martes, 11 de julio de 2017

VII. La herencia - relato de terror (Serie HH)





Debes comprender que para lograr la tan deseada inmortalidad un humano puede llegar a realizar diversos actos, algunos bastante simples pero significativos como, por ejemplo, escribir un libro, acciones de buena fe que lo lleven a la historia, construir o desarrollar obras de arte memorables, pero esa sólo es una inmortalidad efímera, en realidad el sujeto muere aunque parte de él siga en el mundo.
Entonces, si existiera una forma de vivir aunque sea una segunda vida después de muerto, ¿de verdad la desaprovecharías?
Del viejo se decían muchas cosas. Un ser huraño recluido en una inmensa casa, el arquetipo de solterón con dinero. Lo que la gente desconocía del todo era la inteligencia de este personaje. Si no se casó fue porque entendía que la soledad puede llegar a ser la mejor compañía. Gustaba del silencio y de ser tacaño. De joven trabajó bastante duro y se fue metamorfoseando en un ser conocedor de las finanzas, un experto manejador del dinero. Aprendía como un condenado, y no se le escapaba nada. Ganó mucho y al mismo tiempo perdía varias cosas que un humano no debe perder: la alegría, y las ganas de salir y conocer más allá de los libros.
Mientras envejecía, su humanidad decaía y sólo buscaba agrandar su ya imponente fortuna. En su enorme mansión acumulaba torres de libros que leía religiosamente día y noche. Sólo una criada trabajaba para él, la misma realizaba todo el aseo y las comidas. Cabe mencionar que, por si fuera poco, tenía que recordar al viejo cuando ya era hora de comer o de lo contrario éste no se daba cuenta que su estómago pedía alimentos. Prefería alimentar su cerebro.
Por aquél entonces aún se miraban —aunque ya rara vez— mercaderes en sus carrosas jaladas por un par de caballos. Ya algunos habían tocado la puerta del viejo antes, pero nunca transportaban cosas enserio interesantes, pero un buen día se topó con uno que llevaba algunos libros. El hombre, cuando su sirvienta le avisó el hecho, dejó su lectura y bajó a toda carrera. Nunca antes había visto esos libros, y se limitó a leer o a preguntar de qué iban unos pocos, al final compró todos. El mercader insistió en que algunos libros necesitaban ser acompañados de talismanes y objetos con energías positivas; el hombre comprendía de aquello, había leído ya algunos volúmenes que hablaban de objetos que contenían una especie de misticismo, desde energías hasta cualidades curativas. Los compró también sin reparar en si era un engaño del mercader para vender un puñado de piedras, collares y cosas que no se le vendían.
Como fuere, lo interesante era el botín de libros, la mayoría bastante viejos escritos en papel amarillento y apergaminado, cocidos a portadas desgastadas. Él sabía que, al igual que en las personas, entre más antiguo era un libro podía, con seguridad, contener más sabiduría e importancia.
Los chismorreos de la gente pueden ser o una incómoda verdad, una verdad modificada. O una rotunda mentira. Se susurraba en las calles del pueblo que el viejo fue absorbido por una especie de magia oscura proveniente de los libros que consiguió del mercader, su sirvienta era la que más se atrevía a asegurarlo. Decía que los libros lo habían consumido casi por completo; poco comía y le dejó de importar el dinero casi en su totalidad. Pero eso era lo de menos. La mujer, decía, comenzó a escuchar cosas en toda la casa, ver sombras de refilón que iban y venían, y, al parecer, el viejo hablaba solo o, muchos decían aderezando quizá la historia, con seres de otro mundo o demonios. Como fuere, murió al cabo de un año desde que adquirió los libros.
Su muerte avivó más las historias sobre el viejo, pero las mismas se quedaron sólo para asustar a los más débiles. Poco a poco la gente se fue olvidando del personaje hasta que cierto día, pasado otro año, llegó al pueblo una pareja joven, recién casada que justamente estaba ahí debido a la llamada del testamento del viejo. El muchacho era su sobrino, su único familiar además de su hermano menor al cual no dejó ni una mota de polvo de su enorme casa.
Se le hizo raro a todo mundo que el viejo haya dejado su fortuna a un joven que no era del pueblo, lo cual significaba que poco o nada lo había visto en el pasado. Para ser sinceros, todos creían que la última voluntad del amargado tipo iba a ser que enterraran todo su dinero con él.
Cuando se le preguntó al joven, porque claro nadie se aguantó sacarle la verdad, él mismo anunció que le había sorprendido que su tío rico le hubiera dejado la fortuna, no parecía algo lógico de ninguna manera, aun así había utilizado dinero del viejo para su boda y para marchar hasta el pueblo donde la vieja casa era suya junto con otro puñado de tesoros. No parecía haber mayor misterio.
A decir verdad, la joven pareja se fue acoplando bastante bien a la rutina de un pueblo sin mucho que ofrecer. Salían a pasear a los parques, socializaban con quien así lo quisiera y consiguieron varios amigos en poco tiempo. La gente se dio cuenta que el sobrino no tenía nada que ver con el amargado tío que había permanecido recluido hasta el final de sus días.
Los amigos de la joven pareja le comentaban a menudo, y más cuando eran invitados a la mansión, todo lo relacionado con el viejo occiso y la leyenda que se había construido sobre él. El desenfadado joven estaba tan agradecido con su tío por haberle heredado una gran fortuna que tomaba las historias como simples cuentos exagerados que, si bien podían atraer a cierto público, no tenían la mayor relevancia en él.
Aunque no le atraían las historias de su tío fallecido, un día dio con esos misteriosos libros de los que la gente hablaba. Ya había vendido un gran número de ejemplares importantes, le estorbaban en su casa y, aunque al inicio quería dejarlos todos para honrar a su amable tío, se dio cuenta de que ocupaban espacio útil, y más porque pronto tendrían a un nuevo miembro en la familia: su esposa estaba embarazada y la felicidad de ambos estaba desbordándose.
Pero esa decena de libros viejos era interesante tanto por las historias como por su forma. El hombre poco o nada sabía de libros a decir verdad, pero incluso él entendió la importancia de esos volúmenes. Los liberó del ático donde estaban en un baúl y los colocó en su sala. En el baúl, además, encontró ciertas baratijas que le parecieron bonitas; monedas, collares, pulseras, guardapelos, piedras, anillos… No parecían muy caros pero eran bonitos.
Liberar esas memorias de su tío fue un error que al inicio no comprendieron del todo. Sabían que algo raro comenzó a sucederles desde ese día, más no el por qué. Comenzaron a vislumbrar una especie de sombra que aparecía de repente, rondando en toda la casa. Desaparecía casi al instante pero poco a poco cayeron en la cuenta de que ninguno de los dos se lo imaginaba. El joven, entre razonamientos parte lógicos y parte descabellados, supuso era el fantasma de su fallecido tío.
Temía que hubiera regresado de su tumba, molesto por que su sobrino, al cual amablemente le había dejado la fortuna y la casa, se hubiera deshecho de su tesoro más importante según los pueblerinos: los libros, sus amantes de papel, letras y conocimientos. Sin embargo, no estaban totalmente seguros que la presencia fuera su tío, ni que estuviera enojado, en realidad, si de algo sobrenatural se trataba, era indefenso más allá de causarles leves sustos de vez en cuando. Con todo se acostumbraron a verlo.
Un día el joven salió al pueblo a caballo en busque de algunos víveres, su esposa se había quedado en cama, no faltaba mucho para que diera a luz. Cuando pasó frente de una cantina, un hombre gordo y feo le salió al paso con un ceño que delataba su furia.
—¡Te atreves a pasar por aquí después de lo de anoche! —le gruñó—. Menudo lío armaste. Me debes una buena pasta.
—Discúlpeme, buen hombre —respondió con toda la cortesía que era capaz de dirigirle a un tipo como aquél—. Creo que me está confundiendo. Toda la noche me la pasé en mi hogar, la vieja mansión.
—No, usted es famoso en el pueblo, el sobrino del viejo, es difícil de olvidar su rostro a pesar del tiempo.
—Mire, parece ser que busca sacarme algo de plata. Si yo hubiese hecho todo lo que argumenta, lo pagaría sin problemas, pero quienes me conocen saben que no soy de salir solo a beber y menos en un lugar como el suyo —dijo buscando ofender al hombre aunque sin sonar del todo maleducado—. Si me disculpa, debo seguir en lo mío. Que tenga una buena mañana.
—Maldito, dejarás de ser familiar del viejo.
A regañadientes, el tabernero dejó pasar al joven.
Esa fue la primera vez que le ocurrió un incidente en el cual lo vieron a deshoras, pero no el último. No pasaron ni dos días desde su enfrentamiento con el tabernero cuando una mujer le cerró el paso cuando él y su esposa paseaban por un parque del pueblo. La desconocida, una joven de veintitantos, de porte elegante y bella figura, estaba molesta hasta lo indecible.
—¡Pirujo! —le gruñó—. Eres un poco hombre, mi señor. Prometiste dejar a esa suripanta por mí. Ella es viaja, dijiste, y me conquistaste en una noche, así, con promesas vacías —continuaba con algunas lágrimas en los ojos.
—¿De qué demonios hablas? —preguntó el joven con el ataque de una sensación de deja vú a cuestas—. No te conozco, mujer. No sé si me confundes o esto es una treta para sacarme dinero. Si es la segunda, ruego que desistas porque si mi familia aporta algo es a los pobres y hambrientos, tú, en cambio, pareces ser de buena cuna.
—Claro, mejor cuna que la tuya. No necesito tu dinero. Me prometiste amor, algo que ya me habían prometido y a cambio me diste, como los otros, mentiras que creí como la idiota que siempre he sido. No, buen hombre, sólo quería que esa supiera la clase de hombre que eres.
—No lo creeré —arremetió la esposa que hasta ese momento, espantada, había sido una mera espectadora al igual que algunos otros que, disimulando o no, llegaban hasta ese punto para rescatar algo de la discusión y así tener algo de qué hablar más tarde—. Mi marido ha estado conmigo noche tras noche, de lo contrario me hubiera dado cuenta. Así que haznos el favor de regresar por donde viniste, mujer, y métete en tus propios asuntos.
La otra, furibunda, deseaba estallar y, quizá, asesinar a ambos ahí mismo, pero no era una mala mujer y al ver el avanzado embarazo de la mujer, se desistió, dio media vuelta y desapareció.
La mente del joven se fue ocupando por esos asuntos extraños y únicos. Nunca antes, en su ciudad natal, lo habían confundido. Se había mudado a un pueblo que, aunque más pequeño, era grande de igual manera y dudaba que existiera un hombre lo bastante parecido a él. Sería, pensó, muy curioso tener a un gemelo perdido o una especie de doble. Era ridículo imaginarlo, sin embargo cuando llegó la tercera vez, al siguiente día, en verdad se asustó.
Esa vez un hombre tocó a su puerta, molesto como los anteriores.
—¿Diga? —preguntó el joven.
—Ayer, por la noche, me fueron hurtados algunos libros y según testigos a quien he de agradecer esa gracia es a usted, buen hombre. Si tanto dinero presume que tiene, no entiendo por qué no compró sus propios ejemplares.
—¿Yo? A mí ni siquiera me gusta la lectura, buen hombre. No comparto esa afición con mi fallecido tío.
—Tal vez los informadores se equivocaron, si es así, le doy mis disculpas. Pero no sólo fue una persona quien me dijo, fueron varias. Según ellos, pasó por el barrio sin ocultarse, como presumiendo su fechoría, con mis libros en las manos.
—Si gusta —dijo ya el joven, irritado— puede pasar a mi hogar y revisar que todo está en orden. Los pocos libros que tengo eran de mi tío, ya vendí la mayoría.
—Sí, incluso yo compré algunos. Pero esos ejemplares eran únicos, su tío siempre deseó comprármelos y siempre me negué. Aceptaré su atenta invitación de ingresar a su hogar.  
—Perfecto, buen hombre. Pase, pase que el frío se acentúa fuera —le decía mientras realizaba un ademán insistente.
El hombre ingresó, decidido a revisar hasta el último rincón de la mansión si con ello encontraba evidencia de que el hombre era un ladrón. Tras de él la puerta se cerró sin hacer demasiado ruido pero algo, una voz interior o la intuición de alarma que todos poseemos, le dijo que había cerrado así también su sentencia.
Y no era para menos. En la mansión se sentía una vibra pesada, como si todas las historias macabras sobre el antiguo dueño fueran realidad. Algo no estaba bien en el lugar, pero su anfitrión caminaba muy en paz, inclusive silbando alguna pegajosa melodía.
De fondo comenzó a escuchar música clásica y una luz clara se filtraba por los enormes ventanales de la sala principal donde se encontraba un salón que antaño había sido la librería más grande del pueblo.
El señor deseó huir al ver a la mujer del joven muerta en mitad del recinto. Vestía de negro y la sangre mancillaba cualquier rastro de belleza en ella. La habían cortado en trozos, como si fuera un cerdo. Tenía tanto los brazos como las piernas abiertas, y de estas sobresalía un bulto sanguinolento que, de no haber sucedido la tragedia, se hubiera convertido en un perfecto bebé.
Alrededor del cadáver había un montón de inscripciones, algunas veladoras, objetos que, ante los ojos de cualquiera, eran baratijas y algunos libros abiertos a conciencia en la página adecuada. La sangre de la mujer manaba en finos hilos hasta ellos.
—Es irónico y extraño —comenzó el joven con una pacífica voz, como si su esposa y su nonato no estuvieran tirados en el suelo—. Sí. La muerte da vida. ¿Sabe? Pero es difícil lograrlo, incluso alguien como yo. Yo, que estudié años y años. ¡Ah! La vida, creo que es incluso más extraña que la muerte, ¿sabes, viejo amigo?
—¡¿Qué has hecho?! —espetó cuando al fin consiguió respirar—. ¡Monstruo!
—Nada de eso, viejo amigo. Los monstruos son más aterradores que un mortal que ha conseguido un favor del Reino Incomprendido. Un pequeño favor a cambio de una vida. Sí, una vida fuera de pecado. Una vida original, prístina. Ahora, temo que tus días han terminado. Pero no te preocupes, a veces la muerte es mejor que la vida, pero no se disfruta igual.
Lo que siguió a esas palabras debe estar claro. El hombre no se convirtió en un asesino, a pesar de lo descrito. Su secretó se encerró tras las paredes de la mansión la cual se creyó abandonada desde ese día, mas aseguro que él está ahí, feliz, disfrutando de una vida que no es suya, aunque el dinero si lo fuera. Pero ya no es como antes, reservado, siempre con las narices sobre un libro, escuchando música clásica en su tibio hogar. Ahora sale a fiestas, bebe, folla como poseso y de vez en cuando conquista a las jovencitas. Disfruta una vida que no tuvo viviendo como parásito.   


martes, 20 de junio de 2017

VI. El columpio - Relato de terror (Serie HH)



Relato en vídeo (narrado):






Siempre creí que las pesadillas nacían luego de cerrar los ojos. Así está bien, uno despierta asustado pero vuelve a dormir; o si es muy niño sólo se dirige a sus padres por un pronto consuelo. El problema es cuando las pesadillas se instalan con comodidad en nuestra realidad. El miedo que arrastran consigo nos ata de manos y pies, alterándonos. Viví, efectivamente, una pesadilla que, a pesar de ser terrible, no me sucedió a mí. Yo fui, en todo momento, una mera espectadora de un espectáculo que me costaba comprender.

Me contrataron como niñera una bella mañana de primavera. Estaba buscando trabajo desde hacía tiempo para ayudar a mis padres. Tenía diecisiete, aún aprendía de la vida y hasta ese punto desconocía que existieran monstruosidades ocultas en algo tan verosímil, cotidiano, como lo es la naturaleza que nos rodea.

El caso es que debía cuidar a una pequeña de tan sólo cinco años menos que yo. Me preocupaba que fuera tan viva para su tierna edad; preguntaba mucho y siempre tenía los ojos abiertos a lo que la rodeaba. Le gustaba jugar fuera de la casa, en el jardín que formaba parte de un trecho del bosque. Era un lugar ideal para que ella y su perro vagaran, patalearan y brincaran si problema alguno. Sus padres eran personas de trabajo y en las mañanas se apartaban de la niña, incluso los fines de semana, días que me tocaba cuidar de ella.

Luego de algunos meses en el trabajo, se convirtió en una hermana para mí. No era como yo, más reservada, tímida y, aunque me gustaba aprender, mi amor no era tanto como el de la niña que preguntaba cualquier cosa que desconociera. Para mi desgracia, pocas veces tenía las respuestas que la complacían. Se podría decir que me regaló, mientras estuve con ella, algo de su espíritu aventurero y sus ganas de jugar y conocer.

Un fin de semana ella me recibió, expectante. Su padre le había hecho un pequeño regalo. En el jardín le colocó un columpio. Había dos enormes y gruesos árboles muy juntos que tenían ramas cortas pero tan firmes que de cada una amarró la cuerda del columpio. La base era una tabla de madera.

La pequeña me esperó para estrenarlo juntas. Yo dejé mis cosas en su casa con premura y me dirigí al jardín con ella y su perro. La pequeña destilaba una felicidad acaramelada, inocente, que me contagiaba. No me di cuenta de que poco a poco amaba estar con ella, mi pequeña hermana, mi amiga.

Era tan sencilla que un simple columpio provocaba sensaciones en ella que, en la actualidad, los adultos buscamos en cosas tan trilladas a las que les damos suma importancia, como un férreo amor, objetos de valor o cosas que no podemos conseguir.
—Ven. Ven. El columpio nos espera. Columpi-pilo, colupi-o —canturreaba con alegría, y su perro, a su lado, parecía bailar las sonatas que componía su ama.

Le seguí la tonada, silbando, ella a coro. El cielo, como dentro de todos esos días, estuvo claro, con un despampanante sol.

La niña se montó en el columpio y yo me limité a empujarla con cuidado. Así duramos un buen rato, y cuando bajó me miró a los ojos. Noté en su rostro algo extraño, estaba como pensativa.

—¿Es bello el amor? —me preguntó mientras se giraba para examinar los árboles que sostenían su columpio.
—Depende —le dije con curiosidad, no estaba segura a qué se debía tan extraña pregunta para una niña.
—¿De qué?
—Pues de qué tipo de amor. A veces no es bonito por muchas razones.
—Me gustaría saber si es bueno o malo el que ellos tuvieron.
—¿Quiénes?
—Los árboles. Estaban enamorados.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, curiosa, mirando sin darme cuenta el par de árboles.
—Me lo mostraron —dijo con simpleza y dejó de observarlos para dedicarme una sonrisa despampanante y llena de inocencia.

Ese día no tocó más el tema. Jugamos con el perro en el lindero del bosque, fuimos por algunas compras y la dejé por la tarde.

Al día siguiente la volví a ver.

La noté más taciturna, encerrada en sus pensamientos. Me daba miedo que estuviera enferma, pero no presentaba algún síntoma de tal cosa. Al terminar de comer, me pidió que fuéramos al columpio. Escuchar su melodioso canto me alivió un poco de mi preocupación y, contenta, la acompañé al enorme jardín donde su perro nos aguardaba.

Subió y, tal como sucedió el día anterior, al bajar estaba seria como pocas veces la había visto. Esperé y su extraño comentario no se hizo esperar.

—El amor es raro —me dijo—. Se amaban, pero no se pertenecían. Odiaban a todo mundo por ello. Siento su dolor y su frustración.
—¿Qué cosas dices? —le pregunté, colocando instintivamente mi mano en su frente pero no encontré lo que buscaba: muestras de calentura.
—Me refiero a los árboles, aunque creo que antes fueron personas. Hombre y mujer. Se amaban, pero no se podían tener. Eso los llenó de amargura, enojo. Lo sentí, lo vi.
—Cariño, no sé a qué te puedas referir, son sólo árboles, te lo aseguro.
—Árboles. Sí, eso creo —dijo por responder algo, sin embargo siguió reflexiva.

Murmurando para sí, se dirigió a la casa sin invitarme a seguirla. Yo me limité a apreciar su andar, parecía una marioneta caminando en línea recta movida por una especie de pesimismo que yo no comprendía.

Miré los árboles, como cuestionándoles. Me sentí algo tonta; claramente un par de árboles no eran culpables de causar en la niña esos sentimientos encontrados. Me dirigí a la casa y la hallé sentada, leyendo una novela infantil inofensiva. Yo limpié algunas cosas antes de marcharme.

Esa fue la primera vez que, al irme, no se despidió.

Cada uno de los días de la semana siguiente me pregunté si estaba bien. Algo la había cambiado de un rato para otro, cualquiera que la conociese se hubiera dado cuenta, incluso sus padres. Yo no era más que la niñera, no debía interferir en su familia más que para trabajar. Como fuere, quería a la chiquilla y estaba preocupada por ella. La semana transcurrió lenta, entre mis estudios en la escuela del pueblo, ayudar a mis padres, y la fastidiosa angustia.

El sábado que regresé, su padre me interceptó antes de que pudiera siquiera entrar a la casa. Estaba alterado, y al ver su rostro supe varias cosas; una era que la pequeña había empeorado, la segunda era que yo era una sospechosa de ese cambio. El hombre no estaba para nada contento.

—¿Qué le ha pasado? —quiso saber—. Mi niña no es así, desde el pasado fin de semana ella es más… reservada. Es como si su fuego interno se hubiera apagado, ¿me entiendes lo que digo?

Yo, espantada, le traté de explicar todo lo que había sucedido. Todo lo que comprendía.

—Mira, en la semana que viene, si no mejora, llamaremos al doctor. Se me hace tarde para ir al trabajo. Mi mujer ya tiene rato que salió. Lo único que te pido es que no alteres su ya frágil estado. No sé qué cosas le cuentes o digas, pero ha creado de la nada una historia absurda sobre los árboles del jardín, por ello le impedí salir. Así que quédense en la casa o vayan a algún otro lado. El jardín está prohibido.

Dijo y se marchó con su maletín de compañero. Yo me quedé de piedra, me sentía algo traicionada por los padres de la niña. Lo único que procuraba en mi estancia en su casa era hacer el mejor papel de niñera que pudiera, y ahora me culpaban por el cambio repentino de la pequeña. Eso me dolía.

Más me dolió verla en ese estado. Estaba pálida, con ojeras pronunciadas bajo sus ojos de miel, clara señal de que no salía al sol ni había podido dormir.

—Hola —le dije, examinándola con una mirada amable, sin decaer y sin alterarme por lo que observaba.
—Ellos… Los amantes. Amantes, ¿sabes lo que eso significa?
—Sí, pero eres muy pequeña para encontrarle sentido a la palabra, yo…
—Eran amantes. No sólo eso. Se escaparon juntos, estaban furiosos con el mundo que los rodeaba. Siento lo que sintieron en el pasado. Sus cuerpos desnudos juntos. Siento lo que hicieron —se tocó su entrepierna—. Y sus besos. —Acarició sus labios de una forma sensual, atrevida, y sonrió—. ¿Sabes que le hicieron a sus respectivas parejas?
—¿De quién me hablas? ¿De los árboles? —No comprendía de dónde había sacado esas historias, pero me estaban poniendo nerviosa.
—No eran árboles antes. Sino amantes. Pues bien. Ella envenenó a su otro esposo y él acuchilló a la que fue su mujer. Sentí su gozo al hacerlo. Se desprendían de algo innecesario para iniciar una nueva vida. Y no tardaron en explorar esta nueva vida llena de excesos, sexo, dinero, drogas, alcohol y sangre. Sentí todo al columpiarme; cada éxtasis, cada alegría, euforia, orgasmo. Sentí lo que llegaron a sentir con su nueva vida. Amaban asesinar a cualquiera que se interpusieran ante ellos. Tenían relaciones donde les caía la noche. Robaban con maestría y se divertían sin parar. Eran la pareja perfecta.

Me miró a los ojos y vi una especie de locura que me atormentó. Sin darme cuenta, había retrocedido algunos pasos de la niña. Ella se alzó y me mostró algo que cargaba en sus pequeña mano derecha, un cuchillo de cocina.

—Papá no me deja columpiarme más; ya no puedo sentir lo que ellos sienten. Me gustaba sentirlo. ¿Amor? No lo sé. Como has dicho, el amor no siempre debe ser bueno.

Yo había quedado paralizada, pero reaccioné cuando a la punta del cuchillo el sol le sacó un fulgor que me advertía lo que podía llegar a suceder si me quedaba como boba, esperando a que nada sucediese.

En ese momento no supe que le sucedía a la pequeña, estaba actuando como una loca. Salí de mi estado anonadado y me hice a un lado justo cuando se me arrojó. Sonreía y cantaba su tonada con profundo cariño. Nunca olvidaré esa melodía:

Vamos al columpi-pilo, vamos al columpi-o, entre dos amantes yo quiero estar, ellos me muestran ya. Columpiándome quiero estar. colu-pilo, vamos al columpi-o. De su gozo me quiero alimentar.

No paraba de cantar mientras buscaba herirme. Por suerte yo le sacaba tamaño y fuerza y pronto me las ingenié para huir de ella. La única dirección a la que pude escapar fue, justamente, el jardín. Ella me siguió con un paso firme, cuchillo en mano. Seguía sin creerme lo que sucedía. No quería defenderme hiriéndola. Se me hacía, en ese momento, algo exagerado llamar a los vecinos por ayuda. Lo único que necesitaba era devolver a la niña a su estado natural, si eso era posible.

La chiquilla era bastante ágil. Me perseguía entre los árboles. Tuve más de una oportunidad de escapar y dejarla allí. No presentaba una verdadera amenaza. Y hubo un momento en el que me cansé de sus oscuros juegos y le planté cara, cuidándome de su arma. La agarré por su delgado brazo, y con fuerza le quité el cuchillo.

—Yo sólo quería sentirlo de nuevo, el gozo de acabar con una vida —me explicó como deseando que yo notara la lógica en sus actos.
—Esto no es un juego. Me puedes herir, o a ti misma.
—Eso deseo. Ver sangre. Quiero sentir lo que ellos llegaron a sentir —miró a los dos árboles.

Se desembarazó de mí y se dirigió con premura hasta el columpio. Se trepó y comenzó a columpiarse y a cantar su melodía a todo pulmón, ahora con locura en lugar de dulzura.

Yo me quedé absorta, viéndola. La niña reía, como al inicio, pero sucedieron otras reacciones que adiviné por los sonidos que emitía y las muecas que dejaba ver. Gozaba, se excitaba, se enojaba, bramaba. Era como si estuviera drogada, o en la peor de las instancias, posesa.

Tuve un grato momento de lucidez. El columpio provocaba esa reacción en ella, no me cabía la menor duda. Me acerqué sin que se diera cuenta. La pequeña estaba dentro de su mundo, sintiendo una vida —o un par de ellas— que no le pertenecían. Con el cuchillo que ella misma había alzado en pos de causarme daño, corté rápidamente una de las cuerdas sin reparar en que podía caer y hacerse daño, y así fue.

La pequeña cayó al suelo, golpeándose la cabeza. Quedó inmóvil y me entró un gran terror, temía haberla lastimado. Estaba inconsciente. Con mis pocas fuerzas la cargué hasta su habitación. Su corazón latía; respiraba pausadamente. No conocía algún médico ni nada por el estilo, así que me limité a buscar algunas medicinas o hiervas que tuviera la familia, sin demasiado éxito. No podía más que lavar sus golpes manchados de sangre y estar al pendiente de su estado hasta el regreso de sus padres.

Más tarde, y para mi gusto, despertó. Estaba desorbitada y dolorida. No recordaba demasiado de sus episodios de locura. Cortar la cuerda, aparentemente, había servido para que ambas almas salieran de la pequeña. Se recuperó poco a poco, y su más grande dolor fue la pérdida de su perro, al cual, supuse, le había deparado un destino nada agradable, el mismo que había querido la niña para mí.

lunes, 12 de junio de 2017

Reseña de "Tres" - Ted Dekker







Hola seres que comparten este multiverso con su servidor. Hoy traigo a ustedes la opinión, lo que me pareció en lo personal, el libro de Tr3s de Ted Dekker.

Antes de comenzar a explayarme sobre lo que sí y no me gustó de este libro, tengo que decirles que no es una reseña propiamente dicha. Es muy difícil hablar de la magnitud de este libro sin soltar SPOILERS, así que lo advierto, los habrá. Si no has leído este libro y te interesa, mejor léelo y vuelve más tarde para que verifiques si coincidimos en algunos puntos sobre la opinión. Esto lo hago porque, como te darás cuenta (o te has dado) no es un libro de suspenso o thriller común, tiene muy claras varias enseñanzas, muchas del ámbito religioso (no se asusten, si son como yo de antirreligiosos, les prometo que estas pinceladas son bastante tolerables y nos pueden servir), y es en sí una metáfora gigante sobre el mal que habita en nosotros, y cómo el bien debe vencerlo.

Haber, si ya leyeron el libro, o si no (si se quedaron para saber más a pesar de mi advertencia de spoilers), recordemos un poco sobre qué va. Kevin es un hombre de 28 años, un sujeto carismático e inocente que no tiene amigos. Ama aprender, y quiere continuar sus estudios en el Seminario, donde tiene especial interés en el tema del bien y el mal. A pesar de que su infancia fue extraña y de cierta manera ardua, dolorosa; perdió a sus padres y vivió con sus tíos y primo retrasado por 22 años hasta que no aguantó ese sitio y decidió conocer el mundo por sí solo, y le iba bastante bien hasta que…

Es aquí donde nuestro antagonista Slater entra en acción. Primero, el ruin sujeto le hace una llamada para decirle que está a punto de explotar su auto, y lo cumple aunque Kevin se salva. Este tipo misterioso lo único que quiere es una confesión de Kevin, que la haga pública y de este modo parará con sus ruines actos. De esta manera trae en vilo al pobre hombre, haciéndole llegar por teléfono varias adivinanzas, todas tienen que ver con opuestos. Kevin no está solo, su amiga de la infancia, Samantha quien ahora es policía le ayuda a recordar su pasado en busca de ese gran pecado que cometió. También una oficial llamada Jeniffer se pone manos a la obra en su caso, teniéndole gran cariño porque le recuerda a su hermano asesinado por el que creen es el mismo asesino, el llamado Asesino de las Adivinanzas.



COMIENZAN LOS SPOILERS:

Bien, al inicio, con la aparición de Slater y las adivinanzas, para mí “Tr3s” no era otra cosa más que una novela más de misterio que busca ser atractiva, recordándonos obras de otros autores de este género. Pero si eres escritor tienes que saber que realizar una novela de este género no es cosa sencilla, tienes que devanarte los sesos para crear una obra que enganche desde el inicio, tenga al lector comiéndose las uñas y quebrándose la cabeza con los misterios que tampoco deben ser exagerados y saturados. Es muy difícil que una novela de este género sea adictiva, emocionante, suculenta en todos los ángulos, y “tr3es” comenzó y siguió como una novela sin más, sin nada nuevo que aportar, aunque no hay bastante lapsos de relleno, parece ser que no iba a ser otra cosa que una novela más de este género y hasta ese punto estaba decepcionado.

No es hasta que Samantha da la idea a Kevin de que tal vez Slater sea una creación de su mente, un alter ego; ahí es cuando lo interesante de verdad comienza. Ted Dakker juega con nosotros como sólo los maestros de este género saben hacer. Nos mete dudas, y, como dije, a su paso nos mete enseñanzas sobre lo que el bien y el mal es. Trabaja bien estos puntos. Aunque al continuar con la lectura puedes creer, de nuevo, que es una simple novela, es hasta el final cuando las dudas pueden comer al lector. ¿Es Slater en realidad Kevin? Esa duda, en lo personal, me mantuvo interesado hasta terminar la novela.

Bueno, sí, todo se resuelve al final. Nos damos cuenta de que la dañada forma de vivir de Kevin, junto con los sucesos de su infancia, le orillaron a crear dos personalidades más, una maligna y otra benigna que le ayudaba y acompañaba de la mano, algo así como un ángel. Aquí es cuando nos damos cuenta de que Ted toma la idea del ángel y el diablo sobre nuestros hombros y les da cuerpo, cambia el concepto y entrega una buena novela de misterio.

Ese es el fin de esta novela, darnos cuenta de que el mal en nosotros siempre ha estado y estará latente, por más inocentes que seamos. Ted ha empleado una enorme y bella metáfora para abrirnos los ojos en este aspecto. No tenemos que dejar que el mal dentro de nosotros fluya y nos destruya, y siempre tenemos que tener una parte consiente de nuestros hechos, nos tenemos que cuestionar sobre si nuestros actos serán buenos o malos. Es una novela que al terminarla te deja pensando y satisfecho, si bien no es la gran novela negra, y puede parecer lente, predecible, con los clásicos clichés de este género (el asesino, el atormentado, la policía que lo quiere) da una vuelta de tuerca en las últimas páginas que hacen que todo haya valido la pena.

Calificación personal:



lunes, 5 de junio de 2017

V. Mi amigo el árbol - Serie HH


Relato en vídeo (narrado):




No puedo mostrar mi rostro a la ligera, porque es de verdad horroroso y está de más en nuestra corta vida obligar a nuestros ojos apreciar un arte del grotesco como ese. Antaño, sin embargo, estaba sustituido por una belleza sin parangón, de rasgos duros, varoniles, perfectos y hermosos. Cuando joven, era de los más atractivos de estos lares, sino es que el más. Por ello mujeres no me faltaban y mujeres era lo que deseaba más que nada, incluso más que aprender o trabajar sobre y para la vida. 

Un día yo y una de mis tantas acompañantes buscábamos algo de entera tranquilidad y privacidad, situación difícil de encontrar en el pueblo, y mucho menos en casa de mis padres. Lo único que se me ocurrió fue buscar un apartado en el inmenso bosque que ofrece rincones perfectos para pasar gratos momentos sin ser irrumpidos más que por el trino de aves y el cuchicheo apacible de otros animales. No sufrí en convencerla, ella lo que deseaba era tenerme a solas; el más grande trofeo para cualquier mujer. 

Tardamos un poco en encontrar un lugar perfecto y agradable, además de suficientemente lindo para la ocasión. Era un claro en mitad del bosque, un espacio amplio recubierto de corto pasto color esmeralda ceñido de achaparrados árboles desnudos que a su vez los rodeaban cientos de flores de distintos colores y variopintos aromas. Sólo había un raro árbol en medio del claro; no muy grande, parecía tener una forma humana, dos raíces la hacían de piernas y dos ramas de brazos, además de una cabeza de mata verde. Era como si estuviera en cuclillas y tratando de apachurrar algo con fuerza, con todo el cuerpo de madera maciza. Era un asiento perfecto. Sobre él nos pusimos cómodos mi compañera y yo. Allí platicamos, nos conocimos y, como era de esperarse, terminamos en un huracán de cariños y besos.

Amigo, el lugar era perfecto para relacionarse con una dama. La belleza del sitio, el cielo azul que se colaba entre las copas de los árboles, el olor fresco, las mariposas… Cualquiera que hubiera encontrado un rincón así quedaría fascinado al instante aunque si hubiera llevado una buena compañía como la mía todo el esplendor se relegaba a segundo plano. 

Me gustó tanto el pequeño y escondido claro que no tardé en llevar a otra acompañante, luego otra. Amaba el lugar. El pequeño árbol era el único que conocía cuánto hacía allí. Mi cómplice. Desde la primera vez que me senté sobre su regazo sentí como si me observara. Comento, parecía una persona y quizá mi imaginación quería jugar sucio. Como sea, era mi amigo; no le contaba mis secretos amorosos, lo incluía en ellos. 

La última vez que me interné en el claro, esperando que fuera otro día igual a los pasados, había citado a mi novia en turno a la hora del crepúsculo. Por problemas con mi antigua relación, llegué un poco tarde, el páramo ya estaba cubierto de total oscuridad la cual solo era atenuada con mi lámpara de aceite; la luna no podía competir contra las densas copas de los árboles. Al llegar, el claro estaba iluminado y me fue fácil ver a dos personas. Mi novia estaba abrazada de un tipo que en un inicio no distinguí. Busqué un ángulo desde donde podía ver la cara del desgraciado mientras me ocultaba con maestría, cuan gato asechando a su presa. 

Hubieras visto mi cara de sorpresa al descubrir quién bañaba de besos y caricias a mi novia. No era otro más que yo mismo. Otra cosa no cuadraba en la escena, justo donde estaba mi otro yo debería de haberse encontrado un árbol achaparrado, mi amigo el árbol. 

Algo fuera de lo común sucedía. Salí de las sombras para averiguarlo, pero me quedé paralizado por completo al ver cómo delgadas ramas color piel se le incrustaban en el cuerpo a la bella mujer. Los gritos que profirió aún se escuchan en lo profundo del bosque. Con seguridad sufrió uno de los más horrendos dolores que alguien pudiera sentir. Mi otro yo comenzaba a recuperar la forma de un árbol, sin embargo el rostro no desapareció en lo alto del tronco.

Traté de reaccionar, mover una pierna y huir del claro. No quería ver cómo el árbol asesinaba a mi novia. Pero vi todo; le clavó varias de sus ramas y luego la elevó hasta su follaje donde ella desapareció entre un montón de hojas que se bañaban paulatinamente con su sangre roja, como si fueran meras navajas rematándola.

Era difícil descongelarme. Su rostro, mi rostro, se volvió a mí cuando terminó de engullir la presa, y habló con una voz rara, propia de un monstruo; fría y no muy clara, como si se ahogara. Me dijo que si no le daba mi escultural rostro, con el cual podría atraer a miles de víctimas más por el resto de la eternidad, me comería en ese instante. El terror me invadió, por ello accedí. Me acerqué a él temblando y sólo recuerdo que sus ramas se acercaron sin perder tiempo, y con algo de clara emoción, a mi rostro. Luego nada, me desmayé y desperté con un nuevo rostro. Lo odio, ¿sabes? Es tan horrible que todos me temían y temen, a ello se debe que lo oculte con este burdo vendaje. Por ello no salgo del bosque, aquí nadie aprecia esta obra creada por un ser que aún no termino de comprender. 




lunes, 22 de mayo de 2017

IV. Camino - Relato de terror (Serie HH)


Relato en vídeo (narrado):






La razón de por qué escribo esto es simplemente para darme cuenta, con palabras, de todo lo que ha acontecido en mi vida en estos últimos días. No es una carta de despedida, ni mucho menos. Todo transcurre con una lentitud agónica. Sé que mi fin está cerca pero no llega y es lo que más me entristece. He sentido dolor todos estos días, miedo, terror… lo he sentido a él.
Antes de esta maldición yo era un niño como cualquiera, ahora siento que todas estas penurias me hicieron convertirme en un hombre atormentado, seguido de cerca por un fiel representante del dolor.
La locura que hoy me embiste parece más bien una pesadilla imposible. Nunca fui paranoico y me imaginación tenía las limitantes de cualquier niño. ¿Pero qué pasó? Recuerdo bien el inicio de mi tormento y, por más que lo analizo, me doy cuenta que sí, que fue culpa de ese camino cruzado. Jamás antes lo había visto, no estaba  consiente siquiera que esa parte del pueblo existía, una de verdad oculta, pero entre una y otra cosa terminé ahí.
Jugaba con un amigo a las escondidas; adentrarse al bosque es algo peligroso para niños como nosotros pero en ese momento lo único que yo deseaba era no ser encontrado, o ser el descubridor del mejor sitio para esconderse. Tampoco era que hubiera perdido totalmente la racionalidad, mi idea original era esconderme en el lindero de un brazo del bosque que se metía hasta donde jugábamos. No había demasiado peligro de perderme.
Caminé entre árboles mientras mi amigo contaba con los ojos cerrados. Pero, sin darme cuenta, di con el camino. En realidad eran dos caminos que se cruzaban perfectamente, rectos ambos y en diagonal. Donde se tocaban había una especie de monumento de mármol del que sobresalía un enorme árbol que daba sombra a la mayoría de estos caminos empedrados. Nunca antes había visto ese sitio y a primera vista el árbol se me hizo desconocido: era distinto a cualquiera del bosque, no muy alto pero sus ramas se alargaban y su tronco era tan grueso como el que más.
Suponiendo que en realidad esa parte del pueblo no tenía nada de diferente ni de magnifica, comencé a andar por uno de los caminos, eso sí, despacio; al final de éste se abría una oscuridad casi imposible y me dio miedo, pero tampoco me detuve. Me asusté cuando distinguí que por el camino adyacente, no muy lejos, otra persona se acercaba a mi paso. Era un efecto extraño, casi como el de un espejo. Caminábamos con incertidumbre aunque le dediqué una sonrisa amistosa, parecía como de mi edad y, por más que se acercaba busqué paralizarme: era yo. No me detuve a cerciorarme qué tipo de efecto era aquél, uno fantástico. Era igual a mí, pero estaba casi desnudo, lo tapaba un simple taparrabos, y su piel —mi piel— estaba llena de heridas de donde manaba sangre, tenía partes cercenadas y le faltaba un ojo. Me aterré al descubrir el horrible cuerpo y me dediqué a correr sin voltear atrás, el pánico me inflamaba el racionamiento.
La oscuridad era producto de altos árboles que se encorvaban hasta formal un dosel que impedía la entrada de la luz natural del sol. No miré el camino bajo mis pies pero continuaba, sentía su limpio empedrado. Cuando el miedo pudo más que mis ganas de seguir en esa dirección, no encontré más remedio que virar y andar hasta donde mi amigo, seguro, ya me estaba buscando. Cuando me di vuelta, topé con una barrera de árboles similar a la que iniciaba en el punto donde estábamos jugando. La atravesé, curioso, dejando atrás la lobreguez antinatural. Creí que me había desviado del camino principal mientras andaba a tientas en las tinieblas. Sea como fuere no me topé más con el camino cruzado ni con el niño parecido a mí.
Seguí jugando y olvidé el camino, lo relegué paulatinamente a una especie de sueño, de algo que carecía de la suficiente importancia como para dejarlo instalado en mi pensamiento, dejarlo que me perturbara. Era un niño, no podía meditar o saber que aquello que me ocurrió era extraño hasta cierto punto. Pero fue sólo la mecha que incendió todo lo que me ocurrió más tarde.
Me gustaba jugar libremente fuera de mi hogar. Me desagradaba estar encerrado; amaba el aire que le robaba al bosque con cada respiración, el cielo azul y puro lleno de nubes, los olores de las chimeneas, los lejanos cánticos de las voces de la gente al pasear por ahí, los animales que eran tan libres como yo.
Corría rumbo a mi casa, la hora de comer se había llegado. No me di cuenta de que me adentraba a una oscuridad extraña, que nacía de ningún lado: allí no había árboles y el sol seguía brillando. Me quedé paralizado cuando distinguí a una persona alta ataviada de blanco frente de mí, cargaba con un látigo. Me dedicó una sonrisa llena de dientes amarillentos y fue cuando me di cuenta de que era un hombre feísimo con una mirada llena de locura, cicatrices por la piel que se le alcanzaba a ver. Alzó el látigo y me lo arrojó. Cerré los ojos, espantado, me había quedado paralizado y esperé el golpe sin más.
Al abrir los ojos me percaté de que seguía en el camino a mi casa. Imaginé toda la escena. Nada había sido real. Era como estar inmerso en una pesadilla, despierto. Ante aquello no supe cómo reaccionar. Seguía petrificado, con el corazón trabajando a toda máquina y mi respiración agitada. Miré en todas direcciones esperando encontrarme al tipejo del látigo, lo único que vi fue a un señor mayor paseando a su perro, una lejana carreta jalada por caballos, y una joven que acababa de salir de su casa. Yo seguía parado, congelado, con cara de espanto. Cuando me percaté de que con seguridad esa posición era ridícula incluso para un niño, seguí andando despacio, precavido, observando como maniaco a todas direcciones.
Los dolores que sentí llegaron de repente. El látigo, a fin de cuentas, me había acertado en la barriga y en la espalda. Caí al suelo lleno de dolor, sofocado. Nunca antes había sentido algo tan horrible. Esperé ver, tras de mí, al hombre de blanco y por una fracción de tiempo lo vi, sonriendo, con el látigo bien sujeto. Lo alzó y me cubrí, preparado. Otro latigazo que acertó en mi espalda. Grité de dolor y un vecino me pudo ver. El amable hombre, preocupado, corrió hasta donde yo estaba y me levantó.
—¿Qué te pasa, niño? —me preguntó, asustado.
El dolor gobernaba mi cuerpo. Las palabras no salían, se escondían. Sentía fuego en mi espalda, y temía al hombre del látigo. Deseé advertirle al afable vecino sobre ese personaje, no pude. El tipo me levantó y me llevó cargando hasta mi casa. Mi padre lo recibió y al verme se alteró. Ambos me llevaron a la cama y ahí me dejaron. Debido al dolor y a todas las extrañas escenas que había vivido caí inconsciente.
Al despertar me dolía todo el cuerpo y ninguna extremidad respondía mis órdenes. Estaba amarrado con cadenas a una mesa de madera. El hombre de blanco me miraba y sonreía, extasiado. Giraba una enorme palanca para así estirarme piernas y brazos. Sentía que en cualquier segundo se iban a desencajar del hueso. Grité de dolor mientras el feo tipo se reía y dejaba caer baba asquerosa.
—¿Qué te pasa, hijo? —me dijo mi papá.
De repente estaba de nueva cuenta en mi habitación y mi padre había sustituido al hombre de blanco, lo cual me regaló un instante de relativa paz. Al fin pude liberar brazos y piernas de las cadenas. Me podía mover, pero eso no significaba que el dolor se hubiera marchado.
—Me duele. El hombre de blanco lo hizo.
Me tocó la cabeza y negó. No tenía fiebre ni nada parecido. Me revisó el cuerpo, pero todo estaba en orden, sin embargo el dolor de los latigazos así como el de las cadenas sobre mis extremidades seguía latente, punzando.
—Más tarde llegará el doctor, hijo, quiero que te revise. No parece que tengas algo anormal, ni una enfermedad, pero tu padre sabe muy poco de estas cosas. Por el momento descansa.
Cuando estuve a punto de gritarle que no me abandonara, algo me cerró la boca y volví a estar atado. Mi padre salió de mi habitación al tiempo que regresé a la oscuridad. El hombre horrible me miraba de cerca y me tapaba la boca.
—Los hombres no gritan —me dijo con una voz amarga que, aunque llena de baba, era seca.
No podía moverme, las cadenas me seguían atando a las esquinas de la enorme mesa de tortura. El sujeto cargaba un recipiente, del cual salía humo. Dejaba caer su contenido, gota a gota, sobre mi estómago. Sentía cada perlita de ese líquido como si me pegara un carbón. No podía gritar, su mano me presionaba la boca, sentía su sabor asqueroso, a podredumbre.
De repente, lleno de dolencia y miedo, me di cuenta de que seguía en mi habitación. Sudaba y, ya que me podía mover, presioné mi estómago y busqué las marcas de fuego pero sólo me topé con un dolor invisible. Las visiones eran tan reales como lo que podía sentir. Me estaba desesperando, quería que se detuvieran, no iba a aguantar por mucho tiempo la incesante friega del hombre de blanco, ni verlo en una realidad superpuesta a la mía.
Me quedé atolondrado sobre mi cama, agitado y sudando a chorros. Pensé en la razón de esas raras visiones y sólo acudió a mi mente el camino cruzado. Era un niño pero comprendía que toparme con esa zona que jamás antes había descubierto podía ser algo tan anormal como las visiones en sí. Y me había visto, sí, como en un espejo vi un doble mío lleno de marcas y heridas; tenía sólo un calzón cubriendo mis partes íntimas, pero todo el resto de la piel presentaba heridas de diversas índoles, como si ya hubiera pasado por todo lo que pasaba en el agónico presente.
De rato, entró mi papá acompañado del médico. Me quedé paralizado al ver la figura en blanco de un hombre alto que tenía tapada la boca. Sus ojillos de rata me miraron detenidamente y me corazón se atenazó de cobardía.
—Es mejor que nos deje a solas un momento, lo llamo luego de que haga una revisión completa —le dijo a mi padre.
—Muy bien doctor, ya regreso.
Salió dejándome inmune ante el hombre de blanco el cual cargaba un maletín viejo y desvaído.
—La realidad es complicada —me dijo mientras colocaba el maletín sobre mi estómago y lo abría con sumo cuidado—. No sabes en lo que te metiste, niño. Por desgracia ya no podrás salir a menos que sobrevivas a los dolores por un año.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté, espantado.
—Yo no te hago nada. Lo que sucede es complicado de explicar, no lo entenderías.
Sacó un frasco oscuro, lo destapó y al instante un hedor invadió la habitación. No estoy muy seguro a qué olía aquello pero me fue atontando y me dejé llevar por el sopor.
Cuando desperté el doctor ya no estaba. Por un buen rato creí que todo lo que me había sucedió hasta el momento pertenecía sólo al mundo de los sueños y no a una horripilante realidad llena de dolor. Me quedé cómodo, respirando algo de libertad y estuve a punto de levantarme y salir a jugar cuando volví a ver a ese ser alto, el doctor, riéndose a lo lejos, cargaba con una jaula ocupada por un ave negra similar a un cuervo pero más grande y fea. La liberó y el animal voló en mi dirección con su pico en alto, listo para a tacar, y lo hizo. Su pico era tan afilado como la punta de una flecha, y disfrutaba encajándomelo. Una y otra vez. Por todas partes. En mi carne más sensible, en las partes duras de mi cabeza, en los ojos. La sangre salía a chorros, yo gritaba atiborrado de dolor. Me desesperaba estar consiente, mientras me atacaba, de que iba a morir.
Me dejé caer al suelo, me arrastré tratando de apartar al pajarraco con mis manos, desesperado, sin conseguirlo. Así, sufriendo como estaba, sentí como la realidad volvía a mí. El dolor no se marchaba del todo y el miedo no lo hacía. La habitación estaba sola, y me animé a levantarme y comprender que esas visiones iban a continuar hiriéndome, aunque sólo fueran eso: mentiras que engañaban mi mente para que me causara dolores como jamás había sentido.
Estaba dentro de una prisión mental y no sabía cómo liberarme. De la nada llegó a mis pensamientos la imagen de ese doctor que me atendió el cual, si no era el mismo que me causaba el dolor, algún protagonismo en los hechos tenía. Salí llamando a mis padres, pero no los encontré. Salí a las calles del pueblo y no había una sola alma.
—No hay escapatoria —me dijo el sujeto desde lejos, venía hacia mí con su látigo—. Nadie escapa del dolor. De la tortura. De la miseria. Seas un niño, un viejo o un hombre de gran fortaleza. Llegaste a mi mundo, y mi mundo no es verdad, al igual que el tuyo.
Decía con frialdad. No era un monstruo, de eso yo estaba consiente, pero generaba en mí un pánico superior a cualquier ser sobrenatural que hubiera existido fuera o dentro de mi mente. Alzó el látigo y traté de correr, una barrera de piedras y ramas me lo impidió, estaba atrapado. Sentí sus latigazos lamer mi piel, era un dolor horrible al cual tardé en acostumbrarme. En realidad, ¿quién se acostumbra a aquello? Yo lo hice, al final para mí el dolor era cotidiano como para ti lo es comer.
Estaba atrapado y por más que busqué huir del sitio gobernado por el hombre de blanco, jamás pude. No vale la pena relatar todo el año completo que pasé a la merced de torturas inenarrables. Al tipo se le ocurrían diversas y variadas, a veces bastantes imaginativas, formas de causarme dolor en todas y cada una de las partes de mi tierno cuerpo. Utilizaba fuego, agua, me enterraba vivo; me subía a lo alto, me quitaba mis intestinos con suma delicadeza para ponérmelos posteriormente lo cual era igual de doloroso. Y luego, desaparecía y me dejaba solo completamente, buscaba a mis padres, buscaba comida, una solución a mi desorden mental, porque eso debería de ser ya que, por más heridas, mutilaciones y dolores que el tipo me causaba, no se formaba en mi cuerpo ninguna señal de daño. Los mejores momentos eran cuando me desmayaba, de esa manera no sentía. Y en más de una ocasión creí que mi muerte estaba cerca o que, en definitiva, estaba muerto, pero, por desgracia, no era así.
Fue un tiempo horrible que ahora parece mentira. Pero sigo viéndolo, en sueños o como realidad. Por eso relato esto, para que sepan porqué he de morir. No es un suicidio como tal, necesito desprenderme de este mundo y sólo así me desprenderé del suyo por completo porque, a pesar de que escapé, no lo hice del todo y poco a poco vuelvo a sus garras.
Me llama.
Volviendo a la historia, descubrí el camino cruzado buscando sin detenerme, como un loco, hasta que pasado un año de mi ingreso a la locura, di con él. Sin perder tiempo, caminé por uno de sus cruces y logré ver como mi otro yo, pulcro, feliz, animado, un niño que acababa de jugar con su mejor amigo, venía del otro lado y cruzaba el camino, apenas y me dedicó una mirada, siguió caminando a las profundidades oscuras del bosque donde se encontraría con la representación del dolor.
De esa manera volví a mi mundo, a mi realidad, traumatizado, con pesadillas, aún con visiones pero menos recurrentes y, antes de que se llegue el año y el camino me reclame, debo partir y terminar con esta maldición. 
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