





Qué onda gente de este multiverso, hoy reseña de “Festival de la blasfemia” de Dross:

Antes de cualquier cosa, debo aclarar un par de cosillas, que, aunque no son de suma importancia, más vale que las haga antes de que alguien salga ofendido sin alguna razón real para ello. Primero, yo sigo a Dross desde antes de que tuviera esta fama arrolladora, cuando no hacía tops y tenía sus característicos personajes. Lo considero como todo un personaje de YouTube que tiene un carisma especial para ser querido a pesar de que parezca hacer todo lo contrario. Otra cosa, desde que escuché que le gustaba leer y amaba escribir, como yo, siempre quise que publicara algo. Pasaron años hasta que pariera su primer libro, luna de Plutón.

La realidad es que no me llamó o llama la atención este libro, prefiero gastar mi dinero o mi tiempo leyendo alguna otra cosa. Tampoco me llamaba demasiado el festival de la blasfemia, pero una amiga me lo prestó y no pude decir que no a esta oportunidad de leer a Dross, o Ángel David Revilla, a pesar de que escuché muchas más críticas negativas que positivas a este libro.

Bueno, ¿de qué va? 
Melchor es un nigromante, un sujeto ruin y despiadado cuya única meta en la vida es hacer merito ante el demonio Ptelhpte para que éste le regale un castillo en el infierno, lleno de sirvientes y putas, además de otros placeres que en vida jamás nunca tuvo. Para ganar estos puntos debe cometer barbaries propias de su profesión, como engañar a idiotas incautos que se creen malotes para al fin entregar esas vidas al demonio. Melchor siente que no está logrando su objetivo, pero Ptelhpte le dice que aguarde, pronto viajaría al infierno a realizar un trabajo especial. Cuando al fin baja se va de espaldas al darse cuenta que su trabajo es matar al mismo príncipe de las tinieblas.

No podría decir más sin dejar atrás un spoiler. El libro para nada es largo, tiene algo así como 150 páginas incluyendo algunas viñetas que narran la historia. ¿Cuál es mi veredicto? 

Como bien es sabido el libro no es esencialmente de terror, sino de un humor negro al puro estilo de Dross que, lo diré de una vez, no me convenció en lo más mínimo. Si bien al ver a Dross en esos vídeos llenos de humor negro, como en los que aparece el troll, muchas veces termino cagándome de risa, no es lo mismo leer estas guarradas que oírlas con su toque especial, y creo que ese es un gran fallo. En ningún momento me hizo reír ni siquiera un poco, de hecho, muchas pinceladas de humor se me hicieron puestas con calzador y sin sentido, eran pocas las que sí calzaban pero que no causaban un gran efecto. Todas las obscenidades y, vamos, blasfemias del libro parecen pensadas por un adolescente.

En mi más humilde opinión, esta historia hubiera estado mejor sin todo ese humor. Si Dross se hubiera esmerado en crear una historia de terror puro, quizás hubiera conseguido algo bueno porque a decir verdad la trama o la idea esencial no es tan mala, simplemente le hacía falta una buena pulida para conseguir algo que se podía desmenuzar en una buena historia de demonios, infierno y personas crueles sin amor a la vida. 

El libro fácilmente pudo ser narrado como relato de algunas pocas páginas sin problemas. Siento que le sobró mucho, como todas esas viñetas mal dibujadas a mi gusto, y eso que no soy experto en comics ni nada. A la par hicieron falta más detalles y esta historia necesitaba ser más grande, pero en el buen sentido: que la trama se hiciera más poderosa, enrevesada y prolífica, aunque eso no sucede porque obviamente el libro no tiene otro objetivo que entretener y lo logra, eso sí. Lo logra porque es una historia corta y nada difícil de entender. Se podría leer en unas cuantas horas sin más. Te distraería un poco, y, si eres fan de Dross, conocerían un poco de su imaginación, que al fin de cuentas no es tan mala. Cabe mencionar que los escenarios son buenos, así como las criaturas, aunque ya todos conozcamos a la mayoría, de entre las que hay duendes elfos oscuros, homúnculos, golems, y todo eso.

Les recuerdo, si están buscando o esperando una historia de terror en El festival de la blasfemia, no la van a conseguir. Tampoco una obra cargada de humor negro del bueno. Lo que sí tendrán es una narración competente sobre un sujeto que es un hijo de puta, el cual baja al infierno y conoce algunos seres de pesadilla, intenta asesinar al más grande de los demonios y ya, en realidad no hay mucho más. Sin mencionar que el final es bastante simplón.

Algo que me llamó la atención fue que al final del libro viene la fecha del inicio y final de la escritura del libro. Del 13 de noviembre de 2011 a 23 de mayo de 2013. Está bastante claro que en este lapso Dross no enfocó todo su tiempo en escribirlo, ya que un libro así estaría fácilmente terminado en un par de meses. Pero no olvidemos que hay autores como Martin que tardan barbaries en sacar un libro, aunque sí, a diferencia de este son enormes y están escritos de la puta madre, no se comparan ni un poco con el festival de la blasfemia.  


Calificación personal:



lunes, 10 de abril de 2017

I. El Espantapájaros - Relato de terror (Serie HH)








Nací en 1909 en una familia necesitada. En realidad por ese entonces la economía general del lugar estaba a la baja, los empleos escaseaban y los vendedores ambulantes dejaban de transitar. Sólo éramos tres: mi madre, padre y yo, y aun así no nos ajustábamos para comer el pan de todos los días.
Los años pasaban, inclementes, y nuestra situación no mejoraba. Yo tenía diez años cuando salía a las calles no para mendigar monedas, sino para encontrar alguna forma de ganarlas. Las cosas empeoraron cuando mi madre flaqueó ante la debilidad impuesta por la depresión: éramos pobres y mi señor padre se convirtió en el típico alcohólico que necesitaba escapar de la realidad que nos embargaba día a día. Si se ganaba algún dinero, lo gastaba en un abrir y cerrar de ojos en la sustancia que le permitía vivir sin preocupaciones. Por mi parte no podría conseguir un trabajo que durara más de un par de días; las personas no contrataban a un niño para trabajos de sol a sol.
 Más temprano que tarde mis salidas a la calle se convirtieron en búsqueda ahora sí de comida. Mendigaba donde podía, principalmente en el mercado y las inmediaciones de éste. Si la situación lo ameritaba, no me importaba hurtar; mi madre necesitaba alimentarse. Cada día estaba más débil y las energías y ganas de vivir se le escapaban del cuerpo.
Sirvió de poco cualquier esfuerzo que hice: cuando yo tenía diecisiete años ella se marchó al cielo, dejando a un joven triste y sin esperanza de vida. Fue la única persona por la que tuve sentimientos, los cuales fueron correspondidos. Mi padre, por otro lado, ni se inmutó con la pérdida, quizá sintió un gran alivio: un peso menos acuestas. Me abandonó, se largó a otro pueblo a seguir con su mediocre vida.
Sucedió en septiembre de 1931, yo era un vago hambriento que no encontraba una manera digna de sobrevivir más que seguir robando, para ese entonces ya era muy bueno haciéndolo. En el extremo sur del pueblo existía un barrio de ricachones en donde los mercaderes poseedores de ganado y tierras vivían tranquilamente, ajenos de toda penuria y hambre. En una noche decidí ir a robar una casa pegada al linde del barrio, así podría huir a los gigantes campos y esconderme para que nadie me viera ni la pista.
Eran las tres de la madrugada y todos estaban sumidos en el mundo de los sueños. No aguantaba el hambre, y la desesperación me devoraba convirtiéndome en un títere sin voluntad. El cielo se engalanaba con una gigantesca luna brillante y llena.
Me acerqué como una sombra a la casa y trepé como un gato a la ventana más próxima. Entré con maestría, cuidándome de que ningún ojo metiche se posara sobre mis pasos. Conseguí estar dentro en un par de minutos. La idea era simple: encontrar algo de valor, lo que fuera que me ayudara a sobrevivir un par de meses, luego saldría a toda carrera en dirección de los sembradíos. Pero la cocina, cercana a la ventana, me llamó más la atención que cualquier tesoro a pesar de que a esa hora no desprendía algún aroma apetitoso. Me metí y hurgué hasta encontrar algo comestible; ahora mismo ni siquiera recuerdo qué cosa comí, pero lo hice como si tuviera días sin comer y, tal vez, los tenía.
Se escuchó un ruido que me alarmó; fue precedido de una mujer con una lámpara en la mano. No me dio la posibilidad de huir. Traté de esconderme en una esquina y quedarme bajo el camuflaje de la negrura. No fue suficiente; aquella mujer rubia y alta me miró y empezó a temblar tanto como si hubiera visto una rata gigante. Bueno, eso era yo y mi aspecto seguro era deplorable. Traté de explicarle, me acerqué a ella pero lo interpretó como una agresión; corrió por el pasillo que conectaba la cocina y su habitación, al otro extremo. Con seguridad iba por la ayuda de su esposo o por un arma. Oí sus pasos por el suelo de madera y, ni siquiera un minuto más tarde, escuché cómo su cuerpo caía de las escaleras. Debido a la lobreguez de la enorme casa no vio bien y rodó como un peso muerto hasta el primer piso. Yo estaba paralizado. Todo fue tan rápido.
Me acerqué con cuidado a ver el cuerpo de la mujer tendido en el piso inferior donde la luna me mostraba, además, un enorme charco negro de sangre, como indicándome lo que hice.
Fue cuando su esposo salió de la habitación, todavía con cara de sueño, pero con un rifle entre las manos calludas. No me vio muy bien; corrí a la cocina antes de que me distinguiera de entre las tinieblas. Oí cómo bajó y tengo clavados como cicatrices que no curarán, sus gritos y lamentos. Por mi culpa su esposa murió. Debes comprender que esa no fue mi intención. El hambre me había orillado a hacer todo, mi voluntad era casi nula.
Corrí como si tras de mí me siguiera la enorme bestia de la justicia unida al demonio del remordimiento y de la conciencia sucia. No volteé, seguí hasta los enormes campos y me interné a los maizales donde nadie me vería. No estaba seguro si el ricachón me vio huir y por qué camino. En ese momento en lo único que pensaba era en huir lejos y jamás volver, pero tropecé con lo que creí fue una raíz, al caer y ver mejor con la luz de la luna identifiqué a un anciano hincado, en una mano tenía un trapo sucio. Antes de irrumpirlo limpiaba una enorme calabaza verde, de las mejores que jamás he visto.
Supuse que ese encuentro significaba mi fin: el viejo con seguridad me delataría. Yo estaba nervioso, asustado; huía, eso estaba claro, hasta un ciego se hubiera dado cuenta de ello. A la mañana siguiente se sabría por todo el pueblo del asesinato de esa mujer y lo enmascararían como un acto de vil cobardía. En cambio lo que sucedió fue inesperado: el anciano se alzó y me tendió la mano. Tenía una cara arrugada con enojo, a pesar de eso me habló con buenos modos y me ofreció trabajo. Me comentó que ya estaba viejo para limpiar las calabazas de su huerto, la espalda lo mataba y lo torturaba. Supuse que él era un trabajador pero me confesó, para mi sorpresa, que era uno de los hombres ricos del barrio. Amaba sus cultivos y le gustaba tenerlos limpios. Mi trabajo consistiría en limpiar las calabazas y eliminar las plagas, así como mantener alejados los cuervos y otros intrusos. Dudé en aceptar, pero cuando me ofreció vivir en su mansión y darme las tres comidas al día, todas las dudas se esfumaron.
Mi patrón parecía sufrir alguna enfermedad mental; limpiar calabazas era, a todas luces, algo que carecía de lógica. Por mi parte no refutaba sus órdenes porque me mantenía vivo en una casa cómoda donde tenía una habitación para mí solo.
Sus trabajos los realicé todos los días por dos años. Su mansión no tenía mayores lujos, era como una casa sencilla pero enorme. Solo había una trabajadora encargada de la mayoría de labores. Cabe mencionar que poco a poco me percaté de que el viejo mostraba otros síntomas de locura: tenía una silla mecedora en su habitación que daba a sus maizales, y se quedaba viéndolos por horas como si fuera la más increíble de las maravillas. Estaba orgulloso de su trabajo, o lo extrañaba.
La senil locura del viejo tiene justificación. Comenzaré a decir que mi mente también presentó fallas mientras mi trabajo duró. Cuando limpiaba, hasta entrada la noche, las calabazas, creía sentir que alguien me vigilaba desde las lejanías, entre las altas milpas. Eso no era todo, a veces me daban ardientes ganas de comer las calabazas del viejo, lo cual estaba estrictamente prohibido. El hombre tampoco me mandó a recolectarlas, desaparecían de un día para otro. Me decía que eso estaba bien, así debía ser. No las cogía un ladrón, lo cual me intrigaba y tampoco descubrí nunca a los recolectores, suponía yo, contratados por el viejo.
Un día mi curiosidad fue tal que hice algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida. Como todos los días, me metí a la casona alrededor de la una de la madrugada, cuando terminé de ayudar a la empleada a limpiar el porche y el lindero de los cultivos. Me acosté en mi vieja cama pero no cerré los ojos. Me lo pensé un buen rato, la curiosidad y las ansias por conocer la verdad no me dejarían dormir, de eso estaba seguro.
Retomando mis habilidades de ladón, salí a hurtadillas por mi pequeña ventana sin ser detectado. Me interné en el maizal con paciencia y calma. La luna me señalaba los caminos, aunque ya me los sabía de memoria. Antes de entrar a la parte de las calabazas, me oculté entre las hierbas más tupidas. Quería ver quién se comía aquello por lo que yo trabajaba arduamente.
Pasaron horas. El sueño había relegado a la curiosidad. Pronto darían las cinco y mi trabajo iniciaba a la siete. Necesitaba dormir. Me acerqué, atontado y molesto, a las calabazas y me puse en cuclillas para verlas. No tenían nada de maravilloso. No sabía por qué el viejo me hacía limpiarlas todos los días. Me levanté y fue cuando sentí una presencia. Sin voltear supe que alguien estaba tras de mí, tal vez era el viejo con una terrible cara de enojo, listo para echarme de su propiedad y dejarme morir de hambre. El frío se intensificó y mi piel se erizó. Mi corazón se atenazó y mis pies se engarrotaron. No, no voltearía. Aquello no era normal.
Me quedé como una estatua, una visión ridícula sin duda. Lo único que vi fue una larga y delgada mano que pertenecía a una alta sombra. Esa cosa tomó una de las calabazas más grandes con una sola mano, eso me dio una idea del tamaño del sujeto. El terror siguió aumentando pero a pesar de eso me animé a ver de reojo lo que se comía aquellos frutos. La silueta que se proyectaba describía a un ser bastante alto y delgado. Sus miembros eran largos y su rostro no se apreciaba. Se comía la calabaza con un hambre que me recordó a mí en mis tiempos de vagabundo.
Cuando acabó de engullir todo el producto, dio unos pasos flojos hacia mí. Fue cuando reaccioné. No recuerdo muy bien a partir de ese instante, sólo corrí, lejos, lejos. Llegué a la casona en un par de minutos, jadeante, sudoroso, temblando. Toqué la puerta como un condenado, y el viejo salió con su viejo rifle listo para cualquier cosa.
Me asaltó con preguntas. Me regañó como ni siquiera mi padre había hecho alguna vez. Me prohibió trabajar en los maizales por la mañana, él haría la limpieza. No me despidió lo cual dejó en mí algo de paz. Me encerró en mi cuarto sin la posibilidad de salir. No comí ese día, de cualquier forma hambre me faltaba. Me quedé acostado, pensando qué sería ese gigantesco ser. Una ridícula idea asaltó mi dañada mente: un espantapájaros.
Me asomé por la ventana que daba a los campos y caí en la cuenta de que jamás un solo cuervo, grajo o alimaña había interferido con la siembra. Tal vez se debía a mi presencia puntual de sol a sol. Ya había revisado la mayoría del campo y jamás me topé con un espantapájaros ni nada parecido. La parte más racional de mi joven mente me decía que la presencia se trataba de algún hambriento vagabundo que el viejo ayudaba a su forma; tal vez un retrasado mental con problemas en el cuerpo. Yo era un ignorante, no sabía demasiado de enfermedades, ni físicas o mentales, sólo estaba conscientes de que existían.
El día siguiente fue peor. Salí de mi habitación temprano, supuse que mi castigo se había terminado: ya habían abierto el cerrojo. Busqué al vejo en la casona, sin respuesta. Salí al campo solo para ver, junto con los rayos de sol de un nuevo día, un montón de cuervos sobre el maíz. Eran miles, una plaga. Me asusté y retrocedí, sentí que los animales me iban a atacar. El conjunto parecía más bien un enjambre de abejas mortíferas de esas que asesinaron al hermano de mi madre.
Me encerré y vi el espectáculo desde la habitación del viejo, done existía una mejor vista y la ventana tenía protección con alambres.
Los animales acabaron su trabajo en una hora y se escaparon al cielo del día formando una oscura nube de malos presagios. El campo quedó transformado en una escena de devastación total. Salí con premura y me interné en él. Temía lo peor; el viejo no regresaba y todo indicaba a que había permanecido en el campo cuando las aves atacaron.
No quedaba nada, ni calabazas ni una sola mazorca. Lo único que encontré fue el rifle del viejo manchado de sangre. Nada más. Aterrado, regresé a la mansión y busqué a la trabajadora pero tampoco la encontré; debió de haber huido al ver el tumulto de pájaros.
La casa no estaba lejos de las demás, pronto los vecinos iban a estar husmeando. Temí que me descubrieran, el asesino de aquella ricachona. Regresé a mi habitación por el resto de mi dinero. Me sorprendió ver una caja de madera con las iniciales del viejo talladas. Al abrirla, un puñado de moneas de oro me saludaron. El viejo había estado en mi habitación, no estaba muerto. Lo llamé a gritos pero no lo encontré. Y así, sin esperar nada más, salí corriendo, huyendo de esa casona.
Con un gran temor en mi corazón, escapé por la única salida: los campos devastados. Recordé al ser, y sentí su imponente presencia tras de mí. No volteé, corrí y seguí corriendo hasta saltar el cerco de piedra que daba a una calle apiñada al bosque. De nuevo, algo me obligó a mirar de reojo. Era alto, pero ya no me seguía, no podía escapar más allá de los campos del viejo. Tenía, en efecto, un aspecto de espantapájaros pero, a pesar de estar demasiado alejado, distinguí facciones mucho más terroríficas e incluso, de esto aún no estoy totalmente seguro, me di cuenta de que su rostro era humano, portaba una especie de máscara de piel.
Me refugié en la espesura del bosque un par de horas hasta que me tranquilicé y el miedo comenzó a fugarse. Pensé, entonces, en qué hacer. Tenía dinero, pero levantaría sospechas. Algunos me reconocerían. No muy lejos estaba el camino para salir del lugar, pero el encanto del pueblo me obligó a tomar la decisión de regresar, oculto, y buscar una mejor vida.


compartir en facebook compartir en google+ compartir en twitter compartir en pinterest compartir en likedin